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Bitácora - apuntes de los periodistas de Sala Negra / El Salvador

Las cartas de Rosemberg (2/3)

Roberto Valencia
Publicado el 2 de Octubre de 2012 | Comentarios (0)

Dicen que conocer el pasado ayuda a entender el presente. ¿Puede entonces comprenderse el sistema penitenciario actual viendo el que teníamos hace dos décadas? Sala Negra tuvo acceso a varias cartas manuscritas por un salvadoreño anónimo llamado Rosemberg, preso en el penal de San Francisco Gotera en los últimos compases  de la guerra civil. Son tan expresivas y están tan bien escritas que se publicarán íntegras, con la edición mínima, y con tan solo una escueta presentación previa.

En esta segunda entrega de Las cartas de Rosemberg, el interno narra las torturas a las que fue sometido por elementos de la Guardia Nacional el último día del año 1989. Como consecuencia de la brutal paliza, sufrió fracturas en los dos brazos y en la pierna izquierda, e hizo que deseara la muerte. Óscar, su compañero en la celda de castigo, y un guardia de profundas convicciones religiosas llamado Chentino lo ayudaron a sobreponerse, siquiera momentáneamente.

En los días siguientes, Rosemberg siguió sufriendo las condiciones y los maltratos del personal del “Pocilgo de Morazán”. Seguía aislado. La desesperación lo llevó incluso a enfrentarse verbalmente al comandante al frente del penal, sin mucho éxito. Pero, como se verá en la tercera y última entrega de sus cartas, aún faltaba lo peor.

*****

31 de diciembre de 1989

Estábamos en el fin de año, todo era silencio. Parecía todo en armonía. Era una mañana muy bella, cuando apareció Acevedo encabezando una escuadra de verdugos.

―¿Cómo están, chamacos? Dice mi comandante que les va a dar la despedida de fin de año, así es que empiecen a prepararse. Perros como ustedes no merecen vivir –murmuró el Guardia–, son una lacra para la sociedad. Mejor si hubieran muerto pequeños.

Eran casi las 2 de la tarde.

Nos dejaron con el alma destruida.

―Oye, Óscar –le dije a mi compañero–, qué despedida de año, ¿sabes? Hoy es el día que sin duda me van a matar a golpes. Te quiero pedir un favor: ahí te dejo la dirección de mi jefa. Si acaso ya no regreso, dile que la quiero mucho.
―No, compadre –dijo Óscar–. Tienes que seguir viviendo, me haces falta, no pienses así, me pones triste, ¿acaso no te das cuenta de que un día tenemos que salir de este Pocilgo? Tú eres muy útil. Quítate esas ideas, carnal. Estos verdugos tienen que pagar por todo lo que hacen por nosotros. Pídele a Dios que nos ayude.

Estábamos platicando cuando fuimos interrumpidos por una voz fuerte: “Hey, cabrones, qué bulla la que tienen, aquí no están en su casa”.

―Tú, muchacho, muévete –me dijo un verdugo–. Ven acá, necesitamos hablar con vos. Allá arriba, en la Guardia, te necesitan.

Y empezaron a golpearme hasta quebrarme de ambos brazos. Luego me condujeron a un cuartucho todo deteriorado, cuando apareció un señor gordo con unos ojotes color verde, cara redonda.

―¿Tú eres Rosemberg? Ja, ja, ja. Mica muchacho. Yo esperaba encontrarme con un gran hombronazo, pero mira nada más, no parecés lo que eres. ¿Qué, acaso tienes miedo? No te preocupes, yo soy el comandante de este centro, yo te voy a ayudar. Traigan los Derechos Humanos –susurró el señor–, denle su Navidad a este, ya saben cómo hacer.

Empezaron a colgarme y a golpearme hasta dejarme por muerto. Ya casi era medianoche. Me agarraron de los cabellos y empezaron a arrastrarme por todos los pasillos, hasta la puerta del Sopé.

―Púdrete en el infierno, perro maldito.

Óscar solo me observaba y me decía: “No desmayes, compadre, yo te voy a cuidar, ten paciencia”. Y así fue que recibí el año nuevo de 1990. Yo me lamentaba a solas con mi compañero y le contaba toda mi vida. Yo sentía que mi vida ya no tenía razón. ¿Para qué seguir viviendo en esta vida de perros que estoy afrontando? Preferiría mejor que me mataran de una vez, más cuando me miraba los brazos y la pierna izquierda, totalmente quebrantados. Me decía en silencio: malditos verdugos, tarde o temprano tienen que pagar las injusticias que cometen con todos nosotros. Pero aun así, el Todopoderoso no nos abandonaba, siempre puso a alguien en nuestro camino.

―Hey, muchachos –dijo Chentino, un señor bastante humanitario, también miembro de ese cuerpo–, sé que están resentidos, pero no conmigo, yo no les he hecho nada. ¿Saben? Cristo les ama. Confíen en él. Yo soy su amigo. No me miren con ojos de odio. No tengo nada que ver con lo que les han hecho. Yo les quiero ayudar. Permítanme darles la mano. Soy cristiano.

1 de enero de 1990

Empezábamos un nuevo año. Todo era lágrimas y llanto, pues entre nosotros reinaba la intranquilidad, la zozobra, pues las únicas amigas que teníamos eran la angustia y la soledad. Pero, aún así, afrontando la dura realidad de la vida, siempre confiaba que había un Dios que nos podía ayudar.

En un rinconcito de la mentada celda de castigo se encontraban las siluetas de dos hombres, a los cuales la vida les había tratado muy duro. Allí, en esa esquina del Sopé solíamos derramar nuestras lágrimas. Allí se encerraban nuestras tristezas. Todo era amargura y dolor. Le pedíamos al Todopoderoso que nos ayudara, que nos sacara de ese infierno en el cual estábamos viviendo, pero nuestras oraciones no eran escuchadas. Había momentos en que me decepcionaba y me decía: Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Acaso no soy tu hijo? ¿Qué te he hecho yo, Dios mío, para que me des esta clase de vida? Sácame de aquí, yo te prometo cambiar mi forma de vida. Solo tú me puedes ayudar. Tócales el corazón a estos señores para que nos den otro trato, pero, aun así, mis oraciones no eran escuchadas.

Llegue al extremo de maldecir mi propia vida, pues yo anhelaba un milagro, pero todo era en vano. Empezaron a transcurrir los días, y todo seguía lo mismo, pues el trato para con nosotros eran más severo. Existían todas las discriminaciones del mundo que puedan existir, hasta que un día le dije:

―Oiga, comandante Granadeño, ¿acaso no tiene hijos usted? Piense en ellos, ¿no se pone a pensar que el día de mañana pueden afrontar la misma situación?
―Yo no soy el que los castigó, sino que la ley, bastardos. 

Fragmento de una de las cartas manuscritas por el reo Rosemberg.

Fragmento de una de las cartas manuscritas por el reo Rosemberg.

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Publicado el lunes 1 de octubre de 2012: Las cartas de Rosemberg (1/3)
Publicado el miércoles 3 de octubre de 2012: Las cartas de Rosemberg (3/3)

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