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Un western llamado Honduras

Solo en el país más violento del mundo la ciudad es demasiado pequeña para que en ella quepan dos policías con mucho poder, con muchos recursos, con mucha rabia. Un exdirector de la Policía acusa al director de turno de haberle matado a su hijo. Al final, uno de los dos tiene que huir, y Honduras, con sus muertos de cada día, sigue siendo el mismo país de siempre que rueda al despeñadero.

Daniel Valencia Caravantes

 
 

 

Cuando Ricardo Ramírez del Cid juramentó, la Policía hondureña tenía una imagen destrozada. Dos semanas antes, el asesinato a sangre fría de dos jóvenes universitarios, a mano de un grupo de policías de la posta policial de La Granja, de Tegucigalpa, había conmocionado al país. Sobre todo porque Alejandro Vargas era el hijo menor de la rectora de la Universidad Autónoma de Honduras, Julieta Castellanos, una mujer con mucha presencia en la élite política hondureña, exfuncionara de las Naciones Unidas, unas de las piezas claves en la Comisión de la Verdad que denunció las violaciones a los derechos humanos tras el golpe de Estado de 2009.

La Secretaría de Seguridad ya estaba al tanto de que la cúpula policial que precedió a Ramírez del Cid estuvo involucrada en ese crimen. Estos oficiales eran el entonces director de la Policía, José Luis Muñoz Licona (exmilitar, denunciado desde los años ochentas por pertenecer al temido batallón contrainsurgente 3-16); el director de la División Nacional de Investigación Criminal (DNIC), Marco Tulio Palma Rivera (exmilitar, un hombre sin tibiezas para hablar de que la solución para la violencia de Honduras era “acabar con los pandilleros. Prenderles fuego”); y el jefe de la región metropolitana, José Balarraga (denunciado por tener nexos con bandas de narcotraficantes en la zona noroccidental del país. A Balarraga lo denunció el que fuera jefe policial de la frontera norte de Honduras, Juan Carlos “El Tigre” Bonilla, quien más tarde se convertiría en el director de la Policía, en el sucesor –y enemigo- de Ramírez del Cid).

Las pruebas en contra de esos oficiales conducían hacia un mismo camino: permitieron que los autores materiales del asesinato escaparan. Pompeyo Bonilla, el secretario de Seguridad, removió a esa cúpula para no entorpecer las investigaciones, y para limpiar la casa se llevó consigo a un hombre de inteligencia, quizá creyendo que era el perfil que más necesitaban, en ese momento, la Policía y el país. No faltaron quienes criticaron la medida, sobre todo porque Ramírez Del Cid, dijeron, también tenía un rosario de cuentas pendientes. En enero de 2012, el entonces jefe de Asuntos Internos de la Policía, comisionado Santos Simeón Flores, declaró al Miami Herald que contra Ramírez del Cid tenía cuatro casos –no especificó qué casos- y múltiples quejas de subalternos por abuso de autoridad.

En enero de 2012, cuando Ramírez del Cid organizó la celebración del 130o. aniversario de la Policía, le pregunté qué opinaba de los señalamientos en su contra, y en contra del que para esas fechas era su director de tránsito, Randolfo Pagoada, investigado desde hacía un lustro por sus posibles vínculos con el narcotráfico en la zona norte de Honduras.

—Los nombramientos de los jefes de Policía le competen al ministro de Seguridad y no a mi persona. Es una pregunta bastante complicada, no porque yo no puedo dudar de la honorabilidad de los oficiales… Creo que hay otra forma de preguntar las cosas, y si estamos en los puestos es porque algún mérito tenemos.

En vida, Alfredo Landaverde había sugerido que si Ramírez del Cid manejaba tanta información, sería extraño que con él al frente la depuración policial no avanzara. Sin embargo, desde Ramírez del Cid hasta la fecha, la persecución contra oficiales ligados a delitos es un secreto que solo conoce la Dirección de Evaluación de la Carrera Policial, el director de la Policía en funciones y el secretario de Seguridad en funciones. Ellos no revelan nada.

