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El Salvador

El Estado contra Chepe Furia

Óscar Martínez
Publicado el 11 de Marzo de 2013 | Comentarios (0)
Esta es la historia de un pandillero veterano de la Mara Salvatrucha, de un hombre que ocupó los códigos de la pandilla para crear su ejército personal. Un hombre al que las autoridades, que gustan de utilizar el término despectivo marero, le llaman mafioso, cerebro, intelectual, don José. Pero, sobre todo, estas son las huellas que dejó un criminal que a paso firme seguía su ruta de penetración del Estado, que muchas veces fue su cómplice más cercano. Para ganarle la batalla a Chepe Furia, el Estado tuvo que luchar contra sí mismo en varias ocasiones.

José Antonio Terán, alias Chepe Furia. Foto de http://www.pnc.gob.sv

José Antonio Terán, alias Chepe Furia. Foto de http://www.pnc.gob.sv

El inspector jefe de la oficina de investigadores policiales de El Refugio recibió una orden judicial a principios de marzo de 2011: debía capturar a José Antonio Terán, mejor conocido como Chepe Furia. El inspector sintió rabia, y para sus adentros dijo: “No me jodan”.

El inspector había llegado un año antes a Ahuachapán, uno de los departamentos de El Salvador que hacen frontera con Guatemala, y al que pertenece El Refugio. El inspector es un zorro viejo de la Policía, con casi 20 años de servicio, un ex agente del Centro de Inteligencia Policial y de la Inteligencia Penitenciaria, a quien le cuesta muy poco crear redes de informantes de calle que le indiquen quién es quién. El inspector tiene un especial interés en los pandilleros de la Mara Salvatrucha (MS). Quizá porque en los casi dos años que pasó indagando el liderazgo de los pandilleros presos, escuchando en secreto sus conversaciones y convenciendo a soplones, se dio cuenta de que esa pandilla era más organizada y con líderes más complejos que su rival, la Barrio 18.

El inspector tiene una fijación con saber cómo son sus perseguidos, verles la cara, tomarles fotografías y hacer cuadros con ellas. Fotografías unidas unas a otras con líneas dibujadas en la vieja computadora estacionaria de la oficina de El Refugio. Rostros encuadrados y alineados en subgrupos, unos bajo otros. Los subgrupos de arriba, con menos fotografías que los demás, van acompañados de palabras como líder, palabrero, ranflero, fundador. El inspector no soporta que sus mapas estén incompletos. Odia que a sus rompecabezas les falte una fotografía.

Es justo por eso, por sus rompecabezas de estructuras criminales, que el hombre al que le pedían capturar no le era para nada desconocido. José Antonio Terán, Chepe Furia, un hombre de 46 años con rostro de indio apache, era una de sus fotografías más recurrentes desde que empezó a trazar el rompecabezas más importante para él, el de la estructura de la clica Hollywood Locos Salvatrucha, de la MS. Arriba, en ese gran cuadro, aparecía el rostro de Chepe Furia a la par de las palabras “líder” y “veterano”.

El inspector siempre supo que no lidiaba con un pandillero cualquiera. Chepe Furia no era un gatillero, un soldado ni uno de esos que tanto abundan en sus cuadros: jovencitos aún sin rastro de pelo en la cara que ya llevan más de un homicidio en su cuenta. De hecho, la razón de que el inspector y su equipo estuvieran en El Refugio era justamente el hombre al que le pedían capturar. El inspector creyó que saliendo de la ciudad vecina de Atiquizaya y retirándose hacia el rural municipio de El Refugio lograría librarse de los colaboradores que Chepe Furia tenía dentro de las oficinas policiales de Atiquizaya.

