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Los desaparecidos que no importan

Daniel Valencia Caravantes
Publicado el 21 de Enero de 2013 | Comentarios (0)
De las 1,564 personas reportadas como desaparecidas a la Policía en 2012, más de un centenar aparecieron muertas y más de 600 siguen desaparecidas. Si la prensa o las redes sociales no viralizan un caso, si quien desapareció no es diplomático ni funcionario o se sospecha que pertenece a una pandilla, las autoridades se quedarán de brazos cruzados. Iris, Amílcar e Irma se esfumaron un día y sus familias vieron con amargura cómo, en su angustia, el Estado las dejó solas.

Fotos de desaparecidos tomadas de carteles que los parientes colocan en puestos de la PNC, hospitales, Medicina Legal o cualquier lugar concurrido de San Salvador.

Fotos de desaparecidos tomadas de carteles que los parientes colocan en puestos de la PNC, hospitales, Medicina Legal o cualquier lugar concurrido de San Salvador.

1. Un detective busca el cadáver de su hija

Antes de caer hipnotizado por la calavera, en una mañana de diciembre, Noé Martínez examinó, con mucho detenimiento, el esqueleto dispuesto sobre la mesa de aluminio de la bodega de cadáveres del Instituto de Medicina Legal, en San Salvador. Era un esqueleto joven, a juzgar por su tamaño, con huesos finos, “completamente chelitos”. Pero esos huesos no le decían nada más.

A la calavera la vio de reojo, sobre otra mesa de aluminio a un costado del esqueleto. Él cree que la calavera le habló, y aquel momento se convirtió en un torbellino: dos huecos penetrantes le apuntaron a los ojos, y una mandíbula, con su dentadura saltona, le sonrió y le gritó: "¡Soy yo, papá! ¡Soy yo, Iris!"

Cuando relata ese momento, Noé lo dramatiza: “Luego vi como que me sonrió así", y pela los dientes, hundiendo la mandíbula inferior para adelantar aún más sus dientes superiores.

Sacudido por aquel espejismo, la imaginación de Noé intuyó que algo quería decirle aquella calavera. Así que se acercó a ella, tanto, que hasta olfateó el olor a tierra húmeda impregnado en ella. Luego transformó sus ojos en dos lupas de detective forense y examinó la mandíbula superior. Eso era lo que querían decirle esos huesos: esa dentadura se parecía mucho a la de su hija. Noé vio que tenía los dientes superiores ligeramente pronunciados hacia adelante.

Para confirmar sus sospechas, se le ocurrió que necesitaba comparar la sonrisa de Iris, inmortalizada en una fotografía, con la dentadura de la calavera. De esa comparación, pensó, a lo mejor obtenía un resultado positivo. Eso se le ocurrió a este pobre hombre porque luego de dos meses de desaparecida su hija, él estaba convencido de que era el único que la andaba buscando.

* * *

Noé Martínez, en los últimos tres meses, se ha convertido en una especie de detective. Empírico, lo reconoce, pero detective al final de cuentas. Las sospechas y pistas que hay en el caso de su hija, asegura, fueron recogidas por él. Por él y nadie más.

La vida de Iris Martínez es como un rompecabezas al que le faltarán, quizá para siempre, muchas piezas. Noé lo sabe. Este vendedor de pizzas en motocicleta no tiene ni idea de qué fue lo que ocurrió, aunque las piezas que ha recogido en todo este tiempo le hacen sospechar, principalmente, de la posible participación de dos pandillas: la de la colonia en la que vivía su hija, Barrio 18, y la del Instituto Técnico San Luis, de Soyapango, la Mara Salvatrucha-13. Él sospecha más de la última que de la primera.

Cuando transcurrieron las primeras 24 horas de la desaparición, Noé se sintió solo. Buscó auxilio en la delegación policial de Agua Caliente, en Soyapango, pero se decepcionó con la atención brindada por el agente de turno. No quería tomarle la denuncia. Le dijo que debían pasar 72 horas para que su hija fuera catalogada como desaparecida. Noé insistió, y solo venció al oficial hasta que otros tres jóvenes llegaron a reportar la desaparición de otra muchacha. Noé se fue de ahí con la impresión de que ese policía lo único que hizo fue deshacerse de él para luego intentar deshacerse de los otros tres muchachos.

