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Ilopango contra su sombra

¿Qué pasó en Ilopango durante su primer mes como municipio “libre de violencia”? Más allá de los números fríos, que anuncian un incontestable desplome de los homicidios, Ilopango muestra a unas pandillas con el dilema de intentar reinventarse y a la vez preservar su esencia, y a una comunidad sometida por la brutalidad pandilleril deseosa de creer en la única esperanza que ha visitado en años: la tregua. Esta es la historia del primer municipio santuario y de su lucha por creer sus propias promesas.

Carlos Martínez / Fotos: Mauro Arias

 
 

 

Hoy hay reunión de padres de familia en la escuela de la Colonia Las Cañas, van a tratar el punto importante de la seguridad para los estudiantes. La directora convocó esta reunión extraordinaria a la que han llegado más de 300 padres y abuelos de los muchachos que se forman aquí. También ha venido el gerente general de la alcaldía y el jefe de policía del municipio. Pero en realidad la concurrencia ha venido a escuchar las promesas de la Mara Salvatrucha y el Barrio 18.

Cuando el año pasado la alcaldía formalizó las conversaciones con las pandillas, fueron las clicas de Las Cañas de las primeras en acudir. Las reuniones se llevaron –se llevan- a cabo en la misma sala donde se reúne el consejo municipal. La primera que quedó consignada en acta fue el 20 de diciembre de 2012 con la clica del Barrio 18, escrita por el puño y letra del jefe de policía, que hace de secretario de la comisión de pacificación: “Que se respete las divisiones de espacios de cada pandilla, que cada uno se mantenga y se respete el territorio desde el pasaje N hasta la parte baja; que se respete el derecho de servidumbre (de paso) en la entrada y salida a la colonia para ambas pandillas; que se permita a las personas visitar la iglesia católica y la escuela y que esas personas se limiten a su religión y al estudio”.

Al día siguiente fue el turno de la Mara Salvatrucha, que aunque estuvo de acuerdo en los puntos medulares objetó algunos matices: “Que están de acuerdo en respetar la línea divisoria; pero que reconocen como límite la avenida principal y no el pasaje N; que en el territorio de la MS no requieren vigilante y que ellos se responsabilizan de no robar, ni extorsionar a pequeños comerciantes; que están de acuerdo en el punto del derecho de servidumbre de entrada y salida, pero que lo hagan (los de la 18) en el transporte público y no a pie; que están de acuerdo en que los residentes visiten la Iglesia Católica y la escuela; siempre y cuando no tengan vínculo con los 18 o sean de ellos”.

Ambos se comprometieron a acatar una tregua total de no agresión y la 18 se comprometió además a llevar a cabo jornadas de ornato y limpieza en su territorio. Firmó el alcalde Salvador Ruano, firmó el gerente de la alcaldía y firmó el jefe de policía. Los pandilleros escribieron su nombre y estamparon su firma y en el espacio que el documento reserva para el cargo oficial que ocupa el firmante escribieron, MS o 18.

El gerente y el jefe de policía cumplieron con el trámite de decir unas palabras, sabedores ellos que la gente no estaba ahí para escucharlos e hicieron pasar sin mayores demoras a las dos delegaciones de pandilleros que subieron a la tarima juntos y una vez arriba se agruparon a unos metros de distancia.

Tomó la palabra un tipo sonriente, de gorra grande y elegantes anteojos negros: “De parte del sector del número, del Barrio 18, queremos pedirles perdón por los homicidios, por los familiares que han perdido, por los niños que han tenido problemas (…) Les pedimos perdón de corazón. El proyecto de la tregua de un sector contra el otro sector lo estamos respetando y se está llegando a la idea de que concluya para el bienestar del pueblo y el municipio de Ilopango. Aquí estamos dándoles la cara”, y se despidió anunciando a su enemigo: “Les voy a pasar al otro cipote”.

