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El cuchillo de los trasladados

José Luis Sanz
Publicado el 29 de Abril de 2012 | Comentarios (0)
Desde hace 20 años, los traslados de reos han sido la principal solución que el Estado ha dado a los problemas de disciplina en un sistema penitenciario sobresaturado y fuera de control. Pero ciertos movimientos de presos cambian la historia de la cárcel y engendran nuevos conflictos.

Los internos llaman a ese lugar Zacatillo, como la isla del Golfo de Fonseca en la que allá en 1915 se levantó un pequeño Alcatraz. En la cárcel de Mariona hay otras zonas de aislamiento, pero ninguna con el negro prestigio de esta, a la que las autoridades llaman con neutralidad “el sector 4”. En los años 90, esos tiempos en los que los cadáveres de presos ajusticiados en motines se amontonaban a las puertas de Mariona cada día, aquí se encerraba a quien había matado involuntariamente a alguien en un accidente de tránsito, para protegerlo del lado más salvaje de la cárcel. Ahora Zacatillo es un pozo al que se echa a los reos peligrosos, a los que no deben convivir con nadie más porque causan desórdenes y constantemente buscan pelea. Zacatillo es una cárcel dentro de una cárcel y alberga a hombres que en teoría deben estar alejados incluso entre ellos, aunque desde hace tiempo se amontonen cinco o siete en cada pequeña celda de dos camastros.

Es un jueves de octubre de 2011 y en Zacatillo las iniciales MD están por todas partes. Es imposible no verlas. Es como si un niño travieso hubiera jugado día tras día a estamparlas con pintura negra o con alguna cuchilla en las paredes sucias.

Alrededor de su minúsculo patio triangular, los muros del pasillo y de casi todas las celdas del sector 4 están cubiertas por grafitos. Algunos no tienen significado más que para quien los hizo: nombres, fechas, dibujos. Otros, al igual que sucede en las calles en las zonas que controla alguna pandilla, están dirigidos a todo el que los ve y son edictos, advertencias que convierten las paredes en las nuevas tablas de los mandamientos. El primero es una rigurosa trinidad que en la cárcel te mantiene vivo, como el oxígeno: “Ver, oír y callar”.

Ya digo que las siglas MD se repiten en todas las paredes, y cuesta creer que no signifiquen algo de gravedad. En la celda 6, junto a la cabecera del camarote de arriba, hay una pequeña M y una D separadas por puntos. Pregunto por esas letras a un preso alto y despeinado que sale de esa celda y me miente:

-No significan nada... Son cosas que pone la gente. Ya estaban ahí cuando yo llegué.

-¿Y esas otras?

Señalo un enorme MD que ocupa toda una pared, en el pasillo, encima de otro grafito mucho más comprensible, de un metro y medio de ancho, en el que se lee “100% TRASLADADOS”. Confío en que no va a ser capaz de responderme con otra nada. La importancia de esas siglas es demasiado evidente. Mariona es una cárcel de "civiles" -se supone que aquí no hay pandilleros- y los Trasladados son una de las bandas carcelarias de civiles más poderosas y sanguinarias del país. Nadie en su sano juicio pondría por capricho unas enormes letras vacías justo encima de una marca territorial de los Trasladados. En las calles y en la cárcel, donde exhibir autoridad es una herramienta esencial de supervivencia, eso se consideraría un desafío, un insulto. Y los insultos en la cárcel se pagan muy caro.

-Nada. No significan nada -me repite.

Inútil insistir. Me alejo y entablo conversación con otro preso, bajo y robusto, que resulta ser más hablador o tener más afán de protagonismo. Charlamos de las condiciones carcelarias, de las rutinas de Zacatillo. De repente se interrumpe y me pregunta si noto un olor extraño. “A sangre”, dice. Supongo que trata de impresionarme.

-Es porque anoche trataron de matar a un compañero aquí mismo, en ese camarote. Lo acuchillaron.

-¿Quién?

-Un loco que ahorita está en el hospital. Entre todos le dimos una buena penqueada.

-¿Y por qué atacó a tu compañero?

-Porque está loco.

-Ya, claro...