Creyendo que ningún policía le ayudaría, cuando se cumplieron 48 horas, Noé armó un plan de búsqueda en el que incluyó a varios de sus sobrinos, que le servirían para llegar adonde a él le sería más difícil: los amigos del Instituto en donde estudiaba Iris. Con su ayuda ubicó a los amigos de su hija y los buscó en sus casas, afuera del Instituto, o los contactó por teléfono.

A las 72 horas, Noé ya tenía avances. Días más tarde incluso dio con tres vecinos que le aseguraron que Iris “y una amiga” habían abordado el mismo microbús que ellos, y que se bajaron frente al centro comercial Unicentro, de la ciudad de Soyapango, en el oriente de San Salvador. Hasta esa parada se dirigió también Noé, con una fotografía de ambas chicas en la mano, preguntándole al viento si había visto quién se llevó a su hija y a su amiga. El viento, convertido en vendedora, recordó haber visto a dos muchachas, parecidas a las de la foto, que se subieron en un auto de color rojo.

Quien acompañaba a Iris Martínez aquella mañana era su amiga del Instituto, Verónica Platero. Verónica, desde hacía un mes, vivía en casa de Noé. Las dos estudiaban el bachillerato en salud del Instituto Técnico San Luis. Ambas tenían 20 años.

Noé, desde el inicio, creyó manejar una probable hipótesis. Katherine Martínez, de 15 años, hermana de Iris, había emigrado hacia Estados Unidos en marzo de 2012, obligada por su papá, para prevenir que unos estudiantes del Instituto la siguieran maltratando. En febrero de 2012 la golpearon una vez, y Noé no permitiría que a su segunda hija la golpearan una vez más. A Katherine la acosaban porque ella se resistía a formar parte de la Raza Técnica, la pandilla estudiantil con vasos vinculantes a la Mara Salvatucha-13. Cuando en sus averiguaciones Noé encontró indicios de que a Iris probablemente le estuvo ocurriendo lo mismo que a Katherine, preguntó a esta por teléfono. En una primera llamada, Katherine le dijo que no sabía nada. Días más tarde, desde Estados Unidos, Katherine le habló llorando a su papá. Se disculpó por no haberle dicho la verdad y le confesó que en septiembre de 2012 Iris le contó que tenía problemas con los mismos compañeros que a ella la habían golpeado. Katherine no había dicho nada porque se avergonzaba de haber guardado ese gran secreto.

Noé Martínez contrastó los nombres y apodos de los estudiantes acosadores que Katherine recordaba, con los que le dieron los compañeros y amigos de Iris. Cuando creyó haber encontrado coincidencias, lo reportó a la dirección del Instituto, pero la respuesta que obtuvo fue que el Instituto tenía controlado eso de las bandas juveniles. Fue entonces cuando Noé se dio cuenta de que él no es ninguna autoridad, que todo lo que él había averiguado probablemente no le serviría para nada.

Y, mientras tanto, ningún policía se acercó o lo contactó para ofrecerle ayuda o darle noticias sobre su denuncia.

Noé siguió buscando y encontró una pista más al hablar con los familiares de Verónica, la otra desaparecida. Risueña, simpática, Verónica había pedido posada en la casa de Noé porque aseguraba que era maltratada en la suya. Uno de los familiares de Verónica le dijo algo a Noé y él encontró otra probable ruta de investigación.

—Ellos me dijeron que la muchacha como que había tenido algo que ver con un joven de su colonia, que decían que era pandillero, y eso le había generado problemas. Por eso se había salido de su colonia.

Noé estaba desesperado y recordaba -aún recuerda- con mucho dolor algo que ocurrió cuando se cumplieron 72 horas de la desaparición de Iris. El jueves 1 de noviembre, en un despliegue exhaustivo, efectivo, de película, la Policía y la Fiscalía resolvieron la desaparición y posterior asesinato de otra joven, reportada como desaparecida un día después que su hija. Noé recuerda bien su nombre: “Helene Arias”. Noé no entendía cómo ese caso, y no el de su hija, recibió esa fuerte atención policial y de la Fiscalía.