Pandillero da su discurso ante padres de familia de alumnos del Complejo Educativo Las Cañas, Ilopango, anunciándoles que sus hijos podrán asistir a la escuela sin el riesgo de ser asesinados. Foto Mauro Arias

 
Pandillero da su discurso ante padres de familia de alumnos del Complejo Educativo Las Cañas, Ilopango, anunciándoles que sus hijos podrán asistir a la escuela sin el riesgo de ser asesinados. Foto Mauro Arias 

 

Marvin dio unos pasos adelante. Llevaba una mochila en la espalda que le hacía parecer un estudiante de secundaria. Fue más abundante en promesas, quizá sintiendo la responsabilidad que conlleva el hecho de que esta escuela, puesta en la parte alta de una loma, es territorio suyo: “Para todos muy buenas tardes, soy Marvin represento a la MS. Lo que hoy se ve es histórico en Ilopango, creo que ni en películas se ven estas cosas (…) Hemos retirado las ventas de droga dentro y en los alrededores de la escuela. Hemos retirado el reclutamiento de niños en cualquier esquina o escuela. (…) ya no queremos robarles el sueño con aquellas balaceras que ustedes conocen”. Y agregó, con el aplomo del que sabe que su palabra es ley: “si alguna vez alguien se está haciendo pasar por nosotros, o incluso si es alguien de nosotros mismos no tenga temor alguno de denunciarlo. Preséntenos problemáticas. Si en la escuela o en la colonia alguien le está exigiendo dinero a usted o a su hijo o mandándole papeles o lo está acosando, amenazándolo, busque la manera de acercarse a uno de nosotros y nosotros vamos a solucionar: Si somos nosotros lo vamos a investigar y si no somos nosotros también”.

Fue el líder de la célula de la Mara en Las Cañas -un chico delgado de enormes ojos listos, llamado Alfredo- el que anunció el fin de la maldición: “a partir de ahora todos los alumnos van a poder venir a estudiar en paz, a recibir su curso en paz”. Alfredo es estudiante de la escuela y para los maestros fue una sorpresa descubrir que ese alumno aplicado y de ejemplar conducta era el palabrero de la MS-13

La concurrencia les regaló a los pandilleros una ovación cerrada y larga. Varias mujeres mayores tomaron el micrófono y les agradecieron con lágrimas en los ojos, una mujer con el pelo gris y un largo vestido con flores les dijo que los amaba; otra que los admiraba por lo que estaban haciendo, un hombre de edad madura les pidió disculpas a nombre de su generación, por haber sido malos padres y finalmente una mujer joven tomó el micrófono y cantó a alaridos y con los ojos cerrados una alabanza religiosa.

Cuando bajaban de la tarima, un grupo de profesores les solicitó una audiencia a puertas cerradas y ambas delegaciones aceptaron gustosos. Se reunieron en el centro de cómputo y cuando estuvieron a solas tomó la palabra El Buen Maestro, con su tono didáctico y pausado, absolutamente neutro de emociones:

-Miren muchachos, a nosotros lo que hemos oído nos gusta, pero del dicho al hecho hay un gran trecho. Nos estamos quedando sin alumnos, porque abajo hay 10 veces más alumnos que aquí arriba.
- Mire profesor –atajó el representante del Barrio 18- queremos que los niños puedan subir a estudiar, ya no queremos más violencia.
-Yo les he dicho a los hommies –complementó Alfredo, de la MS- que ya no los quiero ver en los alrededores de la escuela. Esto es real –continuó-, esto no es política.

En la jerga pandilleril, “política” es sinónimo de intrigas, de conspiración, de dobles intenciones, de mentira.

Los jefes de las dos clicas guerreras le dieron sus teléfonos al Buen Maestro y el representante del Barrio 18 en las cañas se comprometió a ir en persona a decirle a los estudiantes de abajo que la maldición estaba rota, que la amenaza se esfumó, que podían subir a estudiar o a misa sin temor de ser vistos como traidores. El Buen Maestro apuntó los números en un cuaderno, y en su rostro serio y descreído apareció una pequeña lucecilla, tímida, pero visible, aunque demasiado tibia, demasiado oculta para llamarla esperanza.

* * *

Se suponía que el palabrero del Barrio 18 llegaría ayer lunes a la casita para decirles de su viva voz a los estudiantes de abajo que podían subir a la escuela, en lugar de estudiar apiñados aquí, pero no llegó. Así que esperamos que venga hoy, en cualquier momento.