Pero regresemos a noviembre de 2011. Ramírez del Cid apenas llevaba dos semanas al frente de la Policía y tenía un gran crimen a cuestas, junto al incremento de la curva de los homicidios registrados en el país. Tenía, también, el emplazamiento de un hombre respetado en Honduras, y el 17 de diciembre recibiría otro emplazamiento de Landaverde. De nuevo, en Frente a Frente, Landaverde cuestionó a Ramírez del Cid.

—En Honduras hay empresarios narcos –dijo Landaverde-. ¿Y qué van a decir: “Que nos dé el nombre Landaverde”? ¿Y me van a decir que no saben el nombre de los 14 empresarios del norte que están lavando activos con el narcotráfico, y tienen sociedad con los narcos? ¿Me va a decir el fiscal, a mí, que no lo sabe? ¿Me va a decir el Jefe de la Policía que no lo sabe? ¿Me va a decir el Jefe de las Fuerzas Armadas que no lo sabe?

Para muchos, después de que Landaverde pronunció esas palabras, aquellos quienes lo tenían en la mira firmaron su sentencia de muerte. Para otros, Ricardo Ramírez del Cid era uno de los que estaban molestos.

El 7 de diciembre de 2011, exactamente dos años después del asesinato del otrora zar antidrogas, Alfredo Landaverde también fue asesinado. Primera coincidencia descabellada. Dos hombres en una moto le dieron seguimiento al vehículo en el que se conducía la víctima, lo interceptaron en una avenida concurrida de la ciudad, le dispararon y se dieron a la fuga. Segunda coincidencia descabellada. La única diferencia entre ambos crímenes fue que al zar antidrogas nadie lo acompañaba en el vehículo. En cambio, a Landaverde le acompañaba su esposa, Hilda Caldera, una reconocida socióloga en Honduras. A la pareja, varias generaciones de oficiales de la Policía que circularon por la escuela policial adscrita a la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, lugar en el que Hilda Caldera y Alfredo Landaverde impartieron clases, les conocían. Hilda Caldera, por suerte, sobrevivió al ataque.

Tras el asesinato de su hijo, a Ricardo Ramírez del Cid un reportero hondureño le preguntó qué opinaba del tercer señalamiento que se le hizo cuando fue director. Él respondió diciendo que siempre hubo, de parte de sectores oscuros, una campaña en su contra.

—Podría ser que esos sectores oscuros que siempre pasaron haciendo delincuencia… porque mataron a Alfredo Landaverde, y Alfredo Landaverde era mi amigo… Lo matan y empiezan a relacionarme a mí, cosa que… ¡cosa que no, pue’! Es bien delicado. Todo mundo que lo conoce a uno sabe que eso no es cierto. Y si se llegara a dar el caso, bueno, que me investiguen.

***

La imagen que El Testigo se creó en la mente, durante los tres minutos que duró la balacera, no se parecía en nada al cuadro al que se enfrentó cuando todo había pasado. Él recuerda que por un momento sintió que se quedaría sordo, y que la bulla de los disparos le hizo recordar a las festividades de fin de año. Como no escuchó ningún grito de dolor, o cree no haberlo escuchado, El Testigo pensó que los pistoleros tuvieron mala puntería, y que al salir de su escondite se encontraría con gente viva. En segundos entendió que estaba equivocado. Del salón del comedor los sobrevivientes comenzaron a emitir gemidos, El Testigo se asomó, y entonces se topó con un joven que tenía baleada la pierna izquierda. Este joven, antes de la balacera, estaba sentado justo detrás de Óscar Ramírez y sus guardaespaldas.

Avanzó. El Testigo encontró a dos de las cocineras que también habían sido alcanzadas, cada una, en una pierna. Otro de los comensales, junto a la tercera cocinera y un mesero, se habían refugiado al otro lado de la plancha en donde todavía se cocían unas chuletas de cerdo.