Pieza suelta #1

2012 pasará a la historia como el año en el que los homicidios se desplomaron, gracias a una tregua negociada entre el gobierno y las pandillas (cese al fuego entre las pandillas a cambio, al menos, de beneficios en cárceles y la promesa de un plan integral de reinserción). Pero desplomados los homicidios de 12 a 5 diarios, la gente comenzó a especular que a la gente quizá la estaban desapareciendo. Eso se piensa, sobre todo, si en un país como El Salvador, desde 2004, se registran cementerios clandestinos en donde las pandillas han enterrado a sus víctimas.

La sospecha de que hay menos homicidios porque hay más desaparecidos es una constante difícil de borrar. Por ejemplo, el presidente de la Comisión de Seguridad de la Asamblea Legislativa, Ernesto Angulo, del partido Arena, está convencido de que los homicidios se han reducido no porque se deje de matar gente, sino porque se están desapareciendo los cadáveres.

El ministro de Seguridad, David Munguía Payés, ha pedido que creamos, desde marzo de 2012, que la cifra de desaparecidos ha ido a la baja. También ha mandado un mensaje a la población: al fenómeno se le está dando especial atención. Por eso, los casos más sonados de personas desaparecidas durante 2012 fueron investigados por una unidad élite: la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas.

En mayo, la atleta de lucha libre Alison Renderos desapareció en San Vicente, y la unidad policial encontró su cadáver, mutilado, 21 días después. En junio, cinco estudiantes desaparecieron en la ciudad de Santa Tecla, y la misma unidad dio con sus cadáveres, enterrados en una zona verde de esa misma ciudad, un mes más tarde. En septiembre, una maestra de un colegio privado desapareció, y la Policía logró ubicarla, viva, semanas más tarde, en Nicaragua. Luego, en octubre, desapareció Helene Arias, y la Policía resolvió el caso en tiempo récord: en menos de 48 horas. A simple vista, las cosas funcionan bien. Si uno desaparece, el Estado se encargará de buscarnos vivos o, al menos, de encontrar nuestros restos.

Pero hay piezas que no encajan en el rompecabezas de los desaparecidos en El Salvador. Y eso que no encaja bien es la prioridad que la Policía le da a unos casos a costa de la inmensa mayoría. La búsqueda exhaustiva que aplica la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas es prioritaria solo si los casos caen en una categoría especial, a discreción de la cúpula policial. De lo contrario, dependerá de los recursos de las delegaciones policiales en donde se denunció la desaparición, y de las ganas de los investigadores de esas delegaciones, para resolver lo que esas mismas autoridades califican como un eventual homicidio, sobre todo si el tiempo avanza y la persona no aparece.

¿Por qué un caso se investiga con prontitud y en otros el engranaje gira más lento? Según el subdirector de la Policía Mauricio Ramírez Landaverde, porque hay casos como el de la atleta Alison Renderos, o como el caso de Helene Arias, que son considerados como “casos importantes”, en virtud de la alarma social que dejan a su paso.

El Instructivo de Investigaciones de Personas Desaparecidas y Extraviadas de la Policía, un documento aprobado en junio de 2012 por la Dirección de la PNC, dice que son casos importantes la desaparición de autoridades públicas, funcionarios públicos, extranjeros con misión diplomática y policías o militares. Hay una quinta categoría que entra para como “caso importante”: aquel que cause alarma y conmoción nacional. Aquel que se refuerce con la presión mediática. Es la Dirección de la Policía la que decidirá, se explica en ese manual, si un caso ha causado la suficiente conmoción social como para que sea retomado por la unidad especial de investigación.

Iris Martínez y Verónica Platero desaparecieron el 29 de Octubre de 2012. Estudiaban el bachillerato en Salud en un instituto de Soyapango. Ambas tenían 20 años.

Iris Martínez y Verónica Platero desaparecieron el 29 de Octubre de 2012. Estudiaban el bachillerato en Salud en un instituto de Soyapango. Ambas tenían 20 años.

