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El Salvador

La cárcel de la vergüenza

José Luis Sanz/ Fotos: Pau Coll
Publicado el 5 de Diciembre de 2011 | Comentarios (0)
El penal La Esperanza, en Mariona, es el símbolo histórico de las carencias y riesgos del sistema penitenciario de El Salvador. El hacinamiento no solo hace que sus 5 mil internos soporten condiciones de vida medievales, sino que impide a las autoridades ejercer un control real sobre lo que sucede dentro de sus muros. Por eso en ese agujero gobierna algo más poderoso que el Estado: La Raza.

Al penal La Esperanza se entra por la biblioteca. Un oscuro patio de columnas, encharcado y maloliente, que tiene al fondo las puertas oxidadas de dos celdas gemelas, sin estantes, libros ni bibliotecario, literalmente atestadas de hombres sin camisa sentados en el suelo. Un pasillo lateral conduce al núcleo central de la cárcel, que se divide en sectores separados por muros, pasillos laberínticos y puertas enrejadas. El ligero olor a detergente no logra ocultar otro, más denso, a alcantarilla. Todo el penal huele, siempre, día y noche, a tierra, basura y años de humedad. No importa las veces que se desinfecten los suelos ni cuánto froten los reos con agua enjabonada las baldosas rotas o los muros de hormigón; el aliento del penal La Esperanza, al que todos llaman Mariona por el cantón San Luis Mariona, del municipio de Ayutuxtepeque, en el que está clavado, apesta a abandono.

Son las 8 p.m. Por la noche, cuando ni el sol ni el ruido confunden los sentidos, los olores de la cárcel son más agudos y perceptibles. Sobre todo en la biblioteca, la antigua biblioteca convertida desde 1996 en módulo de aislamiento.

Atravieso el patio encharcado tratando de no pisar esas bolsas de plástico rellenas que hay esparcidas por el suelo y me acerco a una de las celdas. La de la derecha. Los presos sentados más cerca de los barrotes me devuelven el saludo con timidez o desinterés, pero al saber que soy periodista me escanean con la mirada y se convierten rápidamente en un coro de personas volcadas sobre una reja que denuncian lo evidente: que viven en condiciones medievales.

Se quejan de la falta de agua y sol, de la humedad que lo penetra todo, de la comida insuficiente y de la lenta atención médica, de los ratones y cucarachas, de la falta de camas. Me muestran los cartones sobre los que casi todos duermen en el suelo, porque en la celda solo hay una hamaca y un camarote con dos colchones. Algunos aprovechan para revelar supuestas injusticias en su condena o para reclamar mejor atención médica. Otros me preguntan a qué equipo de fútbol apoyo. Los que en la esquina derecha ocupan el solitario camarote, callan. Son los veteranos que saben que, en un sistema penitenciario como el salvadoreño, con 25 mil reos en 19 cárceles que solo tienen camas para 8 mil, pedir a un periodista que te cambie la vida es como echar una moneda en una fuente.

Separado de él por la puerta enrejada, escucho la historia de Douglas, un joven nicaragüense de 25 años que ya ha pasado por cuatro cárceles en El Salvador y que está en aislamiento -si a estar con otras 22 personas en una celda se le puede llamar aislamiento- porque reos de otro sector de la cárcel, el 3, le robaron la ropa y los zapatos hace un mes y le amenazaron con matarlo si les denunciaba. Les denunció, y por eso las autoridades lo esconden en una celda de la biblioteca.

Al cabo de un rato agachado tomando notas, las piernas se me duermen y me levanto para estirarlas. De inmediato se pega a mi rostro una máscara asfixiante de sudor, orina y calor. Son los olores que despiden los 23 cuerpos apiñados en esta caja de tres por cuatro metros. Me mareo. Apenas estoy a un metro y medio de altura, pero los gases buscan el techo y me hacen difícil respirar. Me avergüenza, pero siento náuseas.

Antes de volver a agacharme en busca de oxígeno, entre los barrotes veo a un hombre que se acerca a la pared del fondo y orina en un ancho tubo de plástico hecho con botellas vacías encajadas unas en otras. El artilugio da a un pequeño sumidero en el suelo. Permite a los presos orinar de pie y evita más suciedad.

En la otra celda no hay sumidero, ni artilugio. A un metro de distancia, a mi izquierda, un preso saca un brazo por la puerta, agarra una botella de plástico del suelo, la destapa, se apoya contra los barrotes, saca el pene de su pantalón corto y, con pericia aprendida, orina en la botella. Al terminar, la tapa y la deja de nuevo en el suelo, con las otras. 20 botellas con orines de diferentes tonos de amarillo cercan por fuera la puerta de la celda. La misma puerta enrejada en la que tres veces al día les entregan la comida.

Por ser celdas para reos problemáticos o amenazados de muerte por otros internos, los hombres de la biblioteca solo tienen derecho a salir al patio 10 minutos por la mañana y 10 minutos por la tarde. Justo antes del desencierro de las 6 a.m. y poco después del encierro de las 6 p.m., para no coincidir con los demás. 20 hombres encerrados día y noche sin urinario.