Por eso rabió cuando recibió la orden de capturarlo. “No me jodan”. No entendía cómo era posible que por segunda vez el mismo juez, Tomás Salinas, un hombre pequeño y ordenado que habla con extrema amabilidad y términos jurídicos, hubiera sacado de prisión a Chepe Furia. Cómo era posible que ese juez especializado en crimen organizado creyera de nuevo que Chepe Furia, el rey de espadas de su baraja de fotos, no iba a escapar si le permitían entregar 25 mil dólares de fianza e irse a casa hasta que fuera convocado para continuar con su juicio por asociaciones ilícitas en una organización asesina. El inspector no podía creer que de nuevo le pidieran capturar al pandillero que había matado a un testigo protegido por la Fiscalía, infiltrado la Policía del departamento, conseguido cartas de buen comportamiento de la alcaldesa de Atiquizaya y que había sido mencionado por el ex ministro de Seguridad y Justicia de este gobierno, Manuel Melgar, como uno de los líderes de la MS que habían trascendido el papel de pandillero, que eran mejor descritos bajo el adjetivo de mafiosos. “No me jodan”, pensó el inspector.

El Niño de Hollywood

En una colonia pobre de las afueras de Atiquizaya, a principios de 2010, un muchacho de 27 años fuma su quinta piedra de crack de espaldas a la puerta de su casa. La puerta de la casa se cierra con un pasador metálico, pero esta vez no lo tiene puesto. El muchacho inhala una bocanada grande. De repente, escucha el chirrido de la puerta al abrirse. Retiene el humo. Escucha el clac de una pistola. El muchacho encaja cinco dedos en la .40 que tiene en un muslo y cinco dedos en la 0.357 que tiene en el otro.

—Ey, calmate, ya te vi que estás armado.

El muchacho reconoce la voz pausada que le habla. Es el cabo Pozo, de la oficina de investigadores de El Refugio.

—Y estoy bien fumado también –agrega el muchacho.

—Solo hablar quiero.

—Estoy bien prendido en piedra.

—¡Hijueputa! ¿Y creés que podemos hablar?

El cabo Pozo retiene la respiración y decide jugársela. No dispara cuando ve que el muchacho se levanta de la silla y se voltea hacia él con las dos pistolas en las manos. El muchacho, sin retirar la vista de los ojos del cabo Pozo, camina hacia afuera de la casa. Sin soltar sus armas se sube a la cama del pick up del cabo y le dice: “Vamos”. El cabo guarda su arma y, con el corazón en la mano, conduce por calles poco transitadas con rumbo a la oficina de investigadores, y con un sicario de la clica Hollywood Locos Salvatruchos armado a sus espaldas.

El cabo Pozo acaba de conseguir por fin que un alto mando de la clica formada por Chepe Furia acepte iniciar conversaciones con la Policía para convertirse en testigo protegido.

El muchacho es conocido como El Niño, fue un sicario certero de la MS e incluso llegó a tener la tercera palabra de mando en la clica de Atiquizaya. Habrá quien piense que develando su taca o apodo se pone en riesgo al muchacho. Quien crea eso menosprecia la inteligencia de un grupo criminal como la MS, y sobre todo el poder de infiltración de Chepe Furia y la incapacidad de resguardo del Estado. El Niño ha recibido llamadas de los líderes de la pandilla en el penal de Ciudad Barrios en las que le han asegurado que ahora o después va a terminar muerto. “Con olor a pino vas a salir de ahí”, le dijeron por teléfono en referencia a un ataúd. “Aquí no los hacen de pino, los hacen de conacaste y de mango”, les contestó El Niño.

No era la primera vez que los investigadores del inspector jefe de El Refugio -que pidió no publicar su nombre, por eso de que su familia tiene su mismo apellido y vive cerca de donde él opera- intentaban que el muchacho colaborara. El inspector es experto en sembrar cizaña y recoger testigos protegidos. No pocas veces ha amenazado a pandilleros con dejarlos en territorio enemigo para comprobar que, como dicen, no pertenecen a ninguna pandilla. En alguna ocasión los ha filmado con su teléfono negando su pertenencia a la MS o sollozando en momentos de debilidad durante los interrogatorios. Gracias a sus habilidades de inteligencia logró en solo un año completar su rompecabezas de rostros de la clica. Desde entonces, finales de 2009, se dedicó a tocar a uno y otro para conseguir a su traidor. Sin embargo, fue hasta que sospecharon que El Niño tuvo participación en el asesinato de una muchacha de 15 años cuando empezaron a tocar a un pandillero cercano al veterano Chepe Furia. El detective le pidió al cabo Pozo que llegara hasta las últimas consecuencias para conseguir que ese muchacho hablara. La oferta del cabo a El Niño fue muy concreta: o vos hablás sobre ellos o vos cargás con sus muertos.

