Publicidad

La rebelión por la que sangra Zacatecoluca

A inicios de 2014 el ala Revolucionaria del Barrio 18 decidió matar a uno de los suyos. El sentenciado, al saberlo, lejos de huir declaró la guerra a su propia pandilla. Desde entonces, en Zacatecoluca y en las laderas del volcán Chichontepec todo el mundo duerme con un ojo abierto y con la mano en el gatillo: pandilleros, agentes del CAM, policías, ganaderos... En una zona dada a las batallas y en la que cada uno ha decidido imponer a tiros su ley, los vecinos solo se preguntan qué pasará cuando ya todo haya prendido fuego.

 
 

A un lado de la carretera antigua que va de Zacatecoluca a Olocuilta, un hombre ensangrentado intenta ponerse de pie. Viste jeans azul y una camisa de botones blanca, empapada y rota. Gatea malamente sobre la hierba que crece al lado del asfalto.

Un kilómetro atrás acabamos de parar el carro, sorprendidos por la gran cantidad de zopilotes sobre un árbol que acechaban el manjar de algún animal atropellado. Fred, el fotoperiodista, creyó que aquello podía servir como foto curiosa para llenar algún espacio del periódico y saltó del vehículo con su cámara para ver qué cazaba. Pero lo hizo tan rápido que cuando estuvo cerca ya no quedaba ningún pajarote en las ramas y volvió repitiendo "La cagué, ¿veá?", mientras revisaba las fotos desenfocadas de los bichos volando.

De eso estamos hablando todavía, de los zopilotes en el árbol, cuando vemos a este hombre al lado de la calle, intentando moverse, dejando la vida sobre la hierba.

Freno y retrocedo. Tiene la cabeza viscosa, llena de la sangre espesa y negra que le brota del cráneo. Se sostiene en sus rodillas y en sus palmas hasta que se derrumba de costado. Se aprieta el vientre con una mano y alcanza a decirnos que lleva balas dentro.

Pasa un pick up y saltamos para que se detenga. El hombre que lo conduce disminuye un poco y al ver la escena acelera. Se larga. "No aguanto", susurra, y la sangre le baña la mano, se cuela por sus dedos. Pasa otro pick up que hace lo mismo que el primero. "Subime al carro, no aguanto". Me doy cuenta de que no quiero tocarlo porque no quiero llenarme de su sangre.

Voy por el carro, pero él no puede ponerse de pie y lo tenemos que cargar hasta el asiento trasero. Grita cuando lo alzamos del piso y sus rodillas no tienen fuerza para sostenerlo. Dentro del vehículo se desploma sobre el asiento y gime mientras se sostiene la panza. Sobre la camisa blanca se va expandiendo la mancha oscura.

* * *

Zacatecoluca no es hermosa y el título de ciudad le cuelga pretencioso desde 1844. Entre sus honores figura haber sido parte del Distrito Federal de Centro América, que le duró solo dos años, entre 1836 y 1838; es la cabecera departamental del departamento de La Paz, sede de la única cárcel de máxima seguridad de El Salvador, conocida como Zacatraz, y poco más. Hace calor día y noche, más de día, pero hace mucho calor por el día y por la noche. Probablemente sus personajes más insignes sean el prócer de la independencia José Simeón Cañas, cuyo rostro aparecía en los ya extintos billetes de un colón y un indio que aunque no es oriundo del lugar fue mandado decapitar por una corte local a mediados del siglo XIX, aunque tampoco se le cortó la cabeza aquí. Se llamaba Anastasio Mártir Aquino, y para siempre se le dibujará ceñudo, cargando algo que parece un arcabuz y un machete.

El 17 de julio de 2013, representantes de la Mara Salvatrucha-13 y de la facción Revolucionarios del Barrio 18 se subieron al quiosco del parque Nicolás Peña, en el centro de la ciudad y anunciaron que Zacatecoluca se convertiría en el undécimo Municipio Libre de Violencia, en el marco de la tregua entre pandillas que inició el 8 de marzo de 2012 y que tiene fecha de fallecimiento incierta.

Los voceros de las pandillas pronunciarion discursos en los que empeñaban palabra por la recuperación de la "paz total" y en apoyo del "pacto social". Los Revolucionarios del Barrio 18 aprovecharon la ocasión para desmentir al ministro de Seguridad Púbica, Ricardo Perdomo, que los acusaba de ser los responsables del incremento de homicidios que en aquel momento, después de un año de caída, comenzaba ya a adivinarse sutil pero con paso firme.

* * *

Acorralar a una fiera —me explicó alguien que no quiere ser mencionado en este artículo— es una temeridad que normalmente se paga caro. Por eso siempre hay que dejar al menos una vía de escape —siguió explicándome—, aunque sea para dejar la ilusión de que hay salida, de que se puede vivir. Luego ya se verá si se la mata cuando esté usando esa vía de escape. Pero acorralar a una fiera, a un hombre, por ejemplo, dejarlo sin salidas, sin opciones, suele terminar mal. Y eso fue lo que pasó en Zacatecoluca.

