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Mara

A los más jóvenes incluso les extrañará, pero hace apenas veinte años la palabra ‘mara’ estaba vacía de connotaciones negativas. La eclosión de las pandillas juveniles y su posterior radicalización (alentada por políticas gubernamentales populistas) cambiaron su significado… quizá para siempre.

Roberto Valencia

 
 

Mara es un salvadoreñismo aceptado por la Real Academia Española desde el año 2001. La primera acepción recogida en su diccionario es “pandilla de muchachos”, y es de uso corriente en países como México, Guatemala y Honduras. La segunda acepción –“gente, pueblo, chusma”– se circunscribe a El Salvador. Sin embargo, la palabra se ha contaminado tanto en dos décadas, ha adquirido connotaciones tan negativas, que incontables salvadoreños han renunciado a utilizarla para referirse al grupo cercano de amistades. También se está perdiendo el uso como sinónimo de gente, pueblo.

De la palabra mara se abusa. En México incluso la usan en masculino; los maras, yerran. En círculos especializados hay cierto consenso para usarla solo para definir las pandillas asentadas en el Triángulo Norte centroamericano (Guatemala, Honduras y El Salvador) y una estrecha franja del sur de México, para referirse a la particularísima evolución que tuvieron esos grupos. Así delimitadas, pandillas o gangas hay en todo el continente americano, en el mundo entero, pero el fenómeno de las maras hoy por hoy sería irreplicable en Sudamérica, en Europa y tampoco en Estados Unidos, por más que se empeñen académicos agoreros y periodistas sensacionalistas.

El paradigma para tratar de explicar estos matices es El Salvador. Pandillas –entendidas como grupos de jóvenes con una identidad común, de comportamiento violento y asentados en un barrio o colonia– había antes de la firma de los Acuerdos de Paz, enero de 1992, pero el bum sobrevino después. Rolando Elías Julián Belloso, médico, comandante guerrillero en Morazán, integrante de la primera promoción del nivel superior de la Policía Nacional Civil y responsable de la delegación policial de San Miguel entre 1995 y 1999, recuerda las pandillas originarias y recuerda la eclosión posterior. “Pues hablando en español –dice–, lo que pasó fue que miles de bichos se fueron analfabetos a Estados Unidos y regresaron pandilleros”. Aunque el salto cualitativo, lo que podría considerarse la transformación de pandillas a maras, lo ubica una década después: “Independientemente de las causas sociológicas, económicas, familiares, porque yo soy policía, para mí lo que genera el crecimiento de las pandillas es el Mano Dura”. El Plan Mano Dura en El Salvador y sus similares en la región, las políticas gubernamentales en materia de seguridad pública que se implementaron bien entrada la primera década del siglo XXI, cuyos ejes cuasi únicos eran la represión indiscriminada y la propaganda. Ese elemento, el manodurismo –y no se trata de una opinión personal del comisionado Julián Belloso– es el que en mayor medida alentará la metamorfosis.

Barrio 18 y Mara Salvatrucha, las dos gangas que terminaron adueñándose del fenómeno en El Salvador, tienen su origen en el área metropolitana de Los Ángeles. Sucede lo mismo con otras pandillas que a inicios de los noventa germinaron en territorio salvadoreño, como La Mirada Locos 13, San Fer 818, Crazy Riders 13, Playboys 13, Pacoimas o White Fence, todas levantadas por salvadoreños brincados en Estados Unidos. Con la primera oleada de deportados viajaron códigos y rituales que influyeron en las pandillas autóctonas que ya operaban –las menos– y en las que surgieron aprovechando la ola –las más–. El listado de nombres es infinito: Mara 42, Mara La Línea, Mara Tridente, Mara Máquina, Mara 80, la Mao-Mao, Mara B1, Mara Gallo, Mara El Río, Mara Triller, Mara Nosedice, Mara AC/DC, Mara Chancleta, Mara Santuario, Mara Fuerza 3, Mara Morazán... Maras, todas ellas, entendidas como pandillas de muchachos, porque aún, y contra la explicitud del nombre, no eran lo que son.

Conviene reiterar y condensar las tres ideas elementales: en el arranque del fenómeno, los deportados resultaron el detonante imprescindible, y la posguerra, el escenario sine qua non; pero pasó una década larga –una década en la que el Estado y la sociedad en su conjunto pudieron haber desempeñado otro rol– hasta que Gregor Samsa despertó transformado en insecto monstruoso.

(San Salvador, El Salvador. Agosto de 2014)

Foto Roberto Valencia.
 
Foto Roberto Valencia.

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(Este texto es un pequeño fragmento de un libro-crónica que aborda en su complejidad el fenómeno de las maras, y que El Faro tiene previsto publicar en 2015)

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