Bitácora / Pandillas
Nuestra alegre juventud

En El Salvador, como en la inmensa mayoría de los países del mundo, una persona es jurídicamente un menor hasta que cumple los 18 años. Son niños y niñas, pues... hagan lo que hagan.


Fecha inválida
Roberto Valencia

Kevin es un ex de la Mara Salvatrucha (MS-13). Un peseta, un retirado. En su espalda tiene tatuadas una gran M y una gran S, rayadas cada una por sendas grandes cruces, la mayor afrenta que se puede hacer a la pandilla. Imperdonable. Desde hace más de dos años el Estado lo resguarda, lo alimenta y trata de reeducarlo en un centro de internamiento de menores. Kevin nació en 1995, tres años después de que en El Salvador se firmaran los Acuerdos en Paz. Tiene 16 años.

A primera vista es un joven afable, extremadamente atento. Le gusta mirar a los ojos cuando habla y salpicar sus historias con algún que otro chistecillo. Sabe caer bien, supongo que en especial en días como hoy, en los que trata de mostrar su lado de chico-bueno-en rehabilitación al atípico visitante. No lo logra. Tiene tan interiorizada la violencia –desde los 10 camina con pandilleros, a los 11 tuvo por primera vez una pistola en sus manos, a los 12 lo brincaron– que ni siquiera es consciente de cuando sus palabras y sus hazañas lo están retratando.

—Yo soy de un sistema: si no me hacen nada, yo no hago nada, pero ya si se meten con alguien que yo quiero o que es algo mío, por ley, yo voy a actuar, ¿va? Y ese vato andaba jodiendo a mi familia y vos sabés que la familia es todo para una persona, más aquí, ¿va?

El vato al que se refiere es por el que ahora tiene pedos con la que era su pandilla. Lo traboneó, dice.

—Estábamos haciendo –lo piensa dos veces antes de continuar–… Estábamos haciendo un encargo, ¿va? Era un chavala (así llaman a los pandilleros del Barrio 18) que habíamos agarrado. Vos sabés que si agarrás a un enemigo, no lo podés dejar vivo, ¿va? Entonces solo estábamos con fierros, no habían armas ni nada, solo cortopunzantes. Ni modo, ¿va?… Comenzamos a hacer lo que íbamos a hacer, y sin querer, pero a la vez con querer, le zampé al vato un rambito aquí –Kevin se señala la pierna derecha, pero repara en mi rostro atónito–. Sabes lo que es un rambito, ¿va?
—No.
—Un rambito es un cuchillo, pero con dientitos atrás y un lado filudo. Se lo zampé así –gesticula.
—¿Al chavala?
—No, al homie...
—Y eso fue sin querer, por la pura verguera…
—A la vez por quererlo hacer, porque me pasó en la mente que andaba viendo a mi hermanita… Y el vato aún me dijo: órale, aquí mueres… Pero ahí quedó nomás. A él lo fueron a curar y los demás seguimos con el chavala. Yo seguí libando, seguí consumiendo droga… Hasta en la mañana fue que me fueron a tumbar la puerta los de mi clica.

No dañar a otro homie es una de las reglas más estrictas dentro de las pandillas sureñas. No podía quedar así nomás. Tras las consultas pertinentes al palabrero en la cárcel, la clica decidió corregirle con dos golpizas consecutivas de dos grupos de cuatro pandilleros.

—Me pegaron un 21, ¿va? 13 y 13.
—Pero 13 y 13 son 26…
—Quiero ver… Ah, pues… cabal… un 26 me pegaron entonces… 13 segundos y 13 segundos más.
—Y cuando te corrigen no puedes defenderte…
—No.

Por causas que no merece la pena aquí explicar, ni la golpiza que le dieron sus compañeros logró redimir a Kevin y, al cabo de unas semanas, optó por romper con la pandilla.

Ahora tiene 16 años –no está de más repetirlo–, y sigue siendo un niño en el marco jurídico salvadoreño y ante los ojos de instituciones como Unicef o un sinfín de oenegés. Acaba de obtener el segundo grado, aunque esa escolaridad mínima no le impide usar con naturalidad la palabra desfacelar, que yo –periodista, 35 años– escuché por primera vez hace unos meses, y cuyo significado me lo tuvo que explicar un sicólogo forense del Instituto de Medicina Legal.

Me consta que Kevin no es una excepción, una oveja negra en el blanco rebaño de la juventud salvadoreña. Son demasiadas las historias parecidas que me ha tocado escuchar en los últimos años. Y basta oír a personas que están mucho más metidas en la dinámica de observar la violencia, como el criminalista Israel Ticas Chicas, para darse cuenta de que los casos que uno haya podido conocer como periodista, por muchos y variados que sean, son apenas una fracción ínfima de lo que ha sucedido en este país en la última década, de lo que sigue sucediendo.

Kevin, por cierto, está preso por extorsión. La extorsión es lo único que el Estado le logró comprobar. Él espera estar de nuevo en la calle a inicios de 2014. Quizá antes… por su buena conducta.

(El Salvador. Octubre de 2011)

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