Al otro lado del pasillo, las mesas estaban desordenadas, y había platos y chuletas y tajadas de plátano regados en el suelo. En las paredes había orificios de balas. Con la espalda en contra de la pared de los comensales, con la cara ladeada, los ojos inertes, el pecho empapado en sangre, yacía uno de los guardaespaldas. Cerca de él, pero acurrucados en el suelo, en el pasillo que separa a las mesas de la cocina, El Testigo identificó dos cadáveres. Uno era el de Óscar y el otro era el de su segundo guardaespaldas.

—Estaban como embrocados, parecía como que el hombre quería proteger con su cuerpo al muchacho –dice El Testigo.

Frente a esos dos cuerpos, había dos cuerpos más. Uno de ellos estaba sin vida. Era de uno de los sicarios. El otro estaba gravemente herido. Tres de los sicarios se habían fugado.

10 minutos después, una patrulla llegó hasta la escena del crimen. Esa misma patrulla, 20 minutos antes de la balacera, ya había pasado por el sector. De hecho, los agentes que abordaban esa patrulla, 10 minutos antes de que Óscar y sus guardaespaldas llegaran al comedor, comieron chuletas en la misma mesa que 10 minutos más tarde ocuparía Óscar y sus guardaespaldas. Por eso, cuando regresaron a la escena del crimen, varios testigos escucharon cuando uno de los agentes, lamentándose, le dijo a otro algo que sonó más o menos así: “Si hubiéramos estado aquí, quizá esto no hubiera pasado”.

Unos 20 minutos después de que llegaran esos agentes, también llegó a la escena del crimen El Tigre Bonilla, el director de la Policía. Atravesó las puertas con un plante serio, o con esa mirada oscura tan seria que tiene. Luego salió de la escena del crimen y en la acera, luego de contestar no menos de cinco llamadas, se encogió de hombros. El Testigo recuerda haberle escuchado pronunciar algo así: “Lo que sucedió es algo grave”.

***

Un día después del crimen, El Tigre Bonilla estaba en aprietos. No es lo mismo que en Honduras maten a un joven X a que maten al hijo del exdirector de la Policía. Quizá El Tigre razonaba que ahora tenía otro reto enfrente al que no podía rajársele. Cuando asumió la dirección de la Policía, en mayo de 2012, Él se comprometió a resolver tres de los casos más importantes en Honduras: el asesinato del hijo de la rectora –y su amigo, David Pineda-; el asesinato de Alfredo Landaverde; y el asesinato del periodista de la cadena HRN Alfredo Villatoro, un hombre con contactos en el gobierno del presidente Porfirio “Pepe” Lobo, amén de que ambos eran amigos. Y ahora se le venía encima el crimen del hijo de Ramírez del Cid. Tres de esos cuatro casos, invariablemente, pasaban por Ramírez Del Cid. El de Landaverde por los señalamientos que se le hicieron; el de Villatoro, por lo mismo; el de Óscar, porque era el padre de la víctima.

La debacle de Ramírez del Cid significó el ascenso para Bonilla. De nuevo, los dedos señaladores apuntaron en contra del general espía, que a juicio de sus jefes no se mostraba diligente en las investigaciones del caso Villatoro, secuestrado el 9 de mayo de 2012, y ejecutado seis días después, en una comunidad pobre de las afueras de la ciudad capital. Sus captores lo disfrazaron con un uniforme camuflado, como el de los militares, le dispararon dos veces en la cabeza, le envolvieron la cara con un paño rojo, y “lo dejaron haciendo el saludo militar”, declaró Ramírez del Cid en esa época. Se especula que el objetivo de ese crimen era el de lanzar un mensaje al presidente Porfirio Lobo, un hombre que tiene enemigos en todos lados, y al que incluso la empresa privada hondureña le ha enviado mensajes menos sangrientos, pero igual de poderosos. En más de una ocasión, le ha dicho que él también puede ser derrocado como fue derrocado Manuel Zelaya: con militares, de madrugada, en un avión exprés que lo expulse de Honduras.

