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El Salvador

Las maras trastocan la matemática del fútbol

Texto y foto por Roberto Valencia
Publicado el 28 de Noviembre de 2011 | Comentarios (0)
Afirmar que las maras son uno de los retos más complicados para el nuevo ministro de Justicia y Seguridad Pública, David Munguía Payés, puede sonar a obviedad. Cuando quizá no haya tanto consenso es a la hora de calibrar el impacto de las pandillas en el diario vivir de los salvadoreños. Esta noticia quizá ayude: el 64% de los equipos de fútbol han dejado de usar los números 13 y 18 en las camisolas. Por temor.

La evidencia está en la propia Federación Salvadoreña de Fútbol (Fesfut), a la vista de quien la quiera ver. Apenas se ingresa en el edificio principal, a mano derecha se encuentran los cubículos reservados para la Segunda División, con su gran tablón de anuncios al fondo y un rótulo explícito: Campeonato 2011-2012. Debajo, perfectamente ordenadas y sostenidas por tachuelas de colores, 10 hojas con las alineaciones de los equipos. C.D. Chalatenango, dice el primero; luego, nombres de sus jugadores y el número asignado: con el 1, fulano; con el 2, mengano; con el 3, con el 4, el 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, todo normal hasta ahora, con el 12, con el 51, el 14, 15, 16, 17, con el 52, el 19… No hay 13, no hay 18.

De 20 equipos inscritos en la llamada liga de plata, el Chalatenango forma parte de la docena que han dejado de utilizar los dorsales 13 y 18. Los clubes que han tomado la misma medida en la Tercera División son 27 (de 36), y ni siquiera la máxima categoría, la Primera División, escapa al fenómeno: ni Luis Ángel Firpo ni Isidro Metapán ni Juventud Independiente asignaron esos números, mientras Atlético Marte y Vista Hermosa creyeron conveniente que ningún jugador llevara el 13 en su espalda.

En las tres máximas categorías del fútbol nacional son 66 los clubes inscritos, de los que apenas 14 –el 21%– consideraron oportuno en esta temporada usar el 13 y 18, números relacionados con la Mara Salvatrucha (o MS-13) y con el Barrio 18, las principales pandillas que operan en el país. Con la medida, aseguran quienes la están ejecutando, se pretende evitar ataques contra los jugadores.

Pero no todos comparten que sea una iniciativa acertada. Marcelino Díaz, un sicólogo forense que desde 1993 trabaja en el Instituto de Medicina Legal, cree que de alguna manera se está legitimando a las maras y reconociendo su influencia en la sociedad. “Es al Estado al que le corresponde controlar, mediante leyes, la conducta de las personas, pero en El Salvador muchos aspectos de la conducta social los controla un grupo delincuencial, y esto que sucede con el fútbol es un claro ejemplo”, dice.

El Salvador presenta una de las tasas de homicidios más elevadas del mundo: 65 por cada 100 mil habitantes en 2010, cuando Naciones Unidas considera epidemia si se alcanzan los 10 por cada 100 mil. Según la Policía Nacional Civil (PNC), más de la mitad de los asesinatos están relacionados con las maras. La Fuerza Armada va más allá y habla del 90%.

“El miedo es la forma más efectiva para controlar una sociedad y las pandillas lo saben”, agrega el sicólogo Díaz.

La génesis

La decisión de renunciar al 13 y al 18 no es tan nueva. El mundo del fútbol comenzó a valorarla –por iniciativa propia y bajo absoluta discreción– hace al menos cuatro años. Después de recibir algunas quejas de jugadores que portaban esos números, la medida se discutió en juntas de presidentes de cada una de las categorías y se aprobó como una sugerencia, para que fueran los equipos los que en última instancia tomaran la decisión.

En lo que podría interpretarse como un síntoma de la expansión del fenómeno de las maras, el paso de los años no ha hecho sino incrementar el número de equipos que prescinde de esos números.

“Es para proteger a los jugadores”, dice Osvaldo Pinto, presidente de la Segunda División y del Santa Tecla F.C. Todos los representantes de equipos consultados coinciden en definir la iniciativa como una apuesta por la prevención, para prevenir agresiones. “El tema de las maras se ha desbordado –detalla Pinto–, al gobierno central se le salió de las manos, y lo que hemos hecho como liga es prevenir, para que a nuestros jugadores no les pase nada”.

