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Los salvadoreños matamos

 
 

—Lo que acá van a ver no es ciencia ficción ni algo internacional. Es algo hecho acá, en El Salvador –dice el ponente, entusiasmado.

Los salvadoreños matamos. También las salvadoreñas. No solo matamos; torturamos, amputamos, violamos, desfacelamos, despedazamos. Seguro que en otros lugares ocurren cosas parecidas y hasta más sádicas que las que el ponente nos mostrará en unos minutos, pero me late que costaría hallar otro país en el que se haga con tanta frecuencia, con tanta indiferencia.

—Mi objetivo es hacer conciencia del peligro que acecha en las calles de nuestro país. Todo lo que les mostraré son hechos ocurridos en El Salvador y vividos por mi persona. ¡Todo es real! Las calles están llenas de psicópatas. ¿Cómo actúan? Una joven va pasando, vestida de una forma moderna, unos sujetos la observan, les gusta, y como son personas con trastornos sociales y de personalidad, raptan a esa mujer, se la llevan, la violan, la torturan, la matan y la entierran. Las víctimas muchas veces son personas que están a la hora y en el lugar equivocado, jóvenes que no ven el grado de peligrosidad en el que estamos en estos momentos.

El ponente que así habla es Israel Ticas Chicas, el criminalista. Ahora está parado en la tarima del auditorio de la Facultad de Ciencias y Humanidades de la Universidad de El Salvador. Ticas Chicas es un cuarentón bajito y de tez y manos muy quemadas por el sol. Si no fuera por el traje gris, bien podría confundirse con un agricultor. El traje lo complementa con unos zapatos y una camisa negros y una llamativa corbata verde. Sobre su cabeza carga unos lentes de sol, innecesarios acá adentro. El auditorio es amplio, y por la hora –anochece– tienen encendidos los fluorescentes. La sala está prácticamente llena, estudiantes de Psicología casi todos. Sobre una mesa Ticas Chicas ha colocado un montón de huesos humanos y algunas de sus herramientas de trabajo. Una computadora y un proyector la dictarán qué decir, cómo hacerlo, cuándo contar un chiste…

—Niñas de apenas 12, 13, 15 años –dice–. ¡Cuántas niñas están apareciendo mutiladas y embolsadas! En el área de Sonsonate, por ejemplo, el modus operandi ahora es quitarles el rostro. ¿Para qué utilizarán la piel? Todavía no lo sé.

Puede gustar o no, sonar exagerado o no, pero sabe de lo que está hablando. Ticas Chicas es el criminalista. Así, en singular. En un país en el que en 2010 ocurrieron 4.000 asesinatos, es el único criminalista en la planilla de la Fiscalía General de la República. Su trabajo es desenterrar cuerpos en un país demasiado aficionado a enterrarlos en cualquier lugar; los recupera de pozos, de milpas, de quebradas, de cafetales.

Las próximas dos horas las pasará contando anécdotas y mostrando cadáveres. “Esto es nuestro diario vivir”, dice. Ticas Chicas cuenta la historia de una niña de 16 años que unos salvadoreños violaron y la dejaron por muerta; cuando la quisieron desnudar, pidió hacerlo ella porque su madre la regañaría si llevaba la falda sucia. Luego click, y aparece un video de un joven que, dentro de una peluquería, dispara a otro cuatro balazos en la cabeza. “Esto es nuestro diario vivir, esto no es montaje”, dice otra vez. Ensaya un chiste sobre lo que diría alguien que ha arrancado la cabeza a su novia. Click, y aparece una mujer colgada y apaleada. Más luego cuenta la historia de un joven que mató a golpes a su bebé porque mucho lloraba. “Ustedes no se pueden imaginar qué es lidiar con una madre que no encuentra a su hijo desaparecido”, dice. Click, y una foto de un sonriente Ticas Chicas tumbado junto a un esqueleto semidesenterrado se adueña de la pared. Los muertos me hablan, dice. Los estudiantes de Psicología ríen porque en El Salvador la muerte parece ser graciosa. Otro click, y aparece un cuerpo desenterrado pero aún entero, reconocible. Click, y un cuerpo deformado por la hinchazón. Click, y alguien momificado. Click, y el puro esqueleto. “Esto es nuestro diario vivir”, repite. Luego dice –el orgullo en sus palabras– que quiere patentar su sistema de trabajo. Cuenta que ahora trabaja en sacar los muertos que han tirado en un pozo de Turín, Ahuachapán, a 55 metros de profundidad. Otro chiste. Click, y una joven desnuda a la que le han arrancado brazos y piernas, como si fuera una muñeca. Click, y dos esqueletos sobre la tierra, y la descripción de Ticas Chicas: “Eran dos niñas de 14 y 17 años, una está debajo, desnuda, y la otra de este lado; mutiladas, violadas y enterradas –en ese orden–”. Cuenta luego de otra niña de 6 años que violaron y después la tiraron a un pozo, el caso que más le ha conmovido, dice, “y yo he visto más de 5.000 cadáveres”. Cinco mil cadáveres. Cinco mil. Ticas Chicas termina con las fotografías que él llama con lujo de barbarie, y comienza un desfile de pedazos de carne, extremidades amputadas, cuerpos despellejados y rostros desfigurados, hinchados y cosidos.

—A mí no me gusta mucho el texto. Me gusta más la imagen, porque hablan más que mil palabras –ha dicho al inicio.

Es nuestro diario vivir. Las expresiones más violentas que genera una sociedad violenta, una sociedad que mientras esto está ocurriendo –un día, tras otro, tras otro– prefiere casi siempre mirar hacia otro lado, levantar uno, dos, cinco muros coronados con alambre razor y autocomplacerse con comerciales fantasiosos como ese del Banco Agrícola, que dice que los salvadoreños somos tan grandes como el cielo que lleva nuestra bandera, que dice que El Salvador crece por la tranquilidad de la noche, que alimenta nuestros sueños.

“¿Soy loco?”, se pregunta Ticas Chicas, y él mismo se responde: “Sí, soy loco”. Quizá lo sea, pero ¿acaso no lo son más los que creen que El Salvador es como lo dibujan los publicistas del Banco Agrícola?

(San Salvador, El Salvador. Abril de 2011)

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