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La locura de El Malvado

Daniel Valencia Caravantes
Publicado el 8 de Julio de 2011 | Comentarios (0)

¿Qué hace que un joven mate a sangre fría? ¿Es la guerra de pandillas? ¿Por qué ocurre lo mismo en el Congo, donde los boy soldiers disparan y mutilan en una guerra tribal? ¿Están locos? En Estados Unidos, un científico halló una pista en el cerebro de los jóvenes y un especialista en hechos atenuantes utiliza esto para salvar la vida de condenados a la pena capital.

Cuando entramos a la pequeña jaula de concreto, el Dos Caras tejía una cartera de lana roja con dos manos que en otros tiempos se sabían despiadadas, capaces de infligir los más terribles tormentos. Pero aquella tarde de enero eran más bien dos manos delicadas realizando ese trabajo con el que uno usualmente asocia a las madres o a las abuelitas. El Dos Caras tejía mientras caminaba, silencioso, de un extremo a otro del cuarto. Cuando venía del fondo, con el perfil derecho a la vista, pasaba inadvertido. Pero cuando regresaba, asustaba. Su perfil tatuado por completo era escalofriante.

Al cabo de un rato, el Dos Caras dejó de dar vueltas y se unió a una tertulia que ocurría a mis espaldas. En esta pequeña jaula de concreto hay otros iguales a él. Son guerreros de otra época, que ahora se saben traidores. Allá afuera, por más que hayan matado mucho, son presa fácil. Yo fui a buscarlos porque son los únicos que pueden saciar la curiosidad que llevo en las entrañas. Cuando fueron soldados, se comportaron como animales. Cuando jóvenes mataron a sangre fría y quiero saber cómo fueron capaces de hacerlo. ¿Qué les pasaba por la cabeza? ¿Estaban locos?

Cuando el Dos Caras se acercó al otro grupo, yo ya había escogido a otro que con sus manos alguna vez arrulló un machete con la devoción del mejor herrero. Este mató por primera vez cuando era demasiado niño -a mi manera de ver- y por eso lo seleccioné de entre todos los demás. Mientras le explicaba el motivo de mi visita, en el otro grupo todos reían a carcajadas. Uno de los anfitriones –negro y fornido- dramatizaba aquella vez en la que con un cuchillo despellejó tanto a su víctima que la mató sin querer. Pelaba los ojos y hacía como que cortaba algo con un cuchillo. Y lo hacía ver bastante cómico, a juzgar por las risas. Ya me habían dicho que esta copia casi perfecta de Mike Tyson era un caso especial, un comediante nato. Aquella tarde lo demostró, porque solo alguien con gracia puede hacer de una tortura un chiste.

Con mi interlocutor estábamos sentados cerca de la ventana hecha de rejas, a cinco metros del otro grupo. Dejó de retocar el escudo del equipo de fútbol de los Cremas de Guatemala -que había pintado sobre un pedazo de durapax- para atenderme. Mi interlocutor estaba sin camisa, exhibiendo los tatuajes en el cuello, el abdomen moreno y el brazo derecho flaco. "¿Cómo son capaces de hacer eso? No los entiendo", le dije, luego de contarle el contenido de dos fotografías.

Historia de dos fotografías

En la primera fotografía hay tres muchachos sentados sobre la cama de un pick up. Van esposados. El más joven esconde el rostro debajo de la camisa. El otro está rapado y tiene una mancha de sangre en el hombro. Y el tercero, el que más llama la atención, tiene el pantalón bañado en sangre. La mancha baja por el muslo y se extiende por toda la pierna, hasta el ruedo. La sangre en ese pantalón era de Julio, joven cortador de granos de café en Lourdes, Colón, uno de los municipios más violentos de El Salvador. La víctima era simpatizante de la Mara Salvatrucha y la mataron porque ofendió a un pandillero. A Julio, de 16 años, lo degollaron. Uno de sus verdugos, José, también tiene 16. Lo picaron con una vara e intentaron cortarlo en trozos con un machete, pero llegó la policía. “Capturados en flagrancia”, tituló La Prensa Gráfica el 5 de noviembre de 2010.