Aprovecho para preguntarle por esas siglas extrañas de las que parece prohibido hablar. El hombre duda, pero con un gesto me propone entrar a su celda. Allí, espera a que salga uno de sus compañeros y baja la voz:

-Es lo que les obligan a tatuarse a los de La Raza cuando se pasan a Los Trasladados.

-¿Y qué significa?

-Mara Desvergue.

* * *

A comienzos de los 90, recién firmados los acuerdos de paz, la mayoría de penales de El Salvador eran un ir y venir de pequeñas bandas y de efímeros líderes carcelarios que dormían con el corvo en la mano a la espera de que algún ambicioso tratara de destronarlos. De muros para adentro reinaban presos civiles, y los jóvenes mareros locales de la MZ, la Mao Mao o la Gallo, que no inspiraban más temor que cualquier delincuente común, trataban de pasar inadvertidos. Los primeros pandilleros deportados de la MS o la 18 eran hombres solitarios, anónimos y todavía sin poder en los patios. Los últimos presos vinculados a la guerrilla del FMLN, a los que aún se llamaba “los políticos” aunque muchos estuvieran entre rejas por cometer delitos comunes, gozaban de respeto entre el resto de internos, porque se sabía que en la libre tenían amigos que, con armas o ahora desde la política, podían responder por ellos o cobrar sus cuentas pendientes.

La cárcel de San Francisco Gotera estaba considerada un centro de máxima seguridad y tenía fama de recibir a reos problemáticos de todo el país, y los más violentos allí, en 1993, eran migueleños: los hombres de la banda de El Ruco. La memoria carcelaria, que es colectiva y se recita en los principales penales del país, ha olvidado el nombre de El Ruco, pero recuerda de él que era corpulento y había tenido entrenamiento militar. Presumía ante el resto de tener un pacto con el Diablo, y gobernaba Gotera como un demonio. Con un pequeño ejército de 30 hombres armados aplicaba impuestos, robaba impunemente a los recién llegados y sometía con violencia cualquier intento por organizarse en su contra. Los informes de trabajadores sociales de la época denuncian que El Ruco y su banda cometían constantes abusos sexuales contra aquellos que no se plegaban a su autoridad. En los días de visita, llegaron a violar a las madres o esposas de otros internos.

Entre los sometidos al yugo de El Ruco y sus migueleños estaba un grupo de presos llegados desde Mariona, la cárcel de la capital, y comandados por un ladrón de apellido Salamanca. A esos capitalinos, que se creían más duros que el resto y que tras su llegada cometieron pequeños robos entre la población interna, El Ruco y sus hombres -gentes de campo la mayoría-, los trataron como a la mala hierba y como castigo les golpearon y vejaron a diario durante meses. Hasta que en mayo la semilla de odio que El Ruco había sembrado por todo el penal germinó.

Una tarde, liderados por Salamanca, varias decenas de presos unidos por una enemistad común derribaron los muros internos que separaban los sectores de la cárcel y por primera vez atacaron a El Ruco y sus hombres, que se defendieron con piedras y armas hechizas. Esa vez no hubo muertos, pero El Ruco fue trasladado al penal de San Vicente y sus 30 soldados recluidos, para su propia protección, en celdas de aislamiento. El resto de presos había decretado sentencia de muerte contra ellos.

El 29 y 30 de octubre hubo un nuevo motín y perdieron la vida tres de los hombres de El Ruco. Al resto les tocó esperar, con la certeza de que también morirían, hasta que Salamanca consumara su venganza definitiva el 18 de noviembre.

Ese jueves, armados con corvos hechizos y con el rostro cubierto, Salamanca y su gente volvieron a recorrer el penal determinados a llevar al juicio final a quienes habían sido sus jueces. Acuchillaron, mutilaron y decapitaron. Para la macabra leyenda carcelaria del país quedará siempre el hecho de que que los verdugos acabaron jugando al fútbol con la cabeza de una de sus víctimas.

En aquel baile de cuchilleros encapuchados los hombres más cercanos a Salamanca, para reconocerse, gritaban una clave de dos letras, MD, que su jefe había ideado. Esa contraseña y su significado, Mara Desvergue, se convirtió con los años en un rasgo más de su identidad. Aunque esa banda carcelaria que nació sobre los cadáveres de 30 personas acuchilladas se la ha conocido más, durante años, como Los Trasladados.