El Buen Maestro luce cansado y avanza despacio, llevando un ataché negro en la mano, con sus ropas formales y grises. Camina balanceando el cuerpo lado a lado por el pasaje que conduce a la casita, arriando a los muchachos que lo esperan afuera. En la primera planta un profesor enseña segundo grado a unos niños y a varios señores mayores que quieren reponer el tiempo perdido. En el único cuarto con puerta, otro maestro les hará hoy un examen de matemáticas a una treintenta de chicos de tercer ciclo. El Buen Maestro sube cansado unas mortales escaleras de caracol que lo llevan a la planta alta, que es un único salón en el que se acomodan más de cuarenta jóvenes de segundo de bachillerato. Hoy aprenderán a despiezar un cerdo.

Con el tiempo pudieron conseguir pupitres, que comparten entre dos, y una pizzara y en las paredes han colgado rutulitos de colores con “pensamientos sabios”: el que no nace para servir, no sirve para vivir. Hay seis pensamientos sabios.

Un carnicero despieza un cerdo para venderlo por partes y obtiene 42 kilos de carne, 20 de hueso… y si tomamos en cuenta que un kilo es igual a 2.2 libras… y cada cosa tiene su precio… y el Buen Maestro se pone de rodillas al lado de un pupitre para explicarle al chico este confundido la regla de tres; luego al otro que no entiende si las libras de hueso son iguales a las de carne… Intenta hacer una broma, les llama por su nombre, felicita a los que terminan, les resuelve el ejercicio…

El representante del Barrio 18 no llegó hoy, ni llegará mañana miércoles, ni el jueves, ni el viernes… ninguno de estos chicos subirá esta semana a la escuela.

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Después de la muerte de Godo, el vendedor de aguacates, los teléfonos del Barrio 18 echaron fuego, hubo quien habló de traición y para Edwin –Perro Loco- fue un problema contener la ira del hermano menor del difunto, que también se cuenta entre los homboys de la pandilla. Pero esa muerte se guardó con llave en los secretos de esta guerra. Los pandilleros solo alcanzan a explicar que esa no era clecha de la MS-13, que no fue una orden oficial y que los responsables le tendrán que responder a algunos cuyos nombres no se mencionan.

Cuando la Mara promovió una reunión con la 18 para tratar el punto, Edwin le respondió que se reuniría pero no en la alcaldía, porque ese era territorio enemigo y le lanzó a Marvin una propuesta maliciosa: ¿por qué no se miraban mejor en la cancha que está cerca de su territorio? Cualquier palabra mal dicha, el primer centímetro de una navaja descubierto, una amenaza mal disimulada pudiera haber calentado de más el asunto. Por eso tuvo que intervenir el gerente de la alcaldía, para servir de árbitro, para moderar un poco los ánimos. Una semana después del homicidio de Godo ocurrió la primera reunión conjunta en la sala de sesiones del consejo municipal. La Mara pidió “ser serios y saber que habrá problemas”, pero que aún así hay que seguir con el proceso. También ofreció que cuando un dieciochero entre en su territorio lo van a capturar, pero lo van a entregar con vida a sus enemigos y que esperan que así se comporten también los contrarios. A partir de aquella ocasión acordaron que todas las reuniones serían conjuntas y así ha sido desde entonces.

En esas reuniones los líderes de clicas de las dos pandillas suelen apartarse para abordar temas secretos; se juntan en grupos susurrantes de los que apenas se escapan algunas palabras: “Lo que no queremos es que vayan a aparecer ya armas y ahí ya se complica la cosa”; “la onda es que siempre hablémoslo pues”; “No, pero ¿los vatos iban en bicicleta o a pie?”; “No, no lo golpeamos, solo le levantamos la camisa… para revisarlo nada más”; “vaya, ahí ustedes sí se merecen una disculpa”…

* * *

El 11 de febrero apareció el cadáver destrozado de un hombre desconocido. Al parecer había sido capturado en otra zona y obligado a caminar amarrado hacia uno de los lugares más miserables e indómitos de Ilopango, la Colonia San Mauricio. Todas las pistas indican que el tipo fue golpeado con brutalidad y que luego intentaron ahorcarlo en una estructura que no soportó el peso. Por eso los asesinos levantaron un tramo de los tubos de cemento que conducen aguas negras y con él le aplastaron la cabeza. La policía busca por esta muerte a dos miembros de la MS a los que solo conoce como Fredy y Alex.