—¿Y dónde cagan? —pregunto.

—Uno trata de educar el vientre para ir al baño en los ratos que nos dejan salir —dice Douglas.

—¿Y si no?

—Si no, como en esta celda no hay letrina, cagás en una bolsa y la tirás al patio.

Ahora sé qué hay en las bolsas plásticas del patio encharcado.

Los hombres de la otra celda reclaman mi atención. Piden contar también su historia. Bromean. Unos desean que hable con el gobierno para que les saque de aquí; otros que les consiga una chica. Cuando al cabo de un rato me despido de todos ellos y me alejo, vuelven poco a poco al silencio y a dejar caer los minutos a la espera de una razón para dormir. La cárcel más grande de El Salvador, La Esperanza, Mariona -o Miami, como la llaman a veces sus 5 mil internos-, en teoría está en letargo desde hace más de dos horas.

* * *

El despacho del comandante Mundo es rudimentario y limpio. No tiene recuerdos ni fotos familiares. Parece el lugar de trabajo de alguien que está de paso, o que está acostumbrado a la austeridad. Tal vez sean las dos cosas. Por un lado, Mundo fue militar; por otro, el empleo de subdirector de seguridad de Mariona -un penal con largo historial de sangre- no es un trabajo para toda la vida.

Cuando, meses atrás, me presenté en este despacho con un permiso especial de la Dirección General de Centros Penales y del director de Mariona para visitar periódicamente la cárcel durante la noche, Mundo -diminutivo de Edmundo- se mostró extrañado. La cárcel no suele tener más visitas que las de los familiares y abogados de los presos. Además, por las noches aquí, supongo que pensó, todo duerme y no hay mucho que ver.

A los sectores 2 y 3 del penal de Mariona se accede por un pasillo interior protegido por alambre razor y desde hace unos meses controlado con cámaras de vigilancia.

A los sectores 2 y 3 del penal de Mariona se accede por un pasillo interior protegido por alambre razor y desde hace unos meses controlado con cámaras de vigilancia.

El fotógrafo Pau Coll y yo opinábamos lo contrario. Las 12 horas que dura la noche de los presos, las 12 horas que pasan cada día comprimidos en sus celdas, son las que dan verdadero significado a la palabra hacinamiento, que se ha convertido ya en cliché cuando se habla de las cárceles salvadoreñas. “Hacemos esfuerzos para mitigar el hacinamiento”, repiten los funcionarios, que tras esa palabra de cinco sílabas esconden las posturas corporales, olores, temperaturas y roces de pieles de 5 mil hombres habitantes de una cárcel diseñada para 800. El hacinamiento genera sus propias rutinas, enfermedades y leyes. Pau y yo queríamos acercarnos a las lógicas internas de esa vida en sociedad apartada de lo que los hombre libres llamamos sociedad.

Hubo un tiempo en el que esta pequeña sociedad de Mariona se gobernó a machetazos. Por las puertas del penal, en los años 90, salían cadáveres y heridos todas las semanas. Las bandas peleaban entre sí para controlar el mercado interno de drogas y el favor de las autoridades corruptas. Ahora, te aseguran los internos más veteranos con el orgullo de los sobrevivientes, ya no es como antes. Está todo más tranquilo. Eso dicen.

Aun así, Mundo se acaricia la quijada perfectamente afeitada cuando le digo que queremos asistir al encierro de las 6 de la tarde. Se reacomoda en su vieja silla de oficina y parece dudar. Con su marcado acento de San Miguel, una ciudad al oriente del país –su voz recuerda constantemente a la de los viejos discursos de Roberto d'Aubuisson-, me dice que el encierro es uno de los momentos más complicados para los custodios. Y por complicado debe entenderse peligroso. Especialmente en los sectores 2 y 3.

* * *

El sector 2 de Mariona tiene una población de unos 2 mil presos y camas para menos de mil. Durante el día, si no llueve, su patio es un denso ir y venir de cantos de alabanza, partidos de fútbol, tareas de limpieza y lavandería y, sobre todo, espera. La teoría dice que el sistema penitenciario ofrece talleres, escuela primaria y bachillerato a los presos que lo desean, pero lo cierto es que no hay cupo para todos y en los talleres cada cual ha de comprar su propia materia prima, sea madera, hilo o pintura. Los talleres son, en Mariona, cosa de solo unos pocos. Alguno que otro monta en el patio su propio negocio de reparación de calzado o de corte de pelo, pero la mayoría invierte el tiempo en la nada, en esperar los horarios de comida y el ceremonial encierro de las 6 p.m. en el que cuatro custodios asumen la responsabilidad de que 2 mil hombres se metan por grupos de 30 o 40 en celdas para 16, como si en Mariona, por arte de magia, cada noche la pasta dentífrica volviera a entrar en el tubo.

Es martes y rondan las 5:30 p.m. Se abre un candado y accedemos al patio del sector 2. Junto a la puerta, un enorme montículo de basura y restos de comida fermentados al sol nos dan la bienvenida. En teoría los deshechos de cada sector se recogen una vez al día, pero hoy no hubo recogida.