Hasta el 22 de octubre de 2013, en Zacatecoluca habían ocurrido 26 asesinatos y a la misma fecha de 2014 había ya 81. Más del triple. Para la mitad de este año ya había casi tantos muertos como el año más violento de todo el quinquenio presidencial anterior. En todo 2010 se asesinó a 58 personas. Hasta junio de este año iban 52 asesinatos.

El Barrio 18 solía ser en El Salvador una sola pandilla, como lo es en Los Ángeles desde mitad del siglo pasado, como lo es en Guatemala y en Honduras. Pero en El Salvador se partió en dos pedazos en 2005; y los pedazos quedaron enemistados a muerte. Las razones son profundas e intrincadas, pero si toca hacer un resumen aparecerán las dos razones previsibles: poder y negocios, si es que ambas no son, en realidad, una sola.

Zacatecoluca y sus cantones más céntricos tenían la fortuna de estar gobernados por uno solo de esos pedazos: la facción Revolucionarios del Barrio 18. Los territorios claros tienen varias ventajas: hay menos balaceras por el control de lugares, todo el mundo sabe quién manda, se paga una sola extorsión a un solo extorsionista y, sobre todo, los ciudadanos no se ven obligados a saberse al dedillo la compleja geografía pandilleril, que impide —so pena de muerte— transitar de una colonia o un pasaje a otro que esté controlado por la pandilla rival, aun si el transeunte no es parte de esa guerra.

Así estaban los viroleños, con las cosas claras, hasta que en febrero de este año la pandilla se volvió a partir, por las mismas dos razones previsibles. Es decir, que en Zacatecoluca al pedazo de la 18 que se hace llamar Revolucionarios se le partió también un pedazo, y aquí es donde cobra sentido la analogía de la fiera encerrada. La fiera, en este caso, se llama Óscar Oliva, aunque todos lo conocen como Chipilín.

Chipilín salió del penal de Izalco luego de cumplir una pena de 16 años, con la encomienda de pilotear la tribu de Zacatecoluca, de gobernar, pues, a los dieciocheros Revolucionarios del lugar. Pero desde luego, él —de 38 años y originario del municipio— no era absoluto, no era el fin de la cadena de mando. Ni siquiera de la cadena de mando local.

Tres pandilleros convertidos en colaboradores de las autoridades describen la cadena de mando así: en la calle la voz más fuerte era la de Chipilín, pero él tenía que reportarse con tres personas en el penal de Izalco: Chucho Ronco, Perro Bravo y el Paradise; que a su vez le rinden cuentas a los máximos líderes de la pandilla, que según los informantes son el Cawina, el Niño Cracy y El Muerto, a quien también apodan El Cementerio.

A Chipilín le pareció que el porcentaje que demandaban esos líderes en la prisión era una tajada excesiva del botín que con tanto esfuerzo y riesgos recolectaban sus homeboys, extorsionando, amedrentando y educando en esa lógica a los viroleños. Un pandillero que fue subordinado de Chipilín asegura también que a su exjefe le molestaba, como una telaraña en la cara, la gran cantidad de normas nuevas que supuso la tregua y que obligaban a caminar de puntillas, como evitando líneas de tiza en el piso. "Por cualquier acción te daban verga o te querían matar", dice, como haciendo un puchero de niño. Chipilín también fue exitoso en convencer a varios de sus subordinados de que en su rebeldía había algo del espíritu de Robin Hood: "Otra onda que no le llegaba a él es que hasta a la señora de los aguacates le quitaran renta", nos cuenta el muchacho. Posiblemente existió, en los laberintos cotidianos de la pandilla, una pobre señora con aguacates que sufría extorsión, porque pudiendo citar cualquier otro ejemplo —la señora de las pupusas, la de las tortillas...— todos los que se refieren al caso, curas, policías, pandilleros, periodistas..., citan ese mismo ejemplo. O eso, o en Zacatecoluca vender aguacates es sinónimo de mucha pobreza.

Pero la pandilla no es una asamblea de gustos y las habladurías de Chipilín llegaron rápido a los oídos de sus jefes, quienes decidieron, en algún día de principios de 2014, cortar por lo sano: o sea, matarlo.

Hasta aquí esta historia es el cuento conocido: la pandilla hablaría a tiros, probablemente uno de los amigos de Chipilín le volaría la cabeza entre cerveza y cerveza o un homeboy de otra cancha se movería en el anonimato para asesinarlo. Pero pasó lo que se supone que en estos casos no debe ocurrir: que el sentenciado se enteró de la sentencia, que supo que cargaba encendida la luz, que su propia pandilla le respiraba en la nuca. Y se convirtió en fiera.

Y en lugar de huir en desbandada, Chipilín decidió plantar bandera y devolver el gesto arisco, declararse república independiente, y los Revolucionarios tuvieron que decidir entre su líder y la pandilla. En cuestión de días el escenario había cambiado y la insurrección de Chipilín fue exitosa: para finales de febrero los cantones y caseríos El Espino Arriba y El Espino Abajo, Buena Vista Arriba y Buena Vista Abajo, El Copinol, El Jobo, Pineda, La Española y 10 de Mayo eran territorio del insurrecto. Nada mal para un independiente que a simple vista parecía reclutar adeptos ofreciendo colisionar una carreta contra un tren.