* * *

Esperamos frente a una escuela al hommie de la pandilla 18 que nos indicará cómo llegar al territorio de la clica Hollywood Gangsters. “Tímido”, el líder de aquella célula, ha prometido “mandarme” a alguien para que no me extravíe en estos laberintos que saben ser engañosos. Aparece el guía, que es un niño, aunque insiste en que hace unos meses cumplió la mayoría de edad. Se sube en el vehículo y nos advierte que tendremos que hacer unas maniobras complicadas.

Resulta que para ir a su territorio en carro hay que pasar por un punto de buses, que es controlado por la Mara Salvatrucha y el guía me pide correr. Sin embargo, justo esa parte de la calle está llena de túmulos, que amenazan con desarmarme el vehículo. El chico vio a alguien por la ventana y se tiró cuán largo era en el asiento de atrás, tapándose la cara con la gorra. “¡Píquele, ese que está ahí es… y si me miran…. ¡píquele!”. Ni el fotoperiodista ni yo conseguimos saber nunca en el rostro de qué hombre aquel chico había visto la muerte.

* * *

Hace una semana, a la entrada de esta colonia había un enorme letrero, puesto sobre la pared más visible de todas, en el que la pandilla había escrito, con letras góticas y oscuras: “Si de la vida quieres gozar: ver, oír y callar”. Ahora ahí hay una gran mancha blanca, producto de la última jornada de pintura de graffitis. En esta colonia los hommies se jactan de haberlo hecho con pintura de verdad y no con la indecisa mezcla de cal, que se corre con la primera tormenta.

Los únicos placazos que quedaron son los que estaban recién hechos, en el fondo de la colonia, donde los escasos medios que llegaron a atestiguar la jornada de pintura no metieron sus cámaras.

Posiblemente para que pudiéramos verlo, o quizá porque les importa un pepino si lo vemos, los pandilleros que controlan este lugar se pasan una pistola de mano en mano y fuman marihuana sin parar. Alguno inhala una buena bocanada y luego pasa el humo con gran presión directo a la boca de otro pandillero. A eso le llaman “hacer un súper”. Compran una cerveza de litro en la tienda y la beben compartiendo sorbos. Escuchan música en el teléfono y se dejan tentar por las insinuaciones de una chica entrada en carnes que se contonea frente a ellos. Llaman para tener monitoreada la presencia de la policía, activan sus alarmas cuando entra un carro que a lo lejos parece desconocido, reciben a otros homeboys que vienen a este pasaje buscando algo de hierba, se gastan bromas, hablan de la historia de sus tatuajes, escupen, escupen mucho, se adormecen por el efecto pesado y relajante de aquel humo. Están.

A unos metros de ellos hay una cancha de baloncesto fulminada por el sol y en el centro de la cancha hay un niño solitario, que deberá tener cuatro o cinco años. Se llama César y aún le cuesta pronunciar algunas palabras. Intenta reproducir en su cuaderno un ángel caído, que ha pintado en el muro el grafitero de la clica. Pero lo que más le gusta dibujar a César es al Hombre Araña. Alguien le ha regalado un cartón lleno de pegatinas del Hombre Araña y él las atesora en su cuaderno. Pega una en el extremo de una página en blanco y luego intenta dibujarlo a lápiz. Está muy orgulloso el César de lo bien que le queda la máscara de Spiderman.

- ¿Y no vas a la escuela, César?
-Iba, pero mi mamá ya no me puede llevar.
-¿Y por qué?
-Porque le quitaron el puesto en el mercado y dice que ya no tiene pisto para llevarme.
-¿y qué vendía tu mamá?
-Mmmm… tomates ¡y galletas!, pero fíjese que ahora le dieron cinco dólares.

Cuando César levante la cabeza verá que a unos metros de él, hay un grupo de muchachos pasándola bien. Son los homeboys de alguna de las dos pandillas que controlan cada palmo del territorio de Ilopango y a unos metros de ellos hay un niño que es la respuesta a si la historia termina aquí.

César dibuja bajo el sol en la cancha de la urbanización La Trinidad, Ilopango. Foto Mauro Arias
 
César dibuja bajo el sol en la cancha de la urbanización La Trinidad, Ilopango. Foto Mauro Arias

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