El gobierno de Alfredo Cristiani, inmerso de lleno en la preparación de las elecciones presidenciales que se celebrarían cuatro meses después y con un delicado informe que una Comisión de la Verdad elaboró sobre los crímenes cometidos durante la guerra civil recién terminada, respondió a la masacre de Gotera dispersando por otros penales a Salamanca y sus hombres, identificados como cabecillas del motín. Estos no tardaron en ganar adeptos allí donde llegaron y entre enero y febrero organizaron tres motines en los penales de Sensuntepeque y Santa Ana que terminaron con siete muertes. Los Trasladados acrecentaban su leyenda y su estela de miedo y respeto.

Hasta que las autoridades de Centros Penales, en un intento por frenar la epidemia de amotinamientos, decidieron concentrar a todos los agitadores en un único lugar; el mismo del que menos un año antes habían salido: La Esperanza, de Mariona. Corría marzo de 1994.

El Ruco, encerrado en el penal de San Vicente, recibió las noticias de lo sucedido con sus hombres y del contagio de la violencia a otros penales. Supo también que Salamanca y su gente habían regresado a Mariona. Por eso, cuando semanas después recibió la notificación de que él también sería trasladado allí, supo lo que le esperaba. Antes de morir a manos de un asesino que no fuera él, se ahorcó en su celda de aislamiento.

* * *

Era cuestión de tiempo. En la zona de Penados del sector 3 de Mariona, donde compartían celda los internos con más años de condena y más autoridad en la prisión, las discusiones sobre cómo acabar con la tiranía de Salamanca empezaban a generar fricciones entre los que reclamaban prudencia y aquellos que querían resolver la crisis por las armas. Desde su llegada, Los Trasladados habían instaurado un régimen de terror, aupados en el poder que les daba el rastro de sangre de los motines de inicio de año. Extorsionaban a otros internos y les aplicaban castigos arbitrarios más brutales aun que los que ellos habían sufrido en sus tiempos de sometimiento en Gotera. A diario salían de Mariona cadáveres mutilados o quemados. La tensión era tal que en cinco meses desertaron Mariona 27 custodios, huyendo de amenazas o de la certeza de que el penal iba a estallarles en la cara. Salamanca se había desbocado, actuaba como un tirano, y los presos que en los últimos años habían dirigido esa cárcel, agrupados en torno de hombres que ahora son mitos carcelarios, como Trejo, Posada o Guandique, se sentían relegados y ultrajados.

Pero no fueron ellos quienes derribaron a Salamanca. La tarde del 18 de agosto de 1994, en el taller de carpintería, dos internos que trataban de robar unos botes de thinner creyeron que un custodio les había visto. No era así, pero los presos estaban drogados y los nervios se les convirtieron en paranoia. Sin medir consecuencias, uno de ellos se lanzó contra el vigilante y lo macheteó hasta matarlo. Aquello fue la mecha que necesitaba el polvorín creado por Salamanca. La noticia llegó en pocos minutos a los sectores y los reos comenzaron a armarse para lo que pensaban que sería una batalla campal.

En realidad fue una cacería, que duró hasta la mañana del día 19. Varios internos que estuvieron en Mariona aquella larga noche aseguran que los custodios, con el aval de las autoridades del penal, irrumpieron en los patios disparando con el objetivo medido de matar a los hombres de Salamanca. Los buscaron, los hallaron y los asesinaron. Unos reportes hablan de 13 muertos, 12 internos y un custodio. Otros de hasta 20, la mayoría baleados. Un reo con respeto en los patios por aquellos días y que años después ha vuelto a caer preso, cuenta que a El Puro, uno de los hombres de Salamanca que había estado con él en Gotera, los custodios lo ejecutaron con un G-3 en un pasillo, en el lugar que hoy ocupa el despacho del subdirector de seguridad. A Salamanca lo capturaron vivo en el sector 1 cuando se le acabaron las balas del revólver que usaba y lo llevaron esposado hasta la zona de audiencias, a un salón de visitas conocido como “el de 10 minutos”. En todo Mariona se escucharon los disparos que lo mataron. Un interno del sector 2, que estaba allí aquel día, aferrado a un corvo temiendo lo que seguiría, completa el relato:

-Después de ejecutar a Salamanca, juntaron a todos los muertos y los picaron.