***

Una mañana después de que Noé se enterara del caso de Helene Arias, mientras manejaba su moto por la avenida Juan Pablo II, en el centro de San Salvador, se topó con un vehículo del Canal de Noticias 21. Se le atravesó al vehículo, se bajó y le contó su caso al conductor y al copiloto. Les dijo que él también andaba buscando a su hija desaparecida. El canal pasó la noticia de Iris y Verónica. Luego El Diario de Hoy publicó una nota. El 2 de noviembre, Día de los Difuntos y cinco días después de la desaparición de Iris y Verónica, el caso de las estudiantes de enfermería ya estaba en redes sociales.

A los días, y luego de varias publicaciones en medios, Noé Martínez recibió una llamada desconocida que luego le resultó sorpresiva. Desde el otro lado de la línea, un hombre se presentaba como investigador de la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas de la Policía. El caso de Iris y Verónica, por fin, había sido tomado en cuenta.

Noé no recuerda exactamente la fecha, pero cree que fue entre el 15 y el 18 de noviembre cuando visitó por primera vez a los detectives de la Unidad de Búsqueda de Desaparecidos. Dos investigadores lo citaron en el cuarto piso del segundo edificio de la División Central de Investigaciones (DCI). Lo recibieron en una sala estrecha, con luces opacas, muy parecida a un cuarto de interrogación.

—Cuéntenos: ¿qué es lo que usted sabe? –le preguntaron.

Y Noé, el detective, les dio sus pistas y sus hipótesis a sus colegas.

Les dijo de Verónica y su posible relación sentimental con un pandillero. Les contó de los problemas que había tenido su otra hija, Katherine, y de los nombres de los supuestos estudiantes acosadores que él había conseguido. Por último, les confesó algo más. Les dijo que él, a mediados de 2011, tuvo una serie de desencuentros con los pandilleros que dominaban la comunidad en donde él vivió junto a sus hijas.

—¿Qué problemas, Noé? –le pregunto yo.

-No eran cosas serias. Ellos querían que uno los saludara con respeto y yo y mi hermano siempre les dijimos que el respeto se ganaban, no se imponía a la fuerza ni con la intimidación. Discusiones tontas... de esas con las que ellos intentan bajarle la moral a la gente. Pero uno no tiene que dejarse, porque media vez se deje, entonces ya se perdió todo. Eso fue lo que pasó.

Noé le contó a los detectives que para evitar problemas decidió migrar hacia Estados Unidos, a mediados de 2011. Una corta temporada, mientras la temperatura bajaba. Les dijo que regresó en febrero de 2012, para solucionar el problema de Katherine, y que los pandilleros y él arreglaron, en teoría, las cosas.

—¿Las arreglaron? –le pregunto.

—Yo creo que sí. ¡Si a esos cipotes yo los he visto crecer! ¡Son cipotes bayuncos! Yo creo que sí se arreglaron, pero después de todo este tiempo uno no sabe qué pensar. A veces creo que fueron ellos, todavía resentidos. Pero entonces me pregunto: ¿Pero por qué no lo hicieron antes, cuando yo no estuve, pues?

En aquel primer encuentro con los detectives, que duró alrededor de tres horas, Noé les dijo que sospechaba más de la pandilla estudiantil que acosó a sus hijas que de la pandilla que dominaba en su comunidad.

La segunda vez que Noé fue citado a la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas ocurrió a finales de noviembre.

—Solo eso me preguntaban: cuéntenos, ¿qué ha averiguado? Yo les dije que no sabía más de lo que ya les había contado, pero ellos no me quisieron decir si por su parte habían averiguado algo más.

La tercera vez, Noé no fue citado, sino que él llegó a preguntar a la unidad si ya había algún avance. Los detectives lo recibieron, de nuevo, con la misma pregunta: ¿y usted qué ha averiguado? Noé se molestó, pero aun así, quería que los detectives se interesaran y jalaran del hilo que él había descubierto en esos días.