Para marzo la guerra entre los que siguieron a Chipilín y quienes se mantuvieron leales a los Revolucionarios era ya sensible en los indicadores de homicidios de Zacatecoluca: de 4 asesinatos en febrero se pasó a 12 en marzo y a 20 en abril. En mayo, los insurrectos atacaron un autobús de la ruta 302 en la carretera a Comalapa y masacraron a seis personas, con el propósito de disputarles a los Revolucionarios la extorsión que pagan los transportistas... Zacatecoluca era territorio en guerra entre los cantones rurales en rebeldía y el casco urbano.

El personaje cuyo nombre no puedo escribir en esta historia conoce bien las interioridades de la guerra viroleña y me explica más cosas: la malcriadeza de Chipilín hubiera podido ser aplastada relativamente rápido de no ser porque ocurrieron dos cosas: aunque lo niega, el otro pedazo del Barrio 18, los Sureños, vieron con simpatía la gesta del caudillo y lo respaldaron, en secreto, con armas y refugio para el líder, lo que les dio fuelle a los rebeldes para resistir la embestida de los Revolucionarios. Actualmente los policías locales dan por hecho que la guerra que inició Chipilín es entre Revolucionarios y Sureños.

El otro hecho fue el paso en falso de un pandillero Revolucionario, que tuvo la mala idea de asesinar a una mujer mayor, que resultó ser la mamá de un subinspector de la Policía.

* * *

La sangre es viscosa y se seca rápido. Se me pegan las manos en el timón del carro en el que zumbamos hacia el hospital de Zacatecoluca. Nunca una calle me pareció tan desierta, tan limpia de vehículos, de gente, de policías y tampoco nunca había visto cómo unos pocos kilómetros son capaces de estirarse tanto. Atrás Fred lucha para mantener sentado al tipo en el asiento y lo abofetea para que no se duerma. Los dos están cubiertos de sangre.

—¡¿Cómo te llamás?!

—Felipe.

—¿Qué te pasó?

—Me fueron a tirar.

—¿Quiénes?

—...

—¿Quiénes?

Y se derrumba de lado, como lo hizo en la calle. Parece que se ha desmayado. Fred lo toma por la camisa y lo despierta a fuerza de gritos y meneos, porque nuestro conocimiento de estas situaciones —básicamente adquirido de series policiales en la televisión—, nos dice que si el tipo se duerme se nos muere en el asiento de atrás del carro.

—¡Felipe! ¡Puta, Felipe! ¿Cuántos años tenés? —grita Fred.

—34 —susurra una voz dolorosa.

—¿Tenés hijos?

—Sí. Cuatro —y nos recita los nombres de sus hijos.

El hombre se acomoda en el asiento y grita como un animal. Grita de dolor mientras se aprieta el vientre con toda la vida que le queda. Por el retrovisor alcanzo a ver que su cara ha perdido color y que apenas puede mantener abiertos los ojos. Para mis adentros me digo que si un hombre puede gritar así, seguramente es capaz de aguantar 30 kilómetros más hasta el hospital. Voy todo lo rápido que puedo y cuando se enciende el indicador de gasolina lo tapo con una estampita de monseñor Romero que llevo siempre en el tablero para emergencias como esta. La calle serpentea por colinas infinitas y atrás Fred intenta mantener a Felipe consciente.

—¿A qué te dedicás, Felipe?

—Chef.

—¿Y qué es lo que mejor te sale?

—La lasaña.

—Eeeh.... ¿Lasaña de qué?

—De todo.

—¡Nos vas a cocinar lasaña, cabrón!

—Sí.

Nos damos cuenta de que podemos invertir los momentos de lucidez de Felipe en algo menos trivial y conseguimos que nos dicte un número de teléfono. Fred llama y contesta una niña que dice ser su hermana. No cree una palabra de lo que se le cuenta y cuelga el teléfono como si le hubiera llamado un vendedor de seguros. Felipe vuelve a desmayarse.

—¡Felipe, puta, puta! ¡Felipe! —bofetadas y sacudidas— ¡Necesito que estés despierto, cabrón, ayudanos! ¿Querés ver a tus hijos?

—Sí.

—¡Entonces mantené las pepas abiertas! ¿Querés ver a tu madre de nuevo?

—No.

En este momento no lo sabemos, pero la madre de Felipe murió de un ataque fulminante mientras visitaba a un primo en el penal de Tonacatepeque cuando Felipe tenía 8 años.

* * *

Como suele pasar en estos casos, la pandilla asegura, a través de sus voceros, que el asesinato de la madre del oficial de la Policía fue una cagada que se mandó uno que ni siquiera era parte de la pandilla, sino un simpatizante que actuó a título propio, incluso contra la voluntad del barrio. Pero parece que esta versión no convenció a nadie: según los mismos representantes de los Revolucionarios, luego de aquel hecho, ocurrido en una fecha incierta de enero, la Policía entró al juego de morir o matar, como un jugador más del que había que cuidarse. De manera que cuando estalló la insurrección de Chipilín el odio de los policías se le pegó al pedazo de la pandilla que conservó la marca.