-¿Quiénes?

-Las autoridades.

-Pero, ¿por qué?

-Para decir después que los habían matado a machetazos otros internos.

Al día siguiente, mientras los medios de comunicación daban la noticia de lo que oficialmente fue un motin carcelario -¿qué vale la palabra de un reo frente a la de un custodio?-, las autoridades trasladaron a las bartolinas de la antigua Policía Nacional, en San Salvador, a 104 reos a los que identificaron como parte de la estructura de Salamanca. Unos lo eran; otros no, pero desde ese momento se convirtieron a la fuerza en miembros de la banda.

En los sótanos de la Policía Nacional estuvieron hasta octubre, cuando fueron llevados al penal de Cojutepeque, en aquel entonces considerado de máxima seguridad. Durante meses, allí se les sometió a la tortura de obligarles a hacer ejercicios físicos durante la madrugada mientras se les arrojaba agua helada. Muchos contrajeron tuberculosis, pero sobrevivieron. Y sobrevivió su identidad como grupo. 18 años después, la banda ha crecido y hay miembros de Los Trasladados en todos los penales de civiles del país. Pero nunca han vuelto a cobrar fuerza de Mariona.

* * *

A El Racero le gusta vestir bien. De hecho, hoy lo hace muchísimo mejor que yo, que hoy he venido a la cárcel con tenis gastados y una vulgar camiseta. Él luce zapatillas de un blanco impecable, pantalones perfectamente planchados y una camisa polo con un cocodrilo verde bordado en el pecho. No es extraño, supongo, en alguien que por su trayectoria de entradas y salidas de Mariona goza de cierto estatus entre los presos y que controla negocios muy lucrativos en la cárcel.

El Racero también estaba aquí cuando en 1994 los custodios mataron a sangre fría a Salamanca, y recuerda lo que en Mariona se aprendió de aquello. Fue uno de los que tomaron decisiones en aquellos días.

-Consolidamos la idea de que los reos necesitábamos una única estructura vigilante en el penal, alguien que prohibiera las extorsiones y los robos, y que mantuviera calmadas las aguas.

-¿Y que los protegiera de gente como Salamanca?

-Exacto. Después de aquello, por muchos años, aquí el que llegaba de otro penal se moría. Así de simple: se moría. Al final, el espacio en Zacatillo ya no daba, porque los trasladados ya ni llegaban a entrar a los demás sectores y se aislaban de un solo.

Hoy esa estructura que se creó en Mariona se llama La Raza, es el gobierno real del penal de Mariona, y su enemistad de sus integrantes -“marioneros” o “raceros”, los llaman en otros penales- con Los Trasladados permanece intacta. Ambos grupos se han expandido por diferentes cárceles y han crecido en miembros a medida que el sistema penitenciario salvadoreño se ha masificado. Todo el que ha pasado por Mariona queda marcado para Los Trasladados como sospechoso y tiende por tanto a buscar el amparo de La Raza allí donde llega. Cualquier preso con largo historial de traslados es, para quienes controlan Mariona, un posible infiltrado al que los mismos marioneros envían a aislamiento si no se somete de inmediato a la disciplina de los palabreros de La Raza.

Controlar una cárcel, un sector, es controlar los impuestos a los internos y la venta de drogas en el recinto, pero es algo más: es ser ley y justicia en ese lugar. Y desde ese lugar abanderar el odio a los enemigos. Los esporádicos motines son solo la punta del iceberg de la batalla permanente que ambos grupos libran por el control de los penales de reos comunes.

Que ya no son todos. En 2001, el evidente aumento de presos de la Mara Salvatrucha (MS-13) y el Barrio 18, y la acumulación de muertos en motines causados por enfrentamientos entre ambas pandillas, hicieron que el gobierno salvadoreño las separara en cárceles distintas. No mucho después, la masacre de agosto de 2004 en Mariona, por un enfrentamiento entre pandilleros de la 18 y el ejército de La Raza, asentó la idea de que los pandilleros tampoco debían compartir espacio con reos comunes o civiles.