En Estados Unidos, Katherine sostuvo un intercambio de mensajes por Facebook con un joven que decía tener información sobre el paradero de Iris y Verónica. El joven decía que fue novio de Verónica y que las protegía cuando ellas, contratadas por alguien a quien no conocía, servían de modelos o bailaban en barras show de la playa San Diego, en el departamento de La Libertad. Los detectives apuntaron esa información y Noé les dio el número de Katherine para que la corroboraran. Días más tarde, Katherine le comentó a su padre que los detectives ya le habían hablado.

***

El 17 de diciembre de 2012, Noé Martínez se creyó un médico forense y se le ocurrió que si comparaba esas mandíbulas de la calavera con la fotografía de la sonrisa de su hija, a lo mejor y le atinaba.

Pero un día más tarde, un verdadero médico forense le dijo que eso no demostraría nada, sobre todo porque su hija, según había declarado Noé, cuando la buscó en esas mismas oficinas, por primera vez, hacía dos meses, tenía una corona en una muela. La calavera, en cambio, no tenía alteraciones en ninguno de sus molares.

Noé Martínez cerró el año 2012 agobiado por una pesada incertidumbre.

—Uno nunca pierde la esperanza, pero a veces quisiera que al menos me dijeran que está muerta. Que me dijeran: ¡tomá, Noé, estos son sus huesos! Así tal vez yo me quedaría tranquilo –dice Noé, cuando se acerca el final del año.

El 3 de enero de 2013 reinició su búsqueda. Regresó -de nuevo- a preguntar a la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas si existía algún avance en el caso.

—Me salieron con que este caso era como buscar una aguja en un pajar, que no tenían hipótiesis… hi-pió-te-sis…

—Hipótesis.

—¡Eso! Que no tenían hipótesis que les dieran certezas de nada. Luego me dijeron cuáles son sus hipótesis, y mire: ¡lo que me da cólera es que son exactamente las mismas que les he dado yo!

—¿Pero siguen investigando?

—Me dijeron que no había forma ni pistas para seguir investigando, pero que le iban a seguir echando ganas. Eso no sé qué significa –dice Noé.

El jefe de la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas es el inspector Jaime Ramírez Palma. En realidad, él es el jefe de la Unidad de Delitos Especiales, y bajo la sombrilla de esta oficina cayó la oficina que atiende los casos de desaparecidos. Ramírez Palma es un oficial de voz ceremoniosa, que antes de este cargo dirigió algunas delegaciones del occidente del país. Él dice que no es cierto que la Policía se haya quedado solo con la información recabada por el padre de una de las chicas, ni que el caso de Iris Martínez y Verónica Platero haya dejado de investigarse.

El inspector asegura entender la preocupación de los familiares de los desaparecidos, pero insiste en que ellos no pueden andar revelando detalles de sus investigaciones, para no entorpecer los casos.

—Las investigaciones continúan y van por buen camino. Estamos en un 50 %, del otro 50 % solo falta encontrar una pista que andamos buscando y ese caso se resuelve.

—¿Cree que están vivas? -le pregunto, y el inspector responde sin dar mucha información.

—Hay probabilidades de que pudieran estar fallecidas. Le voy a explicar una situación, y esta es una valoración personal. Si una persona lleva más de 12 días desaparecida, hay un 40 % de que esa persona esté fallecida. Y mientras más pasa el tiempo, esa probabilidad aumenta.

 

Pieza suelta # 2

Desde hace muchos años (desde 2004, según la PNC; 2005, según el criminalista Israel Ticas, de la Fiscalía General de la República; y desde 2008, según Medicina Legal), cientos de salvadoreños viven con la angustia de no saber qué ha pasado con sus hijos, hijas, esposos, esposas, madres, padres...

Y las cifras, al menos las que se han ventilado públicamente, hablan de muchos casos denunciados. En 2011, la PNC registró 1,267. En 2012, las denuncias aumentaron a 1,564, pero el número de personas que hasta la primera semana de enero continuaban desaparecidas cerró en 612. Al Instituto de Medicina Legal, en 2011, familiares llegaron a reportar 2,007 casos solo en el departamento de San Salvador. Pero en 2012, los reportes de Medicina Legal, a nivel nacional, fueron a la baja: 1,601.

Otra cifra: el criminalista Israel Ticas asegura que entre 2005 y 2012 ha encontrado, debajo de la tierra, en diferentes zonas del país, 655 cadáveres de 655 personas que en su momento fueron consideradas desaparecidas por sus familiares.