El 11 de enero, tres pandilleros fueron asesinados en un caserío, y tres días después otros cuatro fueron asesinados en distintos caseríos adyacentes a Zacatecoluca. En abril ya sumaban ocho emboscadas de la pandilla contra la Policía en la zona; el 21 de ese mes pandilleros rociaron de balas con una mini Uzi a un pick up de la Policía en el cantón Penitente Abajo y dos días después se liaron a tiros con unos policías que detectaron un plan para asesinar a uno de los lugartenientes de Chipilín, cuando este salía de un juzgado. El 30 de abril la Policía mató a cinco pandilleros dentro de una casa de bloques sin pintar en la Hacienda Escuintla. La pandilla dice que se trató de ejecuciones sumarias; la Policía asegura que solo se defendió, respondiendo el fuego de los pandilleros. Las primeras fotografías de ese hecho, tomadas por la Policía, muestran los cadáveres de los cinco jóvenes dentro de la casa: cuatro sobre el piso y el quinto sobre una hamaca. Todos los pandilleros asesinados eran Revolucionarios.

Los pandilleros afirman que dentro de la Policía se han creado grupos de exterminio particularmente voraces contra los Revolucionarios. Los oficiales policiales, desde sus oficinas, niegan con aplomo que esto sea así. Los agentes de rangos inferiores, desde la calle, no niegan nada.

Un policía que era investigador de homicidios a inicios de este año lo explica sin muchas ceremonias: "En Zacatecoluca los compañeros vieron en el asesinato de esa madre una oportunidad para hacer algo". A ese algo él no le llama asesinatos sumarios. Prefiere el institucional "ajusticiamientos".

* * *

La verdad es una cosa escurridiza. A veces la verdad es la verdad, a secas, como que dos y dos son cuatro, por citar una verdad famosa. Con esas verdades no hay problema. Otras verdades, más intrincadas, como si la pandilla ordenó o no un "toque de queda" en marzo en Zacatecoluca, dan más guerra y pasado un tiempo se convierten en varias verdades.

Según la edición del 13 de marzo de El Diario de Hoy, desconocidos hicieron circular un manuscrito en el centro del municipio, en el que se amenazaba a todo el que circulara después de las 6 de la tarde. El manuscrito estaba firmado "mara 18". El papelillo tiene algunos problemas de credibilidad, como el hecho de que ningún miembro de la pandilla Barrio 18 que no desee ser vapuleado o asesinado asociaría la palabra "mara" a su organización, así como un ferviente musulmán no andaría por la vida vendiendo caricaturas del profeta Mahoma.

Pero, ¿qué es la verdad? Una cosa es si ese papel lo escribió la pandilla o es apócrifo, otra cosa es si ese día hubo o no toque de queda.

El padre Celestino Palacios, párroco de la catedral Nuestra Señora de los Pobres, notó aquel día menos almas en las misas vespertinas. Muchas menos. Menos de la mitad de lo usual. Y saliendo del templo, ninguno anduvo con socializaciones, solo se esfumaron. "En el parque no había ni un alma", recuerda. Y al parecer no había ni una: un equipo de canal 12 fue a filmar el atardecer y las primeras horas de la noche en Zacatecoluca y aquello parecía un pueblo fantasma de puertas cerradas. El único que se animó a hablar con los periodistas fue un miembro del Cuerpo de Agentes Metropolitanos, bajo condición de que le filmaran las botas en lugar del rostro: "Pues sí, dicen que al que pase como que le van a dar...". Por si las moscas, el agente no andaba pasando, sino que se parapetaba en la fachada de la alcaldía. Ese mismo día, pobladores del cantón El Copinol —territorio de Chipilín— le contaron al corresponsal de La Prensa Gráfica que pandilleros con fusiles tuvieron la amabilidad de visitar casa por casa, advirtiendo a los pobladores de no salir después de las 6. Las rutas 92, 3LP, 4LP, y 5LP, o sea, todas las que entran al centro del municipio, dejaron de circular después de la 1 de la tarde.

El jefe de la policía de Zacatecoluca, Inspector Omar Joachín, declaró un día después a Diario El Mundo que descartaba un toque de queda y atribuía aquel barullo a un rumor originado en el cantón El Copinol, del que dijo "tiene baja incidencia" de asesinatos. Como prueba, refirió aquel jueves que el último asesinato había sido el martes.

Dos días después el ministro de Justicia y Seguridad, Ricardo Perdomo, dijo a La Prensa Gráfica no tener evidencias de un toque de queda y agregó que "no se vale" esparcir rumores. El 26 de abril el mismo ministro dijo a Diario CoLatino tener información de una pugna entre Sureños y Revolucionarios del Barrio 18 y aseguró que la Policía tenía el control de la situación. Ese mismo día admitió haber doblado su equipo de seguridad personal.

