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El Salvador

La caverna de Choreja

Carlos Martínez. Fotos: Pau Coll
Publicado el 9 de Enero de 2012 | Comentarios (1)
Cuando una persona no sabe distinguir la realidad de sus alucinaciones, la ley salvadoreña le exime de afrontar las consecuencias legales de sus actos. Pero ¿a dónde van a parar las personas con trastornos mentales que asesinaron o que violaron a alguien? Esta es una historia sobre ese pabellón.

En un lugar oscuro, muy parecido a una cueva, una mujer afligida pide auxilio a gritos. Tiene miedo, sabe que va a morir, que será violada, que sufrirá. Pronuncia súplicas que solo una persona escucha.

Una sombra aparece en la cueva. Es el hombre que la ha capturado y que la atormenta sin piedad. Aparece otra sombra y otra… hay varios hombres. Ella grita y su grito enloquece a quien la oye.

Casi todos los días de su vida, Choreja escucha a esa mujer. Le viene por las noches el sonido de su lamento, como si la cueva fría estuviera justo al lado. El grito no se va, está siempre ahí pero nadie hace nada por ella. Quizá están todos sordos y solo Choreja tiene la maldición de escuchar.

A veces hay más de una mujer, a veces hay muchas mujeres que lloran juntas pidiendo auxilio. ¡Nadie hace nada! “Yo sé que a mí me tienen preso aquí y que no puedo salir. ¡Puta! Pero entonces yo les digo que vayan, que vayan con la policía a buscar por ahí… por ahí… por ahí… yo les digo dónde buscar a esas mujeres… ¡Puta, cómo gritan, pobrecitas!”, dice Choreja, y señala con las manos nerviosas la ubicación de la cueva, de las cuevas.

A veces, entre tanta mujer, se escucha el llanto de un niño, de un niño pequeño. Por lo agudo del llanto, Choreja sabe decir el tamaño exacto del chiquillo, que está a punto de padecer un suplicio. “O que si quieren, que solo me den al niño, vaya, me valen verga las mujeres, ¡pero que me den al niño! ¿No lo oyen cómo llora? Está chiquito, así ve… así, de este tamaño… así, ve…”, y baja la mano a un palmo del suelo, y luego la baja tantito, para no errar el tamaño del niño.

Cuando ya no puede más, cuando los gritos le torturan la cabeza, Choreja salta de su cama y aúlla por las noches, atormentado, sufriente. Entonces todos piensan que está loco y lo amarran en la cama. Él no entiende nada y piensa en lo locos que están todos, en lo sordos que son.

Choreja tiene pruebas de lo que dice. En el dorso de la mano izquierda tiene tatuadas dos alitas: “Si no me creen, miren: esta alita sí es mía, agüevo, yo respondo por ella”, y nos muestra la alita derecha. “¡Pero esta otra a saber de quién putas es!, no es mía. ¿No ven que está medio caída? ¡Ahí es cuando llora el niño! ¿Vieron? ¿Vieron que no les estoy dando paja? ¿Vieron?...” y se mira la alita izquierda, a la que ve triste, caída. Esa es la alita que prueba que llora un niño.

Choreja peleó en la guerra civil salvadoreña.

El Choreja lleva casi 20 años preso entre Mariona y la penitenciaria psiquiátrica por homicidio. No tiene ni idea de en qué fecha quedará en libertad.

El Choreja lleva casi 20 años preso entre Mariona y la penitenciaria psiquiátrica por homicidio. No tiene ni idea de en qué fecha quedará en libertad.

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En 1993, Choreja estaba en una cantina pasando trago pesado por la garganta en compañía de unos amigos. Como suele pasar en estos casos, una palabra mal dicha, un gesto mal interpretado prendió la chispa que hizo fuego con el guaro. Para colmo, uno de los compadres de Choreja tenía un machete… y quizá ese compadre no sabía que Choreja tenía una pistola. El resultado fue el compadre muerto y un machetazo en la cabeza de Choreja que le deformó el cráneo y le robó la mitad de la oreja izquierda y quizá la cordura para siempre.