Decenas de reos nos miran curiosos y forman un pasillo. La ley establece que los presos que tienen condena han de estar separados de quienes esperan juicio o sentencia, y que debe haber espacios diferenciados por tipo de delito, grado de reincidencia, etcétera. En Mariona no hay sitio para esos remilgos. El sector 1 es para la fase de adaptación de los recién llegados y el 4 uno de muchos espacios reservados para aislar a los más violentos, pero el 2 y el 3 son dos crisoles confusos de delitos e historias. En este patio hay desde estafadores de unos cientos de dólares hasta asesinos múltiples; desde ladrones de relojes encarcelados por primera vez hasta líderes de bandas de secuestradores que ya suman tres ingresos en prisión.

Camino al edificio de dos pisos en el que están las celdas, pasamos junto a los lavaderos, que están flanqueados por dos hileras de cubículos sin puerta. Son las letrinas. No es necesario que nadie lo diga, pues el hedor las delata. Una cabeza asoma de una de ellas, para averiguar el por qué de la inusual algarabía que nos acompaña. Aunque se acerca la hora del encierro, la cena, que en teoría se sirve a las 5, aún no ha llegado y la mayoría de presos está en el patio.

“Tampoco hubo agua en todo el día”, dice Carlos, uno de los presos que hace funciones de coordinador del sector, y que hace un minuto ha cumplido con el ritual de autorizar nuestra entrada al recinto, lo que significa, en el fondo, que La Raza, la organización de reos que manda en este sector, garantiza nuestra seguridad.

* * *

Justo antes del encierro se reparte la cena, que hoy incluye frijoles y huevo de soya. En una de las celdas del sector 2 los internos ponen su recipiente en el suelo y esperan su ración.

Justo antes del encierro se reparte la cena, que hoy incluye frijoles y huevo de soya. En una de las celdas del sector 2 los internos ponen su recipiente en el suelo y esperan su ración.

—Eran las 9:30 o 10 de la mañana. Nos rodearon como 10 babosos, así con corvos. Pero en serio... Y otros se pusieron rodeándonos así, al otro lado, y a mi compañero dos lo agarraron de aquí, de la nuca, de las manos, y le pusieron un corvo en la espalda. Y le dijeron: “Danos el celular”.

Es miércoles y el patio principal del sector 3, con sus murales en las paredes, con sus porterías solitarias, tiene la calma triste de un colegio sin niños. Son casi las 9 de la noche. Hace menos de una hora que terminó el lento encierro de hoy, celda por celda, candado por candado, y uno de los custodios ha accedido a contarme un poco de lo que sabe y ha vivido aquí. Juega con las llaves en la mano. Tiene un hablar pausado y desprendido, como si todo en la vida fuera inevitable.

—Claro, nosotros lo habíamos decomisado porque es un ilícito, ¿verdad?

Ilícito es como en la cárcel llaman a todo lo que está prohibido por el reglamento interno. Se tienen ilícitos. Se cometen ilícitos. Una paliza, una violación, un asesinato. Una pistola, un cuchillo, un punzón, una porción de crack, una botella de vodka, una pastilla de jabón, un paquete de cigarrillos... Un teléfono. Los reos usan los teléfonos celulares para hablar con su familia, para que las bandas o pandillas repartan órdenes de un penal a otro o de un sector a otro, para denunciar con pequeños videos su situación, y a menudo para extorsionar a transportistas o comerciantes de todo el país. Un celular, en Mariona, es una ventana ilegal a la libertad. Hace algunos meses, el custodio con el que hablo entró al sector 3 para una gestión de rutina, descubrió por azar a un interno que hablaba por celular y le hizo entregárselo. Cuando él y su compañero salieron al patio camino de la puerta del sector, los estaban esperando.

—Nos pusieron los corvos y unos punzones. Así, ¿ve? —dice, y repite el gesto como si él mismo se fuera a apuñalar en las costillas—. Y uno no se puede querer poner en su lugar, de autoridad, en un momento así, porque... porque tiene familia uno. ¿Y cómo?

—¿Y qué pasó con el teléfono?

—Se lo llevaron de nuevo —dice, y con la mirada me repite ese lapidario “¿Y cómo?”, que se puede traducir por un “Usted no ha entendido nada todavía”.

—...

—Así nos bailaron los corvos, mire, contra el piso, que hasta les sacaron fuego.

—Ustedes no llevaban armas.

—No, así entramos. Sin arma, por si acaso.

Lógico, porque entrar al sector armado y en minoría numérica es regalar el arma. Y porque en un sector como el 3, de casi 3 mil reos, los custodios siempre están en minoría numérica.

—Uno, con la experiencia que ha adquirido, aprende a ubicarse. Porque nosotros no nos podemos poner en contra de ellos, ¿verdad? Yo sé que es mi trabajo, y si puedo lo hago...

—Usted cuando entra al sector, ¿no tiene la sensación de que está en manos de los internos?

—No es una sensación. Sabe uno que es una víctima. Si ellos quisieran hacer algo, lo hacen. ¿Y qué va a hacer uno? Por eso entrás tranquilo, sereno, con respeto, pidiendo las cosas por favor.