Abril fue el mes más voraz de este año. Cobró la vida de 20 personas. Aprovechando el impulso inicial, Chipilín y su gente intentaban expulsar a sus excompañeros Revolucionarios del centro urbano, rico en comercios y por lo tanto rico en extorsiones. Los Revolucionarios intentaban barrer a los insurrectos del mapa con un manotazo fugaz. Ninguno consiguió su cometido.

Unos decían que el toque de queda iba a durar solo un día y que ese día era el 13 de abril, otros decían que comenzó el 12 y que iba a durar una semana. El padre Celestino Palacios recuerda otras alarmas en mayo y junio.

Zacatecoluca fue recuperando su vida normal sin que nadie lo decretara. Sus pobladores fueron asomando, por valentía o por hambre, y a estas alturas quién sabe cuál es la verdad de lo sucedido aquellos días.

* * *

Felipe pierde el conocimiento justo antes de llegar al hospital Santa Teresa, en Zacatecoluca. Ya en la ciudad hemos encontrado a una patrulla policial que nos ha guiado por el laberinto de calles urbanas y escolta nuestra entrada al hospital.

Ayudo a bajarlo y a colocarlo en la camilla, como un harapo, y un enjambre de enfermeras lo arrastra hacia pasillos oscuros. La policía nos interroga; encuentro los dos zapatos deportivos de Felipe en el piso de mi carro; nos lavamos las manos; esperamos...

Lo único que conseguimos saber luego de una hora de espera es que Felipe llevaba tres plomos dentro del abdomen y múltiples golpes en todo el cuerpo. Eso, y que sigue vivo.

* * *

En la primera foto son tres: el primer tipo lleva uniforme militar completo, con camuflaje verde olivo, y sostiene un M-16 con pose entrenada: con el dedo índice fuera del gatillo, la culata retráctil hacia arriba y el cañón apuntando al piso. El siguiente lleva uniforme policial oscuro, chaleco antibalas y, sobre el chaleco, arneses en los que porta dos cargadores extra para el fusil M-16 que sostiene apuntando hacia el cielo. Sobre su manga derecha luce el emblema de la Policía Nacional Civil. El tercero es el que luce más joven. También lleva uniforme policial oscuro. Con una mano sostiene una carabina de cañón largo y con la otra hace la seña del Barrio 18. Los tres son pandilleros.

En la segunda foto son siete: tres supuestos policías y cuatro presuntos soldados. Salvo uno de ellos, el resto se cubre el rostro con gorros navarone, similares a los usados por las autoridades en los operativos antipandillas. Esta vez posan con cinco M-16, una carabina y lo que parece ser una escopeta. En esta imagen la mayoría de ellos está tirando 18 con las manos, gesticulando como pandilleros apoyados en una camioneta negra.

Aunque parecen los retratos de una patrullas conjunta cualquiera, en un vistazo más minucioso es posible identificar algunas fallas en los disfraces: las botas son distintas, algunos llevan tenis, otros llevan enormes hebillas plateadas bajo el cinturón militar y... bueno... casi todos hacen gestos pandilleros, lo que da al traste con la interpretación. Al menos en la foto.

Las imágenes me las muestra un detective policial que asegura que las obtuvo del celular de un pandillero al que él mismo detuvo. Explica que los leales a Chipilín se están entrenando en tácticas de guerra; que en el reparto de territorios se quedaron con la ladera del volcán Chichontepec y que le sacan el jugo montando campos de tiro y de entrenamiento militar. Que ha escuchado incluso que contratan soldados y exguerrilleros para adiestrarlos.

Conversamos en un cantón del departamento de La Paz, al que el detective me ha pedido que lo siga para no ser visto hablando con un periodista. Nos sentamos sobre el suelo de tierra, al lado de una cancha de fútbol. Otros dos policías mantienen un ojo en la conversación y otro en el perímetro, por precaución. Dentro del carro policial hay un muchacho encapuchado y esposado, al que me quieren presentar.

Un policía extrajo esta fotografía del teléfono celular de un pandillero del Barrio 18 Sureños. En donde posan en las faldas del volcán Chinchontepec. Cortesia: PNC
 
Un policía extrajo esta fotografía del teléfono celular de un pandillero del Barrio 18 Sureños. En donde posan en las faldas del volcán Chinchontepec. Cortesia: PNC

"¿Verdad que están entrenando?", le pregunta al muchacho que lleva con él, un pandillero que se ha convertido en soplón contra su pandilla. "Sí", responde el muchacho. Vuelve el policía: "¿Soldados y guerrilleros los entrenan, verdad?". "No, de guerrilleros no sé yo", dice, deleitándose con un cigarro. "Pero sí sé de soldados". "¿Fuiste a algún entrenamiento vos?", pregunto yo. Se quita el gorro que le cubre el rostro y se lo arremanga en la cabeza. "No, a mí nunca me tocó", dice, y disfruta del aire en el rostro y del sabor del tabaco, mientras presume: "Por lo que yo he hecho, merezco morir tres veces". Rehúye dar más detalles sobre lo que pasa en el cerro, porque no quiere, o porque no tiene nada más que decir.

Según los policías uno de los mayores problemas del lugar es la inmensa disponibilidad de armas, y cuando se trata de buscar responsabilidades señalan al cuartel del municipio: el Destacamento Militar Número 9.