La concesión afecta de forma transversal a todo el fútbol salvadoreño, pero basta analizar las nóminas oficiales que los equipos enviaron este año a la Fesfut para concluir que la prudencia –o el miedo, según se mire– se ha extendido más en las categorías inferiores. Resulta significativo, sin embargo, que en la Primera División solo cinco equipos estén utilizando los números 13 y 18: Águila, Universidad de El Salvador, FAS, Once Municipal y Alianza.

Fragmento de la nómina actual de Luis Ángel Firpo, nueve veces campeón del fútbol salvadoreño.

Fragmento de la nómina actual de Luis Ángel Firpo, nueve veces campeón del fútbol salvadoreño.

“Es una decisión del fútbol en general”, acota Pinto, “aunque cada presidente es libre de hacer lo que quiera con su equipo”. Lo decidido, eso sí, no parece tener marcha atrás. Para la presente edición del Torneo de Apertura, la Segunda incluso optó por zanjar el asunto y sustituir el 13 y el 18 por el 51 y el 52, respectivamente.

Un sondeo entre dirigentes de distintos equipos confirma las causas y permite conocer detalles del porqué de un cambio así. “Para un jugador es un peligro ir con esos números en la espalda cuando viene desde Soyapango o zonas así”, dice Orsy Tejada, presidente del Brasilia, de Suchitoto (Cuscatlán). “Nosotros para esta temporada dejamos de usarlos, después de escuchar a otros equipos que tenían ese problema”, dice Hernán Vargas, representante del ADI de Intipucá (La Unión). “Nuestro portero aún juega con el 13 en la espalda, pero estamos valorando quitar ese número porque algunos jugadores viven en otros lugares y los pueden atacar”, dice Elba Josefina Peña, presidenta de La Asunción, de Anamorós (La Unión). “Muertes por esta causa no ha habido aún, pero sí golpes, improperios, agresiones verbales, piedras, etcétera”, dice Pinto.

¿Por qué 13, por qué 18?

El Barrio 18 o la 18 (conocida erróneamente también como Mara 18) es el nombre hispano de la 18th Street Gang, una pandilla creada en la década de los sesenta en la ciudad de Los Ángeles. Formada originalmente por migrantes mexicanos, distintos investigadores le atribuyen el hecho de haber sido la primera pandilla de origen latinoamericano que se abrió a personas de origen distinto. En la actualidad en El Salvador se encuentra dividida en dos facciones llamadas Sureños y Revolucionarios que, si bien mantienen entre sí una rivalidad a muerte, ninguna ha renunciado al 18 como seña de identidad.

Los orígenes de la pandilla rival, la MS-13, son más recientes. Surge también en Los Ángeles, pero bien entrada ya la década de los setenta, y también en el área de Rampart, el mismo sector en el que nació la 18. Algunos investigadores consideran que la Mara Salvatrucha es una escisión del Barrio 18, singularizada porque en sus inicios el grueso de sus integrantes eran migrantes salvadoreños.

Tanto la MS-13 como el Barrio 18 son pandillas sureñas, es decir, están bajo el paraguas de una misma estructura criminal superior llamada la Mexican Mafia o la eMe. El número aglutinador de identidad de la eMe es el 13 –la letra M es la decimotercera del alfabeto–, y por esa razón todas las pandillas sureñas se identifican con ese número. Contrario a la creencia popular, el 13 las une; no las divide. Cientos de pandilleros de la 18 tienen el 13 tatuado sin que ello suponga problema alguno.

El 18, por el contrario, es un número prohibido y denostado entre los integrantes de la Mara Salvatrucha, por ser de uso exclusivo de la pandilla rival, que lo adoptó porque en sus orígenes comenzó a hacerse fuerte en algunos sectores de la calle 18 de Los Ángeles.

La simbología en torno a estos dos números se gestó, pues, en Los Ángeles, a miles de kilómetros de El Salvador. Centroamérica la importó y la radicalizó. Y el fútbol salvadoreño está pagando hoy un peaje.