—Como si domara leones.

—Como si uno fuera súper especial para que no le pase nada, ja, ja. Es lo que hay.

Es lo que hay. Con las actuales cifras de presos, el número de custodios y de celdas necesarios para garantizar un cierto control de lo que sucede en los penales triplica la cifra real. Por no hablar de la compleja distribución física de los sectores, que los convierte en ratoneras y complica cualquier acción en caso de motín. Este custodio lo sabe, y su jefe también. La primera vez que me senté con el comandante Mundo a comienzos de año, le pregunté por el publicitado y aplaudido papel del ejército en la seguridad del penal.

—Ellos están en la seguridad perimetral, y nosotros en la seguridad intermedia —me dijo.

—¿Intermedia? ¿Y la seguridad en los sectores?

—Ah, no, esa depende de los mismos internos.

No quise preguntarle cómo garantiza entonces el Estado —custodios, Policía y ejército— la seguridad de los internos, porque es evidente que no lo hace. Tampoco le pregunté si él, como subdirector del penal, se sentía responsable por la rehabilidación de los presos o no, teórico fin último del encarcelamiento. Me arrepiento. Hubiera sido curioso conocer su respuesta.

* * *

Durante el encierro, en los estrechos pasillos del sector 2 cientos de cuerpos se empujan en idas y venidas, en un frenesí como de estación de trenes en último minuto. “Hay galletas, galletas”, “Sí hay chile y mayonesa”, zigzaguean entre la multitud los que venden algo. En el patio, dos parejas de jugadores ultiman sus partidas de ajedrez. Muchos presos esperan en fila pegados a la pared, junto a la puerta de su celda, a que les llegue el turno de entrar, mientras cuatro custodios, empequeñecidos y acorralados por los cientos de hombres a los que en teoría vigilan, se abren paso de una celda a la siguiente, como viejos guardallaves a sueldo cuyo cometido fuera solo abrir y cerrar las puertas de una casa ajena.

Junto a ellos, un interno, cuaderno y lapicero en mano, cuenta cabezas. Una serpiente interminable de hombres entra por la boca de la puerta. Uno, otro... 10, 11... algunos se empujan con prisa, como si en vez de a una caja de cerillas entraran a un bus que les lleva a casa. 15, 16... 22, 23... el desfile sigue, como si la celda no tuviera fondo. 30, 32, 34... Los rostros de los últimos en entrar son inexpresivos. Sus pasos, displicentes, distraídos.

Suena el candado que cierra el pestillo que cierra la puerta de hierro viejo y los custodios y el contador se mueven a la siguiente celda. El candado se balancea pesado y oscuro, serio, como si en realidad cerrara algo. La última vez que los internos decidieron no encerrarse, en noviembre de 2010, no intentaron abrir los cerrojos ni tumbar las puertas. Fue más fácil derrumbar los viejos muros junto a ellas, abrir huecos por los que podían pasar dos personas al mismo tiempo. Estuvieron 10 días en rebeldía. Entrando y saliendo a toda hora de esas celdas de puertas cerradas y paredes abiertas.

Dos hombres atraviesan la muchedumbre con cubos de plástico en cuyo fondo se adivinan un par de litros de un líquido oscuro. Es sopa de frijoles. Otros dos les siguen con recipientes en los que hay huevos de soya y arroz. Como la cena se retrasó, a la mayoría de internos les tocará cenar dentro de la celda, sentados todos codo a codo en el mismo suelo en el que duermen y con el plato en la mano; o de pie, apoyados en la pared, antes de meterse en la “cueva”, el espacio bajo las camas, donde pasarán la noche.

El proceso de reparto de comida es un ejercicio de urgencia casi animalesca. Aliprac, la empresa privada que alimenta a todos los reos de El Salvador, descarga cada día en un patio trasero de Mariona enormes bandejas y ollas con la dieta para un número preciso, que suele rondar las 5 mil personas. Después, sus empleados, con jarras plásticas o cucharones, vierten cantidades aproximadas a los enormes cubos plásticos con los que se presentan los encargados de cada sector. “Para 35”, dice un hombre, y un joven de camisa blanca le vuelca una jarra de sopa o de jugo. “Para 43”, dice el siguiente, y de nuevo el joven vuelca una jarra llena en el nuevo cubo plástico. “Para 19”, y el sentido común hace que el joven le vuelque, aproximadamente, media jarra.

Hoy, las primeras celdas se han ido cerrando y el patio está mucho más descongestionado. A un lado, un hombre se baña desnudo, a guacaladas, a la vista de todos. En otra esquina del patio, frente a la celda 16-B, los frijoles, el huevo que no es huevo y el arroz pasan a manotazos de los cubos a una treintena de recipientes de plástico de diferente forma y tamaño colocados en el suelo. Muchos son fondos de botella plástica. Las botellas de gaseosa vacías son la principal pieza de vajilla multiusos en la cárcel.