Ahora, El Niño habita un pequeño solar cerca de la delegación de investigadores que lo convirtió en delator, y desde hace más de un año es el testigo clave en el caso contra 42 pandilleros de la clica que fundó Chepe Furia. Gracias a más de 20 horas de conversación en cerca de 15 visitas que he realizado a su solar durante dos años, he entendido que más que un testigo, El Niño es la memoria viva de cómo se creó una clica, de cómo unos niños pobres de 13 años que ya guerreaban como miembros de pequeñas pandillas de barrio se convirtieron en los primeros pandilleros de una poderosa clica. La historia de cómo un hombre que bajó de Los Ángeles, California, le cambió la vida a esos niños y a los municipios donde nacieron. Ese hombre es Chepe Furia.

Llegó el Veneno

—Es que nosotros éramos bien pendejos, men. Y vino él y nos apantalló con su verba, con su troca y decidió vivir la vida aquí como un rey y que nosotros, la pandilla, fuéramos su negocio.

El Niño habla entrecortado, porque cada vez que termina una frase expulsa por la boca el humo contenido y luego intenta aspirarlo de nuevo moviendo los labios como un pescado en sus estertores. El Niño fuma marihuana mientras su mujer menor de edad arrulla a su hija recién nacida y el custodio policial asignado duerme una siesta en la otra casita del solar. La imagen de un testigo protegido con el glamour de película, en El Salvador, se puede ver justamente ahí, en las películas, y nada más.

El relato de El Niño comienza en 1994, cuando él ya era pandillero. Sin embargo, los nombres de las pandillas que menciona suenan más a juego, a adolescencia, a pleito de parque. Él era de una pandilla llamada Mara Gauchos Locos 13 que se dedicaba a luchar contra las otras pandillas de la zona: Los Valerios, los Meli 33, Los Chancletas y Los Uvas. La mayoría de los combates consistía en ir en grupo a las fiestas de los pueblos y armar trifulca. Si acaso, algún muchacho llevaba un palo, y alguna vez algún otro sacó una navaja y fue el héroe del momento.

El patio de juego de los mal portados de Atiquizaya podía extenderse hasta las fiestas de El Refugio y Turín, pero jamás hasta el municipio vecino de Chalchuapa. Se sabía que ahí jugaban los mayores, unos adolescentes que se hacían llamar el Barrio 18, dirigidos por un veinteañero que, cosa rara para las pandillas de aquellos años de posguerra, tenía un arma de fuego. Lo conocían como Moncho Garrapata.

Por lo demás, la palabra delincuentes en aquellas zonas era reservada para los miembros de bandas de asalto de furgones, cuatreros o secuestradores. De entre aquella fauna, asegura El Niño, destacaban algunos nombres de hombres temidos como los más peligrosos: Nando Vulva, Víctor y Pedro Maraca, Henry Méndez. Y también un joven de 26 años que fue Guardia Nacional durante la guerra y que hacía poco había regresado desde Estados Unidos a su natal Atiquizaya, Chepe Furia.

Según registros policiales, Chepe Furia fue deportado de Estados Unidos el 15 de octubre de 2003, lo que quiere decir que desde 1994 iba y venía de aquel país.

Allá, Chepe Furia fue El Veneno, uno de los fundadores de una de las más poderosas clicas de la MS en Estados Unidos: la Fulton Locos Salvatrucha. Dos personas confirmaron esto. Una de ellas fue brincada a la pandilla por el propio Chepe Furia, y la otra sí aceptó dar su nombre. Ernesto Deras, mejor conocido como Satán, es otro ex militar salvadoreño que migró y fue palabrero de la Fulton en Los Ángeles durante muchos años, y aún sigue allá. Él recuerda que José Antonio Terán “era El Veneno, que tenía respeto, palabra”, y que “desapareció por 1995” de Los Ángeles.

Ese hombre recién llegado a la frontera con Guatemala se acercaba a los muchachos de las pandillitas de la zona y les hablaba de una pandilla a la que llamaba la grandota, la gran familia, la Mara Salvatrucha. Poco a poco esos acercamientos esporádicos se fueron convirtiendo en rituales más formales en la colonia San Antonio de Atiquizaya.