Choreja acabó preso en el penal más grande del país: La Esperanza. Y al cabo de un tiempo aparecieron las voces. Ahí fue tratado como un perro. Le robaban su ración de comida y vivía como viven los animales: robando de la basura, alimentándose de la piedad burlona de los otros. Hasta que lo trasladaron a este lugar.

Hasta aquí lo siguieron esas mujeres atormentadas. Ese niño que suplica. Choreja fue militar. Lo reclutaron por la fuerza, siendo un niño.

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Choreja duerme al final de una habitación alargada, sobre un catre con un colchón maloliente y manchado. A lo largo de la habitación hay un catre frente a otro y entre ellos se forma un pasillo de poco más de un metro de ancho. En el espacio entre camas se pasea Choreja, descalzo, musitando palabras. Va de prisa, como si fuera a un lugar importante. Al llegar al inicio del pasillo, da media vuelta y vuelve hasta su catre.

Sobre las camas suele haber bultos, tapados por completo con sábanas roñosas, y un montón de rostros perdidos, que le sonríen a la nada. En el pasillo por el que camina Choreja siempre hay tráfico.

Un hombre avejentado y diminuto pregunta todo el día, con su boca cholca, si ya le toca regresar a la penitenciaría central. “¿Ya me van a mandar a Mariona? ¿Ya me toca irme a Mariona? ¿Le puede decir al juez que si por favor me manda ya a Mariona? Es que a mí me gusta más en Mariona”. No importa qué se le responda, él lo entenderá como un sí. “Gracias, gracias, entonces, ¿ya me toca irme a Mariona?...”

Un tipo grande, probablemente muy fuerte, sonríe sin parar. Nació con una deformidad: es como si sobre su cerebro hubieran vaciado el cráneo en estado líquido y luego este se hubiera endurecido, lleno de surcos y de bultos de los que brota el pelo. Es un tipo muy amable y le gusta dar la mano… y que se la den.

En la puerta de una habitación contigua ríe y llora una mujer. Habla como si fuera una niña y cuando se le pregunta cómo está ríe a carcajadas para demostrar que está bien. “Contenta, contenta, feliz”. Luego llora con auténtica amargura porque extraña a su hijo. “¡Hijo, te amo, hijo, te extraño, hijo!”. Y se va derramando lágrimas, renqueando. Hace ratos que se fracturó el tobillo derecho y nadie se lo enderezó; así que el hueso pando se terminó pegando a otro hueso fuera de lugar y ahora camina con el pie de lado, apoyando un callo antiguo que se le formó en la parte externa del pie. Se echa sobre su catre, sucio, llorando por su hijo.

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En un pequeño cuarto de madera se celebra una reunión donde un hombre mayor da un discurso que se supone que debe ser motivador para unos 15 hombres que, siendo francos, no lo escuchan:

-Vieran qué triste se siente eso de oír voces, tener temblores permanentes, ver gente que no existe.

El tipo es todo un actor. Cuando cuenta su vida en la calle, hace gestos que respaldan la idea de que está durmiendo, o comiendo basura, o viviendo apestoso, sucio.

-Yo regalé a un niño, un hijo mío, ya habrá tenido unos sus ocho meses, porque ya se sentaba solo, no me acuerdo ni a quién se lo regalé…

El tipo es sólo un visitante, es el padrino de la Asociación de Alcohólicos Anónimos que ha formado una sede también en esta prisión. Da testimonio de su vida como borracho y frente a él los 15 hombres que no lo escuchan miran para distintas direcciones, ríen solos o lo miran con la boca abierta sin hacer un solo gesto. Hay un solo tipo en un rincón que escucha ansioso, deseando que el padrino se calle de una buena vez. Cuando esto al fin ocurre, aquel hombre salta al atril, levantando las manos, como las personas que aparecen en los programas televisivos de concursos. Se llama Levy.

“Mi nombre es Levy, conocido a nivel nacional e internacional...”, grita con una sonrisa de oreja a oreja. Asegura que hay un satélite que a él le toma fotos y que luego las publica en una revista que circula en 180 países. Cuando tiene la atención de los demás, cuando puede sentirse un poquito superior, Levy es feliz, brilla.