Más allá de estas cifras, no hay más cifras. Lo Policía reconoce que el manejo estadístico del fenómeno, hasta 2012, se hizo muy mal. “Eso es algo que yo, en lo personal, estoy interesado en corregir”, dice el ministro de Seguridad, David Munguía Payés.

Por ahora, hay tres bases de datos que hablan de los desaparecidos: los reportes que anota Medicina Legal, las denuncias que recibe la Policía, y los reportes que anota Israel Ticas, el criminalista de la Fiscalía. La suya es una lista informal, desordenada, apuntada en hojas sueltas, a lápiz, a lapicero, en pequeños papeles mal doblados en el interior de su cartera, o en cinco hojas de papel bond, llenas hasta los bordes, que guarda en el asiento trasero de su camioneta. Dice que en sus agendas, las viejas y las nuevas, tiene más, pero que prefiere no hablar de esas cifras porque lo suyo no es un dato oficial ni es un dato que pueda ser atribuido a la institución para la cual trabaja.

—Es un dato que toma Israel Ticas, el ser humano –dice-. El dato oficial, el dato que puede compartir Israel Ticas, el funcionario de la Fiscalía, es que yo he desenterrado, entre 2005 y 2012, 655 cadáveres de salvadoreños que estaban desaparecidos.

Si se tomaran como válidos el total de casos denunciados a la Policía entre 2011 y 2012, tendríamos como resultado que en dos años, los nuevos desaparecidos alcanzaron el número de casos de niños desaparecidos de manera forzada durante la guerra, según las estimaciones de la Asociación Probúsqueda de Niñas y Niños Desaparecidos. Pero el problema es que los casos denunciados entre 2011 y 2012 no son confiables. De hecho, uno puede no puede fiarse de la “reducción de casos” de la que hablan la Policía y el ministro de Seguridad, David Munguía Payés.

Intentemos resolver ese rompecabezas: La Policía ha dicho que en 2011 se registraron 1,267 “casos denunciados”. Y según sus registros, en 2012 el dato “casos denunciados” subió a 1,564. Entre un año y otro, los casos denunciados aumentaron. Sigamos. La Policía ha depurado los casos denunciados en 2012. Y concluye que del total de casos denunciados, 820 fueron archivados porque reaparecieron las personas. También dice que 132 personas fueron encontradas fallecidas, y que, al final, hasta la primera semana de enero, 612 continuaban reportadas como desaparecidas. De esa depuración, la Policía y el Ministro de Seguridad sacan la siguiente conclusión: respecto a 2011, hay 655 casos menos. Pero esa pieza del rompecabezas las autoridades la quieren introducir a la fuerza. Es una comparación imposible, a menos que queramos comparar peras con manzanas, comparar "denuncias" con "personas que continúan desaparecidas".

La comparación errónea entre “casos denunciados 2011” contra “total de personas desparecidas 2012” fue un dato que Raúl Mijango, el negociador de la tregua entre las pandillas, filtró, el 11 de diciembre de 2012, en una reunión con los diputados de la comisión de Seguridad Pública de la Asamblea Legislativa. Mijango presentó esa “reducción de casos” como uno de los logros obtenidos en el año de la tregua. Mijango y la Policía aseguran que son datos oficiales, emanados de la propia PNC. La única diferencia entre los datos que presentó Mijango con los que la Policía dio a conocer en enero de 2013 fue la actualización de los mismos.

Luego de explicarle la inconsistencia en la comparación, el ministro de Seguridad, David Munguía Payés, reconoce que han hecho una comparación imposible.

-Lo que pasa es que antes de que llegáramos a la Policía había algunas falencias en el área de estadísticas que las estamos corrigiendo.

—Pero ustedes están comparando casos denunciados de 2011, es decir, el total de casos, contra casos depurados de 2012. Deberíamos contar con el dato de casos depurados de 2011 para que la comparación sea correcta.

—Sí. No existe en su totalidad el dato de 2011. A partir de 2012 sí está depurado, y hemos afinado los procedimientos estadísticos de investigación, de tal manera que hoy sí podremos hacer comparación de lo que sucedió en 2012 y lo que sucederá en 2013.