En la segunda imagen, de una bolsa abandonada en el suelo, sobre la carretera, un policía saca un jeans azul húmedo de manchas rojas. El pantalón es pequeño. Quien lo usó era delgado. En la bolsa también hay dos brazos. De la muñeca de uno cuelga una pulsera de tela. La pulsera también va húmeda. En la bolsa también hay dos piernas y un torso sin extremidades. En la bolsa también hay dos orejas y una máscara. Una máscara hecha con piel humana (que tiene huecos donde irían los ojos, cejas y pestañas). Con un corte perfecto lograron dejar intacta la nariz y los labios. Labios de adolescente. Un kilómetro más abajo de donde se tomó la foto, hay una cabeza humana, mutilada, en el fondo de un barril. La foto fue tomada por la policía el 7 de febrero de 2010 sobre la carretera de Lourdes, Colón. Semanas después los investigadores descubrirán que la cabeza tenía 13 años, y que los sospechosos verdugos no han alcanzado la mayoría de edad.

Terminé de describirle estas fotografías a mi interlocutor, en aquella jaula de concreto, y le dije que no entendía el por qué detrás de esta saña. ¡Cómo, tan jóvenes, son capaces de hacer eso! Entonces me respondió:

—Tú no nos comprendes porque no has vivido lo que nosotros hemos vivido.

Luego me dijo que para entenderlos, para comprender sus razones, tenía que conocer sus historias. Él accedió a contarme la suya.

El Malvado

El muchacho sintió por primera vez cómo duele la ira cuando tenía 11 años. Su tío acababa de someter a un rival, y él, que ni lo conocía, que ni sabía cuál era el problema entre los dos, acabó lo que su tío había comenzado. Para acabarlo, utilizó un adoquín.

Ahora que el muchacho es adulto, cree que la respuesta al porqué de la decisión que tomó aquella tarde comenzó en un laberinto al que entró cuando tenía seis años. A esa edad, el muchacho vivía con su madre, que se había alejado de su padre. Él recuerda que algunas noches, hombres extraños llegaban a buscarla a su puerta y se la llevaban quién sabe a dónde. Le daban cigarros, preguntaban por ella y se la llevaban. Siempre se la llevaban. Pero un día, dos años después de ir y venir pretendientes, su madre decidió que quería otra familia y que los que se irían, entonces, serían sus primeros dos hijos. El muchacho y su hermano, tres años menor, iban a vivir con su papá.

Cuando el muchacho tenía ocho años, miraba que a su padre siempre se lo llevaba la mañana. Y cuando se iba, su padre siempre se despedía mal. En el colegio sus amigos le contaban de caricias y cariños, de mimos. Pero a él y a su hermano, su padre solo les dejaba cuatro longanizas fritas sobre la cacerola y 20 quetzales para que resolvieran el almuerzo y la cena. “Ahí está para que coman”, les decía, antes de marcharse.

A su padre, las noches siempre lo regresaban. Pero había unas noches en que se lo quedaban, que se lo quitaban al muchacho. Esas noches, el padre se quedaba trabajando hasta la madrugada, y dejaba a sus hijos durmiendo solos. En una de esas noches, al muchacho le tocó ver cómo el viento desbarataba las láminas bajo las que dormían, cómo la lluvia les penetraba por los poros, calándoles en los huesos. Le tocó oír cómo lloraba su hermano por el frío. El aguacero mojó todo. Y las únicas dos láminas que encontró las atravesó sobre la cama, donde fue a acostar a su hermanito.

—Venite, carnal, dormite —le decía-. Aquí me voy a quedar yo.

Había otras noches, las de fin de semana, que también se robaban a su padre. Estas lo devolvían más temprano, porque ya se habían saciado con su compostura. El papá regresaba borracho, y golpeaba salvajemente el corazón de su hijo mayor. “¡Por culpa de ustedes abandoné a mi mujer!”, les gritaba.

—Entonces le decía a mi carnal: ese vato va a venir a verga. ¡Volemos a la verga de aquí! Me ponía una mi chumpa, mi gorro, ¡fum! Un pantalón y pants por dentro. Los tenis y dos pares de canutos. Igual le hacía a mi carnal sus chivas. Y nos íbamos a vagabundear en las noches. Lo agarraba de la mano, caminaba delante de él.

Caminaban bajo la fría noche guatemalteca. En uno de esos viajes, encontró a uno que le contó de otros que eran como una familia. Y a él esa idea le gustó. Así que cuando no cuidaba de su hermano, se iba a caminar con sus nuevos amigos. Con ellos aprendió que el respeto se consigue sobre la base de méritos, y que para conseguir méritos se tiene que hacer cosas. Durante tres años repartió droga para la pandilla y esta le devolvía dinero y respeto. Mientras su papá, cuando podía, le dejaba dos quetzales diarios para ir a la escuela, la pandilla le daba 100, 150. Lo vestía y calzaba. “Si vos hacés un paro, la pandilla te va a recompensar. Si vos ponés el pecho por la pandilla, la pandilla pondrá el pecho por vos”, le decían.