Así transcurren los días en este manicomio, o cárcel, según por quién se deje uno guiar: la Dirección General de Centros Penales (DGCP) asegura que estamos en el pabellón psiquiátrico de centros penales; pero según las autoridades del Hospital Psiquiátrico estamos en el ala penitenciaria del hospital para enfermedades mentales.

Más allá de dónde ponga uno el acento, todos o casi todos los que están recluidos en este recinto han cometido delitos graves y un juez los ha declarado inhábiles para afrontar la ley, debido a sus evidentes trastornos mentales. Según el Código Penal salvadoreño, uno de los atenuantes ante la justicia es precisamente ese: estar loco de una locura demostrable, no haber sido capaz de medir las consecuencias de los actos cometidos.

Tomando en cuenta la gravedad de los delitos que cometieron y el riesgo que ellos representan para la sociedad, el juez deberá sustituir la pena por “medidas”. Sin embargo, por lo general, las dos son demasiado parecidas: en lugar de condenar a una persona con esquizofrenia paranoide a 30 años de prisión, se le cambia la pena por la “medida” de que esté recluído 29 años en este sitio.

Claro, para recibir semejante medida, el interno… o el paciente –siempre es complejo decidir- tuvo que haber cometido un asesinato y el juez tuvo que haber advertido que las condiciones en las que vivía no garantizaban que no volvería a matar y entonces mandó confinarlo en esta cárcel-manicomio. El problema es que al menos el 60% de las personas que están en este pabellón han asesinado a alguien. El resto han lesionado gravemente a personas, generalmente familiares, o son violadores… o enfermos mentales que según la ley no medían las consecuencias de sus actos. Depende dónde ponga uno el énfasis.

Quienes habitan este pabellón probablemente guarden más similitudes con la población penitenciaria que con pacientes de la red de hospitales públicos… viven hacinados y sus posibilidades de rehabilitarse gracias a los procesos institucionales son muy pocas, o ninguna.

Para septiembre del año pasado, 88 personas vivían en un espacio pensado para 60. Al finalizar el año eran más de 100. Desde luego, si se le compara con el nivel de hacinamiento del resto de recintos penitenciarios, habría que decir que viven holgadamente, con lujos, incluso, como que cada uno tiene su propio catre, o al menos un pedazo de colchoneta que les separe las espaldas del llano suelo. O sea, un catre o un pedazo de colchoneta para cada uno. Quizá por eso algunos incluso hacen alguna que otra trampilla para acabar acá.

En  nuestra primera visita al pabellón encontramos que los internos amaban la cámara de fotos. Posaban, bailaban… exigían fotos y ser entrevistados cuantas veces fuera posible. Salvo dos huéspedes huidizos, ariscos. Yuri Rodolfo Jenkins, por ejemplo, una vez que nos veía entrar, corría de donde estuviera a refugiarse de pies a cabeza bajo su sábana. Resultaba impresionante el tiempo que era capaz de pasar sin asomar ni los ojos. Él era asesor del ministro de Economía y catedrático de la maestría en finanzas de la UCA. La policía lo capturó por el delito de acoso sexual contra dos menores de edad y él convenció al juez de que padecía ataques de pánico y una terrible depresión. Yuri consiguió pasar su proceso en el recinto psiquiátrico hasta que fue declarado inocente.

La otra es Jessica Emilia Santos. Ella fue capturada en mayo del año pasado, justo en el momento en que pretendía vender tres fusiles M-16 que había robado de los arsenales militares. Ostentaba el grado de subteniente del ejército y según fuentes de la policía las armas irían a parar a manos del cártel de Los Zetas, en Guatemala. A cualquier pregunta, Jessica respondió siempre: “I don’t speak spanish”. Solía ser agresiva con las otras internas y para diciembre le habían quintuplicado la dosis de calmantes a fin de que pudiera convivir en paz con sus compañeras. Según la ley ella padece una notoria depresión.

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