Las valoraciones

El Faro consultó a tres comisionados de la PNC sobre el hecho de que dos de cada tres equipos de fútbol salvadoreños hayan, por temor a las maras, renunciado a números de uso habitual. Ninguno de los tres dijo haber sido informado oficialmente de la medida.

Gersan Pérez es el comisionado que está al frente de la Delegación San Salvador Centro, y eso le obliga a estar pendiente de los planes de seguridad para todos los partidos oficiales que se juegan en la capital, lo que incluye los juegos de Alianza, Atlético Marte, Universidad de El Salvador y también los de la selección nacional. “No tengo información de que ya no se estén usando esos números, pero, si lo están haciendo, supongo que lo harán para evitar problemas, aunque creo que es una exageración, darle más importancia a las cosas que la que en realidad tienen”, dice Pérez.

El comisionado Douglas Omar García Funes, director hasta hace unas pocas semanas del Centro Antipandillas Transnacional, tampoco estaba al tanto de la eliminación generalizada del 13 y el 18, pero lo valora como algo en sintonía con la evolución y la propagación que han tenido las maras: “No tenía esa información, pero me imagino que será porque hay algún tipo de amenaza de equis pandilla”.

La noticia resultó menos sorpresiva para los responsables de oenegés que trabajan, con el fútbol como anzuelo, en el área de la prevención de la violencia. Alejandro Gutman preside Fútbol Forever, una oenegé asentada desde hace varios años en la zona norte de Soyapango. Gutman lo valora como una “medida de protección” que responde a la realidad del país. “El fútbol es un ambiente vivo en todo el mundo, que refleja lo que sucede en cada sociedad, y en El Salvador las pandillas forman parte de la cotidianidad en la sociedad, están absolutamente incorporadas en el diario vivir de infinidad de comunidades”, dice.

Para Jorge Bahaia, presidente de la Fundación Educando a un Salvadoreño (FESA) –que trabaja en la formación integral de jóvenes de diferentes estratos sociales–, el fútbol y su arraigo en El Salvador no representan una amenaza, sino una oportunidad que hay que aprender a canalizar: “A los jóvenes en riesgo hay que apoyarlos, porque nadie nace malo; los salvadoreños con conciencia social debemos dedicar tiempo para orientar bien a los jóvenes, que aporten al país”.

Consultado sobre si renunciar al uso del 13 y del 18 no supone reconocer tácitamente que las maras han doblegado al fútbol salvadoreño, prefiere no opinar. “Es una medida que desconocía”, dice. Sin embargo, el Turín Fútbol Club, el equipo integrado por los muchachos más destacados de FESA, es uno de los 27 de la Tercera División que han descartado los números.

Un país violento

Al margen de la interpretación que se haga, de si se trata de un acierto o un error, de si la medida es una exageración o se queda corta, en lo que hay unanimidad es en que la eliminación de los números está directamente relacionada con la inseguridad y la violencia que afectan a El Salvador.

Los números 13 y 18 son de uso corriente en el fútbol. En la liga española, por citar un ejemplo recurrente, el Real Madrid tiene asignado el 13 a Antonio Adán (el suplente de Iker Casillas) y el 18 a Raúl Albiol, mientras que en el FC Barcelona el 13 lo carga Juan Manuel Pinto (suplente del portero Víctor Valdés) y el 18 está a la espera de adjudicación desde la salida en junio de este año de su último propietario: el argentino Gaby Milito.

Para el sicólogo Marcelino Díaz, la supresión es un paso atrás como sociedad: “Evidencia que las pandillas, con sus muertes violentas y sus descuartizamientos, han logrado intimidar a una sociedad”.

En su lectura, lo que está pasado en el mundo del fútbol no dista tanto de otras realidades también motivadas por el desarrollo de las maras, como el hecho de que algunos institutos públicos estén en la práctica alineados con una u otra pandilla, lo que los convierte en centros vetados para jóvenes que viven en áreas bajo influencia de la pandilla contraria, aunque no estén integrados en la mara.

“Poco a poco estamos dejando que los pandilleros nos impongan lo que tenemos que hacer. Aunque esto del fútbol parezca algo mínimo o simbólico, si se empieza a ceder en estas cosas, luego llegarán más peticiones”, concluye el sicólogo Díaz.

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