Con la mano, un hombre de unos 30 años pellizca de uno de los platos ya servidos un poco de arroz apelmazado y lo deja en otro. Después, mete los dedos en un tercer recipiente y vuelca algo de caldo de frijoles en el de al lado. Repite la operación una y otra vez, como si sus dedos grasientos fueran la cuchara de la que todos comerán, y como si tuviera en los ojos una báscula que mide los miligramos y cumple alguna lógica oculta de equitatividad o privilegio, por la que a uno de sus compañeros de celda le corresponden veinte granos de arroz más, o en aquel plato más profundo y estrecho el montículo de comida apelmazada debe ser un poco menos alto. Las cantidades en los recipientes, digan lo que digan las cifras de los informes que habrá firmado algún nutricionista, son evidentemente insuficientes para la alimentación de un hombre adulto. Alrededor del árbitro de los dedos grasientos, una docena de hombres espera con la mirada cargada de atención y hambre. Nadie se queja.

Por fin, las últimas celdas se cierran y se hace algo que parece silencio. En los pasillos solo quedan los charcos. A través de los barrotes de las puertas se ven escenas repetidas. En casi todas las celdas los internos han colgado sábanas a modo de cortinas que tratan de reservar algo de intimidad a quien ocupa cada cama y que maquillan estas mazmorras oscuras con su colorido. El olor a humedad y a orines, sin embargo, no se disipa y parece emanar de los mismos muros. Ajenos, manojos de rostros se vuelcan sobre sus pequeños recipientes de comida, con una cuchara algunos, con las manos muchos más.

Por el pasillo aparece un gato negro. En una de las primeras celdas que se cerró, dos chicos de menos de 30 juegan al parchís mientras el resto se acomodan de dos en dos en los colchones. Todos pasarán las próximas 12 horas pegados unos a otros en un calabozo en el que no hay espacio para caminar y apenas pueden estirarse para dormir. Muchos de los internos tienen enfermedades cutáneas por la humedad y la suciedad del suelo. “Sarna” es una palabra de uso corriente en Mariona. Se escucha a alguien lavarse. Desde el segundo piso llega un murmullo de alabanzas.

En medio del patio interior en el que estamos, decenas de sillas vacías se arremolinan mirando a un televisor apagado y cubierto con una bolsa negra. “Por la noche cada uno deja su asiento, porque si no, al día siguiente no encuentra lugar. Y mañana, además, hay partido”, me explica Carlos. Los cuatro coordinadores del sector se han quedado un rato más fuera de sus celdas para acompañarnos en lo que queda de recorrido.

Insisten en mostrarnos las celdas de los ancianos y las de los enfermos. Victimarios que aquí son víctimas. En las celdas de los más viejos, se amontonan hombres escuálidos malafeitados y desdentados, de ojos desorbitados. Todos tienen más de 60 años. Algunos superan los 70. Su fragilidad desgarra. Recuerda a las torturadas víctimas del genocidio nazi. Pregunto a uno de ellos por qué está aquí. “Por violar a una niña”, me responde uno de sus compañeros, sin darle tiempo a alegar. “¿Y usted?” “Por extorsión”.

En la celda de los enfermos, la 26-A, está Jaime. Tiene 38 años y cuando entró en la cárcel hace cinco años por intento de homicidio tenía las dos piernas. En Mariona contrajo erisipela, una enfermedad de la piel, muy contagiosa, que le infectó el torrente sanguíneo y acabó causándole una trombosis en el pie. Una dolencia que en teoría se cura con penicilina acabó desgarrándole la carne en una herida sangrante, y pudriéndole el hueso. Le amputaron la pierna izquierda a la altura del muslo. Ahora tiene la misma dolencia en la otra pierna. Comparte cama con otro amputado.

Jaime (a la derecha, con el rostro fuera de cuadro) perdió la pierna en Mariona, a causa de una enfermedad cutánea mal curada y comparte celda con otros enfermos y lisiados.

Jaime (a la derecha, con el rostro fuera de cuadro) perdió la pierna en Mariona, a causa de una enfermedad cutánea mal curada y comparte celda con otros enfermos y lisiados.

Contra toda lógica de atención sanitaria, en la celda de los enfermos el nivel de hacinamiento es mayor que en otras. Son 40. Los coordinadores, con un discurso que no por ser cierto deja de sonar a aprendido, reclaman que la clínica del penal está desbordada y las visitas programadas no se cumplen. Claro, por eso han creado para los más enfermos un gueto.

—Los separamos en una sola celda porque así es más fácil sacarlos si necesitan atención por las noches —explica uno de ellos.

No les creo. Si fuera así, no estarían en las últimas celdas, las más escondidas, las más alejadas de la puerta principal.

En otra de las puertas, un hombre joven me pide atención y suplica que le ayude. Dice que es inocente. En esta parte del pasillo no hay luz, pero entre las sombras veo justo detrás de él las risas de sus compañeros de celda. A medida que insiste, que cuenta que está acusado de violación, que no lo hizo, que le pregunto qué sucedió y él insiste en que lleva seis años preso sin culpa, las risas se vuelven jaleo y burlas que ya llegan desde otras celdas. “Llorá para que te crean, culero”, le grita alguien. “Yo no conocía a la chica que me denunció”, dice él. “¡Echale huevos!”, le braman desde la celda de enfrente, entre un coro de carcajadas.