Los investigadores policiales están convencidos de que la gente de Chipilín consiguió infiltrar a varios de sus miembros —diez en concreto— como soldados al cuartel de Zacatecoluca, el DM-9, para que recibieran instrucción militar. Como parte del plan, dicen, los diez desertaron el 7 de mayo, aprovechando la celebración del Día del Soldado, con sus armas y todos sus pertrechos. Ahí el origen de las armas de guerra y de los uniformes militares.

La idea de la infiltración corrió tanto que en julio el Ministerio de la Defensa publicó un comunicado desmintiendo el rumor. El comunicado asegura que esas versiones son "ataques políticos" contra la institución castrense.

¿Y los uniformes de policías? Esos, dicen, los obtienen los pandilleros cuando asaltan a un agente de civil y le roban la mochila. O cuando asaltan su vivienda y saquean el ropero.

Sentado en su escritorio, el coronel Élmer Martínez, jefe del DM-9, asegura que no figura ninguna deserción en los expedientes del cuartel y que todas sus armas y pertrechos están intactos. "El problema es que no hay limitación para la venta del tipo de tela que usamos para nuestros uniformes", dice, argumentando que los uniformes que usan los pandilleros son piratas. "Y el armamento es antiguo, del que quedó de la guerra, en las fotos se les nota el deterioro".

El único caso que aparece en sus registros es el de un cabo al que la Policía detuvo con un uniforme militar y otro policial en su vehículo y que al ser descubierto se dio a la fuga. Pero ese no desertó, matiza, sino que fue expulsado.

Otro caso es el de un soldado que pidió la baja debido a que los pandilleros de su cantón lo detectaron y amenazaron con matarlo a él y a su familia. El ejército de El Salvador le concedió la baja y le ayudó a sacar las cosas de su casa para que pudiera huir seguro.

* * *

Chipilín fue arrestado el 21 de julio mientras se conducía en una camioneta negra. No hubo persecuciones policiales espectaculares, ni balaceras: cayó casualmente en San Vicente, en un retén de rutina que no lo esperaba. La Policía se sacó la lotería y lo celebró públicamente anunciando el hecho. Desde entonces está confinado en unas bartolinas policiales. Pero la guerra en Zacatecoluca sigue abierta y los pobladores han tenido que aprender las normas del conflicto para sobrevivir.

Uno de los sacerdotes del municipio nos invita a su pick up y sube la ladera del Chichontepec por una calle imposible, hasta un terreno en el que la vista se pierde en el verdor del volcán. "Todo eso eran milpas y pipianeras —nos explica—; ahora la gente ya no puede sembrar ahí, y está la tierra de balde", dice, mirando a las tierras de arriba desde el último solar relativamente seguro.

Al romperse la pandilla también se rompió el volcán y los campesinos de un cantón se deben entender ahora en guerra con los pandilleros del otro. La mayor parte de agricultores viven en el centro, dominado por los Revolucionarios, y gran parte de las tierras que alquilaban para sembrar están en el volcán, propiedad de los insurrectos. Donde yo veo una ladera hermosa ellos ven un terreno minado. Y a la tierra le crece un monte salvaje e inútil.

Los campesinos ahora se pelean las tierras de siembra más céntricas, cuyo alquiler ha subido de precio. Viendo aquel desperdicio de volcán, un hombre que solía trabajar esas tierras suspira: "No se le ve arreglo a este volado".

* * *

Un hombre se atraviesa a mitad del camino y el otro, parado tras una alambrada, desenfunda una pistola. Nos ordenan detenernos y, desde luego, nos detenemos. De todos modos estamos en un angosto camino de tierra por el que no podemos correr.

"¿A quién buscaban?", pregunta el hombre con toda la amabilidad de la que es capaz el que sabe que no te detuviste por tu voluntad. "Somos periodistas", contestamos, con tono lo más casual posible. "¿Tienen identificación?" Le entregamos los carnés de prensa y el tipo los revisa con detenimiento. El otro sigue, pistola en mano, de pie junto al cerco y ahora habla por teléfono.

—Vinimos al parqueadero de furgones a ver cómo siguió todo después del problemita que hubo.

—Eso ya pasó, ya no hay nada que hablar. O sea, eso ya se terminó.

Y yo no le creo.

Estamos a la entrada del caserío Río Blanco, uno de los posibles accesos al volcán Chichontepec. Es septiembre e intentamos dar seguimiento a una historia que inició en julio: unos días antes del arresto de Chipilín, miembros de su banda intentaron asaltar un predio que sirve para parquear los furgones que posee una familia local. Pero calcularon mal: iban armados con un fusil M-16, pistolas 9mm y una subametralladora Uzi y no esperaban resistencia. Error.

Había un solo guardia en el predio, que se dio abasto para repartirles plomo con una escopeta calibre 12 y hacerlos huir en desbandada. Según la Policía, un perdigón pudo haber alcanzado a alguno de los asaltantes, pues encontraron rastros de sangre en el camino. Frustrados, los pandilleros asesinaron a dos primos de 17 y 19 años que trabajaban en una construcción cercana. Los mataron por no haberles advertido. Y desaparecieron en el volcán.

