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Los muchachos

 
 

En unos segundos volverá a suceder.

Estoy en una comunidad de la zona norte de Soyapango, en El Salvador, un lugar en el que el Barrio 18-Sureños hace y deshace. Bajomundo, como le gusta decir cariñosamente al gran fotoperiodista Francisco Campos. Me ha traído la necesidad de hacer una entrevista. Alrededor de una mesa de concreto construida para darle –sin éxito– más vistosidad a este pasaje, Carlos, Guadalupe y Alejandra, las voces con más autoridad en la directiva comunal, llevan no menos de 20 minutos enumerando problemas: servicio de agua potable irregular, una calle principal llena de baches, la escuela con infinitas necesidades…

—¿Y aquí es tranquilo? –pregunto, aunque sé que no lo es.
—Sí, más o menos –dice Carlos.
—¿Podría venirme solo en la noche y subir este pasaje sin que me ocurriera nada?
—¡Noooo! –responden los tres al unísono.
—Vivís en El Salvador –matiza Carlos, agachando la cabeza y con un tono de voz que me obliga a acercarme–, y adonde vayás siempre habrá problemas.

Ha vuelto a suceder. Es matemático. Cuando las maras aparecen en una conversación con personas que sufren de manera directa su existencia, las cabezas giran espasmódicas para garantizar que no haya presencias incómodas, y el volumen de la plática baja al mínimo, algo más acentuado en esta ocasión, a media tarde y en medio como estamos de un pasaje peatonal. También es raro, muy raro, que los residentes en comunidades como esta mencionen las palabras pandillero o marero. Los jóvenes integrados en el Barrio 18 o en la Mara Salvatrucha son los muchachos, sin más.

Carlos se esfuerza por hacerme entender las visiones diferentes sobre el mismo problema que tienen los que viven fuera o dentro de las comunidades. En el primer grupo estarían funcionarios, todo tipo de políticos, gentes de las oenegés y de los organismos internacionales, líderes de opinión y periodistas en general; en definitiva, todos aquellos que nunca se atreverían a abordar un bus para visitar una colonia como esta, pero que opinan y proponen soluciones como si vivieran en ellas. Es fácil, me hace ver, dar consejos desde una residencial amurallada en la colonia Escalón o en la residencial Santa Elena. Y me viene a la cabeza aquella campaña de hace poco más de un año que, con la imagen de Don Ramón, de El Chavo del Ocho, pedía a los salvadoreños que dejaran de pagar la renta como quien pide los buenos días.

—Como junta directiva tratamos de gobernar para todos –dice Carlos–, y aquí tenemos que entendernos con los drogos, con los ladrones… con todos, y en especial con los muchachos. Tenemos acuerdos con ellos, por eso usted ha podido llegar solo y entrar sin problemas.

Las maras o pandillas son una enfermedad que en El Salvador no se supo o no se quiso tratar a tiempo. Hoy se han convertido en un cáncer que carcome la sociedad salvadoreña en su conjunto, pero que afecta sobremanera a las comunidades urbanas más desfavorecidas. Tras casi dos décadas, se ha logrado que lo intolerable se vuelva tolerable. Quizá por eso los de la junta me dicen, en voz baja pero no sin cierto orgullo, que esta colonia, en la que la semana pasada asesinaron a un joven, vivió tiempos peores, entre 2002 y 2006.

—Aquí era grosero, como que hablaras de La Campanera –me dice Carlos–, pero nosotros logramos entender que hay que estar con Dios y con el Diablo; si no, perdés. Uno aquí vive, y el problema es que el país está tan contaminado que basta que esté un idiota de estos para que de afuera vengan otros.

Carlos, Guadalupe y Alejandra no esconden que la relativa tranquilidad de la que se jactan está tutelada por los muchachos, y que, en ese acuerdo, la Policía y el Estado en general no pintan nada. Fueron ellos quienes se reunieron con los mareros, como en tantos otros lugares, y negociaron algunos puntos: un trato respetuoso hacia la junta directiva, prohibido corear o pedir dinero a los vecinos, no presionar a un joven si este no quiere meterse en la pandilla... A cambio, los muchachos pueden seguir con lo suyo y logran, sin tener que grabarlo en ninguna pared, que se imponga la vieja máxima del ver, oír y callar.

(Soyapango, San Salvador, El Salvador. Junio de 2011)

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