—Yo miraba que había otros patojos que llevaban cinco varas, diez varas, dándoselas de grandes ahí, acaparados. Entonces te arriesgas dejando el paquete. Es algo que te vuelve más ambicioso.

El muchacho también descubrió que moviendo armas para la pandilla ganaba más méritos, pero luego comprendió que aquel al que le entregaba el arma ganaba más respeto que él. Muchas veces vio cómo felicitaban a uno que se acababa de bajar a un rival y él quería sentir esa emoción. Quería ser soldado.

—Los que ya tenían posibilidad de jalar del gatillo... y se drogaban... Era mejor recompensa todavía.

Pero un día, su padre intentó apagar su ambición. Su madre ya lo había dejado y ahora su padre le quitaba a su nueva familia, cuando descubrió que guardaba una bolsa cargada de marihuana en el maletín. Su padre se los llevó al campo. Los dejó solos de nuevo y se regresó a la ciudad.

En ese lugar, al mayor lo veían de menos por sus pantalones holgados y sus dombas (zapatillas deportivas). Ahí, su abuela, cada vez que descubría la vagancia, lo golpeaba con fuerza. Pero cuando más le dolía al muchacho era cuando ella lo menospreciaba por ser diferente. La abuela, queriendo sacarle lo rebelde, más se lo hundía. El niño, que estaba entrando a la adolescencia, odiaba. Con todas sus fuerzas. A todos. Sólo su hermano menor se salvaba, porque su carnal era como su hijo.

Otro día todo cambió de nuevo. Un día apareció su tío, un pandillero de una clica de la zona y el muchacho encontró con quién caminar otra vez. “¿Vos qué pedos?”, le dijo. Luego, otro día, cerca del barrio, los dos se toparon con un rival de su tío. Era de noche. El otro joven descansaba recostado en un muro, así que su tío le pegó una patada en el pecho. Sin previo aviso. La “pinta” (el otro) cayó en el desagüe, metro y medio abajo, con la mitad del cuerpo sumido en el tragante y las patas y los brazos hacia arriba.

El muchacho -que pudo decidir no actuar, ser un testigo nada más- decidió aventarse. Participar. ¿Pero por qué? Sabía que así ganaría respeto. Eso sucedía siempre que alguien se aventaba. Y en aquella ocasión quería el respeto de su tío. Así que tomó un adoquín que estaba cerca, apuntó a la cabeza del enemigo y lo dejó caer. Fuerte y sin remordimientos. Sin pensarlo mucho.

—En donde marco que el vato cae hasta abajo, lo primero que hago es ir a traer un pedazo de adoquín, porque estaban reparando toda la calle. Se la dejo caer al vato en todo el coco, ¿me entendés? Le desparramé el cerebro. Eran como las 6 de la tarde.

Más noche, aquella noche, llegó a su casa, se enjuagó las manos y cenó junto a su abuela, su hermano y su cómplice.

—¿No tuviste miedo? —le preguntó su tío antes de dormir.

—¡No´mbre! —contestó el muchacho.

—¡Qué pisado!

Entonces el muchacho durmió alegre y profundo hasta el día siguiente, hasta que se levantó temprano, se bañó, se cambió y salió rumbo a la escuela, para recibir sus clases diarias de segundo ciclo. En el trayecto encontró una escena policial: forenses levantaban un cuerpo sin vida de un tragante ubicado en una comunidad de pobres. El muchacho, sin perturbarse, continuó su recorrido.

Por la noche, su tío le informaría aquello que ya sabía.

—Vos, ¿viste que esa pinta se peló? —le dijo.

—¡Ala! ¡Te pela la verga! De todas maneras...

Le  pregunto a mi interlocutor por qué escogió matar, y me responde que porque sentía cómo el rencor de su tío corría también por sus venas.

—¿Qué sentiste cuando le aventaste el adoquín?

—Odio, carnal. Odio. Solo sentía odio. Lo que quería era verlo sufrir. Más que todo lo que quería era verlo sufrir. Y decía, en mi mente: ¡con esto lo voy a hacer verga! Y mi intención, desde que agarré el adoquín, era matarlo.

—¿Pero por qué?

—Porque no me iba a quedar con las manos vacías. Si me quedaba tranquilo, mi tío hubiera dicho que yo no andaba en nada. Si aquel le pegó un punzón, vos le tenés que pegar el otro para que se muera de una vez. Esa es la misión.

—¿Qué sentiste cuando todo había pasado?

—No sé, como un desahogo. Como un desahogo del odio que llevaba cargando, no contra mí, sino contra todo lo que había visto y vivido hasta ese momento.

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