El parqueadero de furgones, y los furgones, son un bien familiar: un patriarca compró el primer cabezal, que conducía él mismo y, con el tiempo, sus hijos. Luego se endeudaron para comprar otro y otro más y luego se endeudaron más para comprar el terreno donde los parquean. Ahora los hijos y los nietos de aquel hombre se encargan del negocio: ellos dan mantenimiento a los cabezales, consiguen contratos de transporte por Centroamérica y se turnan para cuidar el predio.

"Y yo para dónde putas me voy a ir", me decía en julio el jefe de la familia, satisfecho de que la balacera solo le hubiera dejado una llanta desinflada y no un motor roto. "¿Usted cree que el banco me va a perdonar las cuotas? ¿Usted cree que alguien me va a querer comprar ahora el terreno?". No se lo dije, pero en aquel momento creí que su problema no tenía solución, que le acechaba una sentencia de muerte.

Volvimos un mes después, en agosto, y en esa ocasión nos recibió uno de los sobrinos de aquel hombre: era una versión viroleña de Rambo, que en lugar de abdominales tenía el vientre de un gorila macho y que, al vernos aparecer, se parapetó en una caseta, se terció una canana llena de cartuchos de escopeta en el pecho y chasqueó el arma.

Cuando conseguimos convencerlo de que éramos inofensivos nos explicó la decisión que habían tomado:

—Mire, esto nos ha costado. Nosotros no tenemos problemas con ellos, pero si vienen lo único que se van a llevar es esto —y se tocaba los cartuchos—. Dicen que la otra vez uno llevaba un perdigón atravesado en la panza. Bueno, si quieren el resto, aquí se los tengo.

—¿Y la Policía?

—Ay dios... les tienen miedo.

—¿Y si la Policía les pide las armas a ustedes?

—¡No! Mire, nosotros tampoco tenemos problema con ellos, pero las armas no las vamos a dar.

—¿Y no le da miedo estar solo?

—¿Y quién es el que nació para no morir? Además, no estoy solo. Parece que estoy solo, pero todas esas casas que ve ahí —me señaló todas las casas del caserío— somos familia. Aquí desde que usted entra lo están viendo y toda esa gente está llena de armas. Así que aquí ya tomamos la decisión: si no se meten con nosotros no pasa nada, pero si se meten, no nos vamos a dejar.

Esta vez hemos venido a buscar a la gente del parqueadero de furgones para que alguien de la familia nos aclarara si la decisión de crear una especie de autodefensas era un exabrupto momentáneo o el inicio de una organización vecinal más permanente. Al no encontrar a nadie en el terreno nos decidíamos a salir del caserío para volver otro día. Sin embargo, creo que este señor que nos ha dado el alto y que revisa nuestros documentos, y su amigo el de la pistola, nos acaban de resolver la duda.

* * *

Felipe Guardado, espera a que ser auxiliado por el personal de hospital Santa Teresa, Zacatecoluca, La Paz. Foto: Fred Ramos
 
Felipe Guardado, espera a que ser auxiliado por el personal de hospital Santa Teresa, Zacatecoluca, La Paz. Foto: Fred Ramos

Nos dicen que Felipe murió, que en Zacatecoluca no le supieron sacar tanta bala y que murió cuando una ambulancia lo trasladaba al Hospital Rosales, en San Salvador. Sabemos que tenía un historial de varias páginas en la Policía y varias detenciones por agrupaciones ilícitas. Que tenía cuatro hijos, que le quedaban bien las lasañas de casi todo, que no se quería morir y que el último día de su vida llevaba un jeans azul y una camisa blanca rota cuando unos extraños lo encontraron gateando, muerto en vida, a la orilla de una calle.

* * *

Eran dos famosos maestros del corvo, o dicho de otro modo: eran dos temidos matones con machete. Los dos se habían mandado a hacer machetes a la medida: con barras protectoras de puño, como espadas —lo que aclara que ninguno andaba aquel fierro como herramienta agrícola—. Eran enemigos entre sí y habían jurado matarse.

Un día se encontraron en una calle de polvo y todo mundo se apartó con respeto, pero también todo mundo se quedó a ver el desenlace de aquel juramento mortal. Eran las 9:30 de la mañana cuando les sacaron chispas a los corvos por primera vez y siguieron blandiendo filos bajo el sol hasta el mediodía, cuando ninguno podía ya levantar el brazo para tirar un zarpazo más. Tan fiera había sido la pelea que las barras protectoras de ambos se les habían cerrado alrededor de los puños y ninguno pudo soltar su machete. Más cansados que heridos se retiraron para reponerse hasta el próximo encuentro.

Tomás me ha contado este cuento para explicarme cómo es la gente aquí y cómo ha sido la gente aquí desde siempre.

Tomás, que como todos los protagonistas de esta historia nos pide no usar su nombre real, me jura que aquel duelo ocurrió en los tiempos de antaño, en tiempos de su padre, y que de todas formas, aunque no hubiera pasado, aquí todo mundo cuenta esa anécdota a los hijos como si ellos mismos la hubieran visto.