Con esa misma lógica, ocho años después se han vuelto necesarias, además, cárceles diferentes para las dos facciones enemigas en que se ha dividido el Barrio 18 -Revolucionarios y Sureños- y sectores aparte para el creciente número de presos que abandonan las pandillas y automáticamente pasaron a estar condenados a muerte por sus antiguos homies.

El sistema carcelario salvadoreño se ha convertido en un rompecabezas en el que las piezas, en vez de encajar, se repelen entre ellas.

Ástor Escalante, que fue director general de Centros Penales entre 2004 y 2006, admite que, en su época, la única forma posible de administrar los conflictos en el sistema penitenciario era una constante dinámica de traslados. Ante cada acto de violencia, el traslado -de un sector a otro o de un penal a otro- como castigo. Ante cada sospecha de que se estuviera gestando una fuga o un motín, el traslado como prevención. Con eso no se desarticulaban las estructuras de poder y negocios que los internos mantenían -y aún mantienen- en cada penal, pero en palabras de Escalante “se les desordenaba temporalmente, se les incomodaba”.

Seis años y un cambio de gobierno después la situación no ha variado demasiado. En marzo de 2012 había en todo el país más de 575 presos en islas como el Zacatillo de Mariona. Como las 146 celdas de aislamiento que tiene el sistema no son suficientes para albergar a todos los reos violentos o en peligro de ser violentados por otros, en Chalatenango se usan como celdas los dos cuartos que se construyeron junto a la clínica para que durmieran las enfermeras; en Mariona, las celdas destinadas a enfermos de tuberculosis reciben a presos hartos de ser violados una y otra vez por otros presos; en Cojutepeque hay reos en lo que deberían ser cubículos para visita íntima; en Sensuntepeque la antigua capilla es ahora una celda más, una isla más en este archipiélago de enemigos a los que las autoridades tratan de mantener separados, como quien trata de separar a las abejas dentro de una colmena.

* * *

La mañana del miércoles 25 de enero de 2012, el entonces director general de Centros Penales, Douglas Moreno, dio órdenes por teléfono a los directores de cuatro de las mayores cárceles del país: “Prepárense para un traslado masivo. Tienen 24 horas”. A las 5:30 a.m. del jueves, media hora antes del desencierro y el recuento matinal, en los penales de Usulután y San Vicente los custodios despertaron a cientos de reos que aún dormían en sus camarotes y les ordenaron vestirse y salir. Apenas les permitieron llevar consigo las pertenencias que pudieron cargar en las manos, aunque también eso les fue arrebatado en registros posteriores.

En Apanteos, el sector 11 completo fue embarcado en buses antes de que muchos de ellos apenas pudieran saber qué estaba sucediendo. Hacía semanas que todos dormían en colchones en el suelo. El director del penal les había retirado los camarotes para evitar que usaran su estructura metálica para hacer fierros, como los presos llaman a los corvos y cuchillos.

A las 8 de la mañana, 580 presos viajaban con las manos vacías y esposadas camino a Mariona y otros 580 acababan de salir de allí para ocupar los lugares que acababan de quedar vacíos en los otros tres penales. Los que salían de la penitenciaría central no sabían por qué los trasladaban. En realidad no había ninguna razón disciplinaria o de seguridad para moverlos. No era nada personal. Simplemente, el Estado necesitaba cuadrar cuentas y a ellos les había tocado ser hoy números. Cuando hay grandes traslados, la suma final en cada penal debe ser cero. A Mariona iban a llegar 580 y a 580 tipos les tocó hacer hueco.

Fue el mayor movimiento simultáneo de presos desde que en 2010 se acabó de partir el Barrio 18 y hubo que colocar a sus miembros en cárceles separadas.

Las razones del traslado, esta vez, eran más confusas. Una semana antes, el jueves 19, la Dirección de Centros Penales había trasladado de Usulután a San Vicente a 34 presos. A las autoridades habían llegado rumores de que preparaban un motín destinado a encubrir una fuga. Con el movimiento, Centros Penales creía desactivar esos planes.