Al otro lado del patio, tras otras rejas, una luz anaranjada rompe los grises de las paredes y la penumbra. Es un preso que calienta los frijoles que le tocaron en un hornillo eléctrico artesanal -una larga espiral de alambre hecha a mano y encajada en un surco en un ladrillo-, conectado a dos cables sucios que suben por la pared y terminan en la única bombilla de la celda.

Las autoridades han intentado retirar los enchufes de las celdas para que los reos no carguen sus celulares, pero es un esfuerzo absurdo en una cárcel con muros frágiles, a no ser que decidas quitar cualquier luz eléctrica y el televisor colectivo. Los techos de Mariona están plagados de agujeros por los que asoman manojos de cables viejos y despellejados. Las lámparas de los techos son simples bombillas que se bambolean cuando hay viento, y que los mismos presos han de sustituir cuando se funden. “Si se estropea el foco de una celda lo pagan entre los de la celda. Si es de un pasillo, entre todo el sector”, me explica Carlos. “En la ferretería del penal nos venden los focos a 4 dólares cada uno. ¿Y sabe cuánto cuesta uno allá afuera?” Sí, uno de 100 watts cuesta 45 centavos.

La Ley Penitenciaria prohíbe que los internos tengan aparatos eléctricos, así que el hornillo es un ilícito, pero el custodio que nos acompaña lo mira sin atención y no dice nada.

—¿Qué tal es la relación con los “charlis”? —pregunto a Emilio, otro de los coordinadores. “Charlis”. Así llaman los internos a los custodios.

—Con ellos no hay problema. Solo con alguno que tenga un modo raro.

—¿Y con los nuevos?

—Ah, los nuevos todos vienen raros.

Los nuevos son los que durante este último año han salido de la reestructurada Escuela Penitenciaria, para sustituir a los cientos de custodios despedidos desde que Douglas Moreno asumió el cargo como director general de Centros Penales. En algunos penales, como el de máxima seguridad de Zacatecoluca, mandó a su casa a todos de una sola vez, porque concluyó que todos eran culpables —o en el mejor de los casos cómplices— de la corrupción en el penal.

Le pregunto al custodio que nos acompaña cuánto tiempo lleva en este trabajo. Seis años. Parece que es de los que no da problemas, de los que cumple las normas... de los presos. Cuando salgamos del sector, su noche por fin podrá ser tranquila.

* * *

Uno de los dos patios interiores del sector 2, que alberga actualmente a 1.881 reos civiles. Solo en la planta baja residen 937 presos en 30 celdas.

Uno de los dos patios interiores del sector 2, que alberga actualmente a 1.881 reos civiles. Solo en la planta baja residen 937 presos en 30 celdas.

Limpiar los patios y las celdas, recoger y servir la comida, lavar los trastos usados, ayudar al encierro, vocear por los pasillos la lista de reos que tendrán audiencia judicial o cita en la clínica al día siguiente... Las tareas rutinarias internas de Mariona se desarrollan con un ritmo y orden casi mágicos, con reos que trabajan para el colectivo con una aparente espontaneidad que remite de inmediato a la precisión de los ires y venires de las hormigas en el hormiguero. Y cuesta creer que sea solo el instinto y la solidaridad la que lo impulsa. En una jungla de cientos de hombres con diferentes fuerzas, motivos y límites morales, el espíritu de comuna que los coordinadores exhiben en la visita guiada resulta teatral.

Recuerdo un diálogo sostenido a inicios de año con un coordinador del sector 3, acerca de sus funciones y del mantenimiento del orden entre los reos. Le pregunté quién elige a los coordinadores y me dijo que los propios internos, en votación. Le pregunté cómo evitan que los rencores acaben -como ocurría hace apenas una década- en continuos ajustes de cuentas y cadáveres, y me quiso convencer de que la vida, incluso en Mariona, es paz y amor.

—Los internos obedecen más a otro interno que a la seguridad del penal. Ostentar un cargo de coordinador en medio de 2 mil o 2 mil 500 personas no es fácil, pero el respeto se gana siendo transparente, siendo correcto, siendo honesto, y no inclinándote por este o aquel, aunque sea tu amigo.

—¿Y si alguien se sale de orden?

—Ehhhh… la situación aquí es dialogando, es dialogando.

—Entenderás que no te creo…

—Ja, ja, ja, ja, ja.

Lo dice el sentido común, lo dicen los funcionarios de prisiones, pero sobre todo lo dicen los reos cuando logras hablar con alguno aparte, en confianza: los coordinadores no son los que mandan. Son internos con don de palabra, con buena cabeza y sentido del orden, que trabajan para los verdaderos líderes del sector. Por eso los coordinadores siempre trabajan por parejas y se vigilan entre sí. Ninguno habla con custodios o periodistas, ni toma decisiones, si no está presente al menos otro coordinador. Su humildad y atenciones al visitante son algo ensayadas. No están guiándote por su terreno, sino por el territorio de otros; de hombres sin nombre, invisibles. En las bandas de civiles -presos que no son de pandillas- a quienes dan las órdenes también se les llama palabreros, y en los sectores 1, 2 y 3 de Mariona, después de unos años en los que la banda de Los Trasladados amenazó su control, quienes mandan son los palabreros de La Raza.