He venido hasta él porque el sacerdote de una parroquia de Zacatecoluca me recomendó, si quería averiguar más cosas sobre movimientos de autodefensa, buscar a los ganaderos del cantón San Francisco de los Reyes.

La familia de Tomás posee más de 200 manzanas de tierra y muchas cabezas de ganado. Sus 10 hermanos son buenos jinetes y es más fácil, dice él, que salgan a la calle sin sus zapatos que sin su pistola, un hábito que aprendieron de su padre y de sus tíos.

Él sabe llamar a cada vaca por su nombre: la carebuey, la maraca, la gringa, la catrina... y cuando él llama, la vaca nombrada, solo esa, deja de comer y lo mira a los ojos.

Su padre fue jornalero en finca ajena y un día su madre vendió una marrana para comprar una ternera peluda que no prometía gran cosa. Esa ternera es la matriarca del imperio ganadero de la familia de Tomás en San Francisco de los Reyes.

Mientras caminamos por las tierras de su familia, de una belleza rabiosa y salvaje, nos cuenta lo duro que han trabajado los suyos para "ser alguien" y lo poco dispuestos que están a perder eso. Por el camino nos encontramos a su hermano, que nos posa gustoso con su revólver.

En San Francisco de los Reyes la pandilla no ha conseguido echar raíces, pero todos los cantones aledaños viven bajo el puño de los Revolucionarios del Barrio 18. Están rodeados y Tomás sabe que es cuestión de tiempo que les alcance la guerra.

"La Policía nos vino a dar un consejo: si alguien entra en su propiedad, mátelo y vaya a botarlo, pero mátelo con un arma sin registro. Hemos llegado al tiempo antiguo donde cada quien defendía a su pueblo", sentencia, con el rostro endurecido.

Él cree que no hay más alternativa que organizarse para "hacer lo que haya que hacer" y está dispuesto a liderar el movimiento. No le preocupa tener que matar. Solo le preocupa una cosa: "¿Qué vamos a hacer después, cuando ya esté prendido el fuego?"

* * *

Al policía José Alfaro lo mataron en su casa el 4 de octubre. Pandilleros con disfraces de policías y de fiscales entraron a su vivienda y lo ejecutaron frente a su esposa y sus hijos. Ahora está dentro de un ataúd cubierto con la bandera de El Salvador y dos mujeres policías montan la guardia de honor.

El policía que coordina la seguridad en la funeraria me explica el sentimiento que le invade al ver a su amigo muerto: mucho miedo. "Yo les digo a los jefes que me trasladen a mi cantón y me dicen que no, porque ahí los pandilleros ya me conocen y me van a matar. Pero yo todos los días tomo el bus para venir a Zacatecoluca. Yo prefiero que me maten en mi casa y no en un bus", me explica, como si no hubiera remedio.

Cuando Fred, el fotoperiodista, apunta su cámara para retratar el féretro, la guardia de honor huye. Por miedo, las agentes que rinden honores a su colega se apartan y, solo, en medio de una funeraria semivacía, queda un ataúd cubierto con la bandera de El Salvador.

* * *

En una cafetería de San Salvador nos tomamos un café con el padre de Felipe. Su hija menor le contó que un hombre enloquecido había llamado para decir que Felipe estaba malherido en Zacatecoluca. Cuando se enteró de que su hijo había muerto, quiso saber quiénes eran esos que habían escuchado a su hijo mayor por última vez. El señor se llama Dolores.

Dolores no conoce el prontuario de su hijo, y hasta este momento pensaba que solo era abuelo de un nieto. Felipe, dice, se llevaba bien con los "muchachos", pero cree que no era pandillero. Crió a su hijo en Apopa, en una colonia controlada por los Revolucionarios del Barrio 18. No tiene idea de por qué Felipe apareció baleado en Zacatecoluca y así piensa quedarse. Nos asegura que esta es la última vez que hablará del tema y que jamás lo hará frente a un policía o un fiscal.

Nosotros buscábamos rearmar el rompecabezas de la violencia en un municipio en el que demasiados toros han entrado al ruedo y Zacatecoluca no se guarda nada: en seguida aparecieron pandilleros, policías, militares y rancheros furibundos. Mientras escribo esta historia la Policía acusa a los agentes metropolitanos de luchar codo a codo con los Revolucionarios en contra de lo que queda de la banda de Chipilín, que se rehúsa a morir, y en la casa de uno de ellos encontraron más fusiles M-16, más pistolas, más balas... Zacatecoluca no se guarda nada: mientras hablábamos de zopilotes, nos mostró cómo se muere un hombre y luego cómo su muerte es un callejón sin salida más.

"Mire, ¿y Felipe le dijo algo de mí? ¿No le dijo unas palabras para mí?", pregunta Dolores. "No", le contesto, y aún estoy arrepentido por no haber sabido mentirle.

Publicidad
Publicidad

 
Daniel Valencia Caravantes*

 
Carlos Martínez y José Luis Sanz

 

 CERRAR
Publicidad