Pero no. El penal estalló de todos modos al día siguiente. El viernes 20 de enero aparecieron los cuchillos y hubo disparos de los internos y de custodios. Dos grupos de presos se batieron en el patio durante más de una hora. Un interno cayó abatido a balazos cuando corría por los techos de un módulo de celdas camino a uno de los garitones militares en el muro perimetral. Se dijo que quería fugarse, pero todo parece indicar que en realidad ese preso muerto no pretendía saltar a la calle, sino arrebatar al militar su fusil y, con él, seguir matando dentro del penal. Si con un polín afilado se mata, en medio de una molleja carcelaria tener un fusil ametrallador es ser todo un arcángel robavidas.

Aparentemente el soldado fue más rápido, aunque tres meses después las autoridades siguen diciendo que no saben quién disparó al reo. A nadie en El Salvador le ha importado averiguarlo. En El Salvador solo su familia llora a un preso. Ese día, en el penal de Usulután, hubo cinco presos muertos.

Los informantes de las autoridades -siempre hay presos que hablan; siempre hay quien rompe la ley de silencio de la cárcel y traiciona al miedo- atribuyeron el motín a un grupo al que llamaron “la MD”, y aseguraron que el grupo operaba también en otros dos penales del país: San Vicente y Apanteos.

El traslado masivo que siguió a las muertes tuvo más espacio en los periódicos y los noticiarios televisivos que las propias muertes. “Detectan una tercera pandilla”, escribió La Prensa Gráfica en su portada, como si en el país antes de ese día solo operaran la MS-13 y el Barrio 18, como si no existieran grupos como Mao Mao, La Máquina o La Mirada. Por 48 horas, el país se escandalizó al saber que había “una nueva mara” con las mismas siglas, MD, de una conocida marca local de zapatos.

Aunque no es un hombre de eufemismos, Douglas Moreno dijo a los medios que el nombre de esa banda era “Mara Desorden”, porque la palabra “desvergue” le pareció inapropiada. Según él, el grupo estaba formado principalmente por pandilleros retirados de la MS-13 y el Barrio 18 y con su traslado a Mariona se había “desactivado una bomba” que amenazaba al sistema penitenciario entero. Presentó a los MD como el grupo de presos más peligroso del sistema penitenciario. Dijo que concentrar a todos sus miembros en un mismo lugar, el sector 5 de Mariona -un enorme galerón sin divisiones y con camarotes para 600 personas, vigilado por cámaras- iba a “destruir” a la nueva banda.

Pero casi nada de lo que dijo Moreno tenía mucho sentido. Y Moreno lo sabía. “Las identidades en la cárcel son complejas. Los internos a los que hemos movido a Mariona se identifican con las siglas MD; eso es lo que sabemos hasta el momento. Pero no tomes como definitivo que se trate de un grupo de expandilleros. No pongo las manos en el fuego por ello”, me diría días después en su despacho.

* * *

-Son los Trasladados. MD y Los Trasladados es lo mismo.

A pesar de las esposas, El Chapín no acaba de parecer uno de los reos más peligrosos del país. Está evidentemente pasado de peso y muy despeinado, como si acabara de despertar de una noche difícil. Su rostro agotado parece hinchado por el calor. Viste totalmente de blanco, como los internos del penal de máxima seguridad de Zacatecoluca. Lleva una amplia camiseta, shorts y unas chancletas que le quedan pequeñas. Es la ropa que le han dado las autoridades. Sus pertenencias quedaron en una celda del penal de Usulután. Ha pasado una semana desde el traslado masivo y aquí en Mariona no tiene nada propio. Ni un cepillo de dientes.

-En Usulután se armó porque la MD trató de extorsionar a otro grupo, a los panaderos.

-¿Los panaderos? ¿Es una banda?

-No. Son los presos locales de Usulután, los representantes de La Raza allá, que controlan la panadería del penal y hacen buen dinero de eso. La MD lo vio y quiso cobrarles renta, y los panaderos se revolvieron contra esa extorsión y amenazaron con causar problemas si no sacaban de allí a la MD.