La noche que nos acompañaron durante el encierro, a los coordinadores del sector 2 les tocó responder a la misma pregunta que hice a los del 3. ¿Cómo se garantiza el orden?

—Entre los internos tenemos un jefe de disciplina —dijo Carlos.

—¿Y podemos hablar con él? ¿Se puede saber su nombre?

—No, no se puede.

* * *

Ha pasado una semana desde que estuvimos en el encierro del sector 2 y, mientras los internos duermen, en los pasillos vacíos del sector 3 decenas de botellas de agua, pares de zapatos y mesas de madera cuelgan de las paredes. Dentro de unas horas, cuando comience el desencierro, a medida que se abran de una en una las celdas, los dueños de esas mesas saldrán y correrán a toda velocidad para descolgarlas e instalar antes que el resto sus puestos de venta en lugares ya asignados. Champúes, rollos de papel higiénico, maquinillas de afeitar, algunas medicinas para dolencias comunes, dulces, bolsas de churros, flautas de pan... Por la mañana estos pasillos serán un mercado. Un mercado que tributa a La Raza.

Para tener un puesto de venta en el sector hay que pagar un impuesto a La Raza. Para poder hacer fila en la puerta de la tienda oficial del penal, en la que el Estado vende artículos de higiene, gaseosas y boquitas a los internos, hay que pagar un dólar a La Raza. Para que los pequeños puestos de los presos con mesas de madera te vendan lo que ofrecen tienes, antes, que pagar un dólar a La Raza.

Un sistema de control del dinero y las mercancías en el que no basta con poder pagar. En la cárcel todos los favores se venden y se compran, y si La Raza no lo autoriza, un interno no podrá comprar ni vender; su dinero será papel mojado. En Mariona hay algo más importante incluso que los dólares: tener el visto bueno de La Raza, que da órdenes a los coordinadores, que dicta las normas de orden y funcionamiento de cada sector. Que las hace cumplir.

Hombres que llevan un buen número de años en el penal aseguran que la estructura de poder de la banda incluye actualmente a cerca de 500 personas por sector, y que llega a mover alrededor de 12 mil dólares al mes en tributos de todos los presos. 144 mil dólares al año. Cada preso que es enviado por un juez a Mariona paga entre 6 y 8 dólares al llegar a los sectores 2 o 3 desde otro sector o cárcel, y todo el mundo entrega un dólar como cuota fija mensual a partir de ese momento, aparte de los otros impuestos.

Quienes gobiernan Mariona y administran ese dinero no tienen celdas individuales como los narcos mexicanos, ni televisores de plasma como los mafiosos de las películas. Sería demasiado evidente. En Mariona todavía se recuerdan los años en los que Bruno era el único líder de La Raza y tenía una celda solo para él, las mujeres que llegaban a visitarle y sus dos perros. Esos tiempos, en El Salvador, ya pasaron. Pero, con lo que recaudan, los palabreros de La Raza costean sus gustos, mantienen satisfecha a su estructura de fieles en el penal y logran que, pese al cerco perimetral de la Fuerza Armada, en Mariona siga habiendo drogas, siga habiendo alcohol embotellado -aparte de la tradicional chicha, destilada por los mismos reos- y sigan entrando celulares.

—¿Pese a la renovación de custodios, siguen aceptando sobornos? —le pregunto a un hombre que ha cumplido más de 10 años en Mariona y ha probado los placeres de ser cómplice de La Raza.

—No solo ellos —responde. Y se lleva la mano a la sien, simulando un saludo militar.

Por dejar entrar un teléfono normal, con su correspondiente cargador, se pagan entre 300 y 400 dólares a un custodio o militar del Comando San Carlos dispuesto a ser tuerto. Por dar vía libre a un Blackberry que permita a un reo acceso a internet, se pagan 600 dólares.

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En Mariona hay días en los que no hay agua y en los retretes rebalsan las heces de cientos de hombres con la salud destrozada por el moho, el encierro y la escasa comida. Y hay noches en las que el sonido de torrentes abiertos indica que sí hay agua pero no chorros que la contengan. En el patio trasero del sector 3, entre pequeños huertos, un enorme lavadero se rebalsa para formar un riachuelo que se pierde en una alcantarilla. En el hierro forjado de la tapa se lee una fecha: 1969. Estamos en un penal con más de 40 años de edad.

Después de unos minutos de impasibilidad, un custodio arranca un pedazo de bambú de las plantas del patio y trata de tapar el chorro, que queda goteando. En el patio también hay mesas de piedra y algunos restos de hogueras que los internos usan durante el día para cocinar lo poco que logran cultivar, comprar o guardar, porque desde hace más de un año tienen prohibido recibir alimentos del exterior.