Durante dos meses, El Faro solicitó a la Policía el dato de denuncias de desaparecidos de 2011 –y de años anteriores- , pero al cierre de esta crónica no hubo respuesta. Al ser consultado al respecto, el jefe de la Unidad de Delitos Especiales, el inspector Jaime Ramírez Palma, explicó que sus jefes le había autorizado hablar de todo, menos de las cifras.

—Al menos aclárenos una duda. ¿Esos datos existen?

—Sí, existen. Tienen que existir.

—¿Usted los ha visto?

-No. Pero le voy a explicar una cosa: el año 2011 fue característico por la creciente de homicidios. Se me ocurre (y es una percepción, no estoy diciendo que así fue) que no era la prioridad andar buscando a personas desaparecidas con esa cantidad de homicidios que había. La prioridad en ese momento era ir a capturar a los homicidas. Esa era la prioridad.

Fotos de desaparecidos en el monumento a las víctimas de la guerra civil en el parque Cuscatlán de San Salvador. Foto Mauro Arias

Fotos de desaparecidos en el monumento a las víctimas de la guerra civil en el parque Cuscatlán de San Salvador. Foto Mauro Arias

2. El desaparecido al que nadie está buscando

—¿Quién desapareció?

—Amílcar Sadrat Santos.

El Sargento -así quiso que lo llamara, “El Sargento”- le preguntó a su compañero, otro policía, si le sonaba ese nombre. Se lo preguntó, también, a un soldado moreno y joven, que descansaba junto a ellos en la orilla del Puerto Joacaz, el embarcadero de lanchas de la Isla Tasajera, en la costa del departamento de La Paz.

El paisaje que nos rodeaba no podía ser más hermoso. El estero de Jaltepeque lucía inmenso, con sus canales y sus islas y sus manglares. Al fondo, sobresalía muy por encima de la línea del horizonte, el volcán de San Vicente.

Por un momento, la confusión y el asombro de los dos policías y el joven soldado contagiaban. Uno se preguntaba: ¿Quién puede desaparecer de un lugar tan hermoso? Las lanchas atravesaban el estero ora con turistas, ora con los habitantes de la isla, que cargaban provisiones desde San Luis La Herradura, el poblado en tierra firma más cercano, ubicado a uno hora de distancia, al otro lado del estero. Pero así es esta parte del mundo, calificada en 2011 como la segunda más violenta de la Tierra en la región más violenta de la Tierra. Hermosa y llena de contrastes. De ese paraíso, que las agencias de turismo no han sabido explotar, desapareció un joven de 21 años.

El Sargento terminó de sacar conclusiones con sus compañeros.

—Usted me está preguntando por El Piñata –dijo.

—¿El Piñata?

—Sí. Así le decían a ese vago. Ese era pandillero.

—¿Hay pandillas en la isla?

—No, no es que haya, pero ese quería comenzarla.

—¿Por qué dice que era pandillero?

—Era. Hubiera visto cómo caminaba.

El joven soldado interrumpió la conversación. Era moreno y se rehusó a identificarse. Mientras me contaba una historia, el otro policía, que tampoco quiso identificarse, apuntó mis datos en una libreta.

A inicios de 2012, dijo el joven soldado, ese al que le dice El Piñata bailaba en una fiesta, junto a un grupo de jóvenes “malas piezas de allá de La Herradura”. Luego El Piñata, junto a esos sus amigos, se hicieron señas, y se reían. Según el soldado, eran de esas señas que hacen los pandilleros.

—¿Y de que pandilla creen que era?

El Sargento se le adelantó al soldado.

—En La Herradura hay de las dos, pero es más fuerte la MS… Pero mire: ¿Y para qué anda perdiendo el tiempo, preguntando por el paradero de ese marero? –preguntó.

—¿Me está diciendo eso en serio?

—¡Sí, hombre! Que no ve todo el mal que hacen esos... Mejor que se desaparezcan, así dejan de andar jodiendo a tanta gente. Yo creo que la gente ha de estar feliz porque ellos desaparezcan.

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