Tras el crimen de Villatoro resurgió la figura de El Tigre. El secretario Pompeyo Bonilla ahora buscó un perfil completamente diferente al de Ramírez del Cid. Quizá creyó que ahora la Policía necesitaba un líder de choque, un guerrero, un tigre. Un tipo que de entrada se comprometiera a ir de cacería en contra de los malos, a resolver los crímenes más difíciles. El Tigre volvía del ostracismo al que la misma Policía lo había lanzado. Pero antes de eso, El Tigre fue un hombre que le temía a sus colegas policías. Tras su último cargo importante, El Tigre se refugió en su casa, e incluso buscó el apoyo del comisionado de derechos Humanos, Ramón Custodio. “Es un hombre valiente”, declaró Custodio, luego de que El Tigre lo visitara en su oficina para narrarle sus peripecias, y para dejarle una copia de las denuncias que tenía en contra de altos oficiales, presuntamente ligados al narcotráfico.

Pero en realidad, para octubre de 2011, El Tigre era un hombre que temía por su vida. Sobre todo porque antes de que el crimen del hijo de la rectora Castellanos destapara la podredumbre en la policía Hondureña, esa cúpula se había encargado de lanzar, fuera del país, al que entonces era el secretario de Seguridad, Óscar Álvarez. Antes de irse, huyendo, Álvarez había declarado que denunciaría a los altos oficiales que estaban ligados al narcotráfico. Pero el que se fue, hacia Estados Unidos, fue él. Su salida explicó y perfiló a dos grupos en la Policía que, obligatoriamente, se hicieron saber que ya no cabían en el mismo pueblo. Uno era liderado por Álvarez, con soldados como El Tigre Bonilla; y otro liderado por José Luis Muñoz Licona, para octubre de 2011, director de la Policía.

Hay quienes dicen que Álvarez es como una especie de padrino político de El Tigre, pero por la forma en que El Tigre ha retado su autoridad, cuesta creerlo. El Tigre a veces da luces de ser un hombre indomable. La relación entre ambos se remonta hasta la Policía hondureña del año 2002.

Óscar Álvarez es un ex militar de las fuerzas especiales del ejército. En una entrevista concedida en 1995 al Baltimore Sun, para un reportaje en el que se denunciaba que el gobierno estadounidense, a través de la CIA, patrocinó y entrenó a los cuerpos contrainsurgentes del ejército hondureño, Álvarez dijo: "Los argentinos vinieron primero y ellos nos enseñaron cómo desaparecer gente. Los Estados Unidos eficientaron todo". Óscar Álvarez es el sobrino de uno de los fundadores del Batallón 3-16, el general Gustavo Álvarez. Jefe del estado mayor del ejército entre 1981 y 1983, fue asesinado en 1989, acribillado presuntamente por un comando guerrillero. En sus últimas declaraciones a la prensa había dicho que se arrepentía de las violaciones a los derechos humanos en la década de los ochenta, y que él había cumplido órdenes superiores.

En 2002 Óscar Álvarez se convirtió en el hombre fuerte del presidente Ricardo Maduro. Álvarez fue quien lideró la política mano dura contra las pandillas. En la cadena de mando era el último responsable de una Policía acusada de tener entre sus filas a grupos de exterminio de jóvenes pandilleros, o presuntos delincuentes jóvenes, en las ciudades de San Pedro Sula y La Ceiba. A ese grupo, la entonces jefa de Asuntos Internos, comisionada María Luisa Borjas, les llamó Los Magníficos. Y El Tigre, según ella, era uno de ellos. Borjas incluso fue más allá: no solo era que El Tigre perteneciera a Los Magníficos, sino que también estaba involucrado en el secuestro y posterior asesinato del exministro de Economía Reginaldo Panting. La relación era sencilla, según le decían las pruebas a Borjas: los secuestradores habían sido contratados por terceros y tenían relación con el grupo antisecuestros que coordinaba El Tigre en San Pedro Sula. Los secuestradores asesinaron al rehén, cobraron el botín del rescate, y luego fueron asesinados por el equipo de El Tigre, que intentó hacer pasar el crimen como un “operativo policial”.