La cárcel está en silencio. Los muros externos de las celdas dejan salir haces tenues de luz. Las débiles paredes están llenas de agujeros. Son respiraderos, abiertos a base de golpes para aliviar algo el calor de los cuartos sobresaturados. Vista desde aquí, la infraestructura de Mariona revela la ruina que en realidad es. Al piso superior se sube por escalones de hormigón sin barandilla y carcomidos en sus bordes, como si el tiempo o los mismos reos los mordisquearan sin cesar hasta dejar al descubierto las varillas de acero que los sostienen.

Los tres controles de seguridad que hay que pasar para llegar hasta aquí se vuelven de pronto ridículos. ¿Armas? Basta con trepanar la cabeza de alguien contra una de esas varas de acero, o golpearlo con uno de los cientos de adoquines sueltos que las múltiples iglesias evangélicas con presencia en el sector apilan a modo de bancos para improvisar en el patio principal sus templos. Por no contar los pozos de agua sin tapadera o los larguísimos metros de cables y alambres que se reparten por el penal. Aquí, como decía el custodio, quien no mata es porque no quiere. O porque hay alguien de La Raza que da la orden de no hacerlo.

Camino a la salida, atravieso el patio principal en el que aquel día el custodio tuvo que devolver el celular decomisado. Sobre mi cabeza, decenas de largas líneas de alambre cruzan la enorme explanada. De día, son tendederos que además de airear la ropa convierten parte del patio en un inmenso laberinto cuyos rincones escapan del control visual de los guardias. El motín en el penal de Quezaltepeque el pasado julio, que terminó con siete heridos, comenzó porque los custodios obligaron a los pandilleros allí encerrados a retirar unas sábanas colgadas que les impedían la vigilancia.

En Mariona, entre esas sábanas y en los pasillos de los sectores, reina la ley del ver, oír y callar que encubre las razones de muchos otros heridos que no son noticia, de escaramuzas cuya verdadera causa nunca se acaba de conocer fuera de estos muros. La mayoría de los reos te dicen que solo quieren pasarla sin problemas y que en Mariona se vive mal pero tranquilo. Mienten. Los que saben que pasarán aquí más tiempo se han de someter a la autoridad de la mayoría y confiar en caer bien, o ganarse el respeto con inteligencia y fuerza física. Los débiles viven una condena dentro de su condena, sometidos a robos, golpes o violaciones. Ya no se pasea el corvo colgado del hombro, como ocurría en los años 90, pero entre tablones, ladrillos y colchones la mayoría de reos esconde algún arma afilada con la que defenderse.

—Para matar, un punzón es mejor que un corvo. Es mejor puyar que dar un filazo –me explica el mismo condenado que habló de los sobornos a militares.

—¿Por qué?

—Porque la víctima se desangra por dentro y se ahoga en su sangre. Y es más difícil saber qué órganos están heridos.

Miro su mano y descubro un bolígrafo, con el que gesticula para explicar mejor a qué se refiere.

—Yo ya no ando en eso, pero hay que estar preparado. En la cárcel siempre hay que estar alerta.

La Raza también está siempre alerta. El 29 de octubre en el sector 3 de Mariona hubo una pelea que causó cinco heridos. La versión oficial dijo que se habían emborrachado con chicha y eso originó la pelea. En Mariona hay quien dice que varios de ellos eran pandilleros, que la MS-13, el Barrio 18, la Mao Mao, la Máquina... todas las pandillas tienen a gente sin tatuar infiltrada en el penal, para saber lo que sucede y, algún día, si pueden, cuando sean suficientes, luchar por el control. Si efectivamente lo intentan, la seguridad perimetral e intermedia no podrán hacer nada por evitar que haya muertes. El verdadero poder que rige la vida de los presos no se elige en las urnas ni, de momento, lo designa el presidente de la República.

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En la biblioteca, la humedad y el calor mantiene a los reos semidesnudos. A los confinados en estas celdas de aislamiento solo se les permite salir al patio 20 minutos al día.

En la biblioteca, la humedad y el calor mantiene a los reos semidesnudos. A los confinados en estas celdas de aislamiento solo se les permite salir al patio 20 minutos al día.

Del penal La Esperanza, en Mariona, se sale por la biblioteca. Tras dejar atrás los enormes patios de los grandes sectores, se pasa junto a dos celdas asfixiantes y sin letrinas en las que 43 hombres condenados por la justicia del Estado y amenazados por las autoridades de La Raza están sentenciados a dormir en el suelo semidesnudos y a ver pasar a todo el que entra y sale. Me despido. Douglas, el nicaragüense, devuelve el saludo mientras se afeita la cabeza. “Por higiene”, dice.

Los controles de seguridad al salir son más permisivos que al entrar. El cacheo es menos exhaustivo. La revisión de libreta y grabadora más rápida. A pocos metros, un militar encapuchado hurga en la bolsa de un custodio vestido de civil que entra al turno de noche. Trae ropa, champú para la mañana, y una enorme caja de donas. El soldado las mira dubitativo y hace un amago de tocarlas con sus guantes de látex, pero le vence la vergüenza y decide no estropear la comida. Yo, no puedo evitar enumerar mentalmente las sustancias u objetos que podrían ir ocultos en esas donas. Ni puedo dejar de pensar que los muros de Mariona no protegen nada, ni a nadie. Solo delimitan una ciudad infierno.


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