—Él nos apantalló, andaba en una ranfla (camioneta) doble cabina, bien enmorterado (armado), y ya andaba embilletado (adinerado) –recuerda El Niño desde su solar.

Chepe Furia los reunía como viejo sabio que traslada conocimiento a los muchachos de la tribu. Les explicaba el significado de palabras y les contaba anécdotas de batallas contra el gran enemigo del Barrio 18. Una noche, recuerda El Niño, Chepe Furia se explayó contándoles sobre el asesinato de Brenda Paz, el primer asesinato célebre de la MS. La joven hondureña de 17 años que, embarazada de cuatro meses, dio información al FBI sobre su pandilla y terminó apuñalada hasta la muerte en las orillas del río Shenandoah, en Virgina. “Los traidores son la peor mierda”, dijo Chepe Furia a sus pupilos.

Durante varias noches, reunía a grupos de diez o 15 jovencitos en casas abandonadas de la San Antonio y los obligaba a patear a uno por uno durante 13 segundos. Luego les decía: “bienvenido a la mara”. Lealtad y valentía. Chepe Furia iba moldeando a sus muchachos.

Cuando ya tuvo a cerca de 25 jovencitos a su servicio, Chepe Furia les mostró el arsenal, que en ese momento eran dos pistolas .22 y una 9 milímetros.

Para ese entonces, finales de los noventa, el líder del Barrio 18, Moncho Garrapata, guardaba prisión. Chepe Furia decidió iniciar una ofensiva contra su pandilla rival. La llamó “Misión Hollywood”. Los que antes eran niños rebeldes se estrenaron como asesinos.

El Niño, por ejemplo, intentó agradar a Chepe Furia con el asesinato de Paletín, un panadero miembro del Barrio 18 que recién había vuelto de México. Tomó una de las .22 y fue encaminado por su jefe en persona, que lo dejó a la entrada del cantón El Zapote. Lo esperó en las afueras, hasta que Paletín apareció en su bicicleta. La .22 se encasquetó, y cuando El Niño logró disparar, Paletín ya se había percatado y corría hacia su atacante. Un disparo le entró en el torso, pero Paletín siguió vivo.

-Entonces le arranqué la cabeza con el corvo, para que no se le volviera a pegar, porque dicen que era brujo, y me fui al cantón El Naranjo, donde vivía –recuerda El Niño.

En reconocimiento, Chepe Furia le envió una onza de marihuana, que El Niño acompañó con un trago de guaro Cuatro Ases. El Niño tenía apenas unos 15 años.

Como él, los muchachos de Chepe Furia atormentaban a sus rivales y a quien se les pusiera en el camino.

Chepe Furia hizo política pandillera y logró anexar a las clicas de los Parvis de Turín y de Los Ángeles de Ahuachapán, que no tenían ni un arma de fuego en ese entonces. La colonia San Antonio, desde la primera casa en la entrada, donde un pandillero conocido como El Cuto vigilaba que la Policía no entrara, era de Chepe Furia. A una cuadra de la cancha de fútbol que él mandó a engramar, tenía su residencia con parqueo para dos vehículos, donde sus asesinos celebraban con marihuana y alcohol cada cierto tiempo. Algunos aún llegaban con el uniforme de la escuela.

Esos años en los que los niños de la clica se convirtieron en certeros sicarios, Chepe Furia los consolidó como su ejército privado.

El Niño recuerda que muchas de las acciones de su jefe no tenían nada que ver con la guerra contra el Barrio 18 y nadie más que él sabía de qué se trataba.

—Él se metía en pegadas olímpicas, con señores importantes que yo no conocía, gente de la política, gente de algún cártel de la droga. A él le pagaban por quebrarle el culo a alguien y si era posible no iba él, sino que te llevaba al pegue y vos pegabas y él cobraba. A vos te pagaba con el crédito ante la pandilla y él se quedaba el billete. Éramos bien pendejos, men. Él se movía a Guatemala, a San Miguel. Empieza a recoger dinero de extorsiones grandes. Ya era el cacique del pueblo –dice El Niño mientras la tarde cae sobre su solar.

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