La entonces inspectora María Luisa Borjas aseguró ante los medios hondureños que durante el interrogatorio de la inspectoría interna, El Tigre pronunció una frase. Borjas, hoy candidata a la alcaldía de Tegucigalpa, es de las más férreas críticas a la gestión del Tigre Bonilla. Y hace 10 años, pese a las pruebas y a sus declaraciones, fue ella y no El Tigre quien terminó separada de su cargo, por órdenes del secretario de Seguridad, Óscar Álvarez.

—Si a mí me quieren mandar a los tribunales como chivo expiatorio esta Policía va a retumbar, porque yo le puedo decir al propio ministro de Seguridad en su cara que yo lo único que hice fue cumplir con sus instrucciones –fue, según Borjas, la frase de El Tigre en aquel interrogatorio.

Hace dos años, al preguntarle si, alguna vez, mató fuera de la ley, El Tigre nos respondió:

—Hay cosas que uno se lleva a la tumba. Lo que le puedo decir es que yo amo a mí país y estoy dispuesto a defenderlo a toda costa, y he hecho cosas para defenderlo. Eso es todo lo que diré.

***

El último gran cargo que desempeñó El Tigre, antes de convertirse en director de la Policía, nos lleva hasta el suroccidente de Honduras, hacia tres departamentos que en conjunto se convierten en uno de los puentes que los narcotraficantes utilizan para pasar la droga que se almacena en Honduras hacia Guatemala y El Salvador. Hablamos de Copán, Nueva Ocotepeque y Lempira. Allá encontramos a El Tigre, pavoneándose, diciendo que en su zona, nadie “se anda con mierdas”, que él entraba donde quería con sus casi 1.90 metros, que él registraba a quien quería, que él capturaba a quien quería, no importaba que fuera un alcalde, sobre todo si ese alcalde portaba un arma de manera ilegal.

Por sus movimientos en esa zona, El Tigre denunció al exdirector regional y exdirector de la Policía Metropolitana, Jorge Balarraga, uno de los tres altos oficiales destituidos tras el crimen del hijo de la rectora Castellanos. En la época en que Balarraga era el jefe de El Tigre en la región norte de Honduras, el segundo denunció al primero por haber ordenado que 80 agentes custodiaran la inauguración de la alcaldía de El Paraíso, un edificio que tiene un helipuerto en el techo. “¿Dónde se ha visto que se descuide todo un departamento para cuidar una alcaldía perdida?”, se preguntó El Tigre.

El Tigre denunció, en esa ocasión, que cada uno de los 80 agentes recibió, finalizado el evento, mil lempiras por cabeza. La alcaldía de El Paraíso les agradeció a lo grande. En su carta de protesta, anexa al documento, El Tigre se quejó de que esto representaba “una violación y desprestigio de la imagen”, porque evidenciaba que “nuestra Policía está al servicio de individuos dedicados a la actividad del narco”.

De nuevo: para esas fechas, El Tigre hablaba con fuerza, y obligatoriamente uno tiene que revisar su entorno para entenderle. En ese momento, Óscar Álvarez, el hombre que muchos dicen que es su padrino, era, de nuevo, el secretario de Seguridad. Fue el primer secretario de Seguridad en el gobierno de Porfirio Lobo. Cuando Óscar Álvarez se fue del país, ahuyentado por la cúpula policial liderada por José Luis Muñoz Licona, El Tigre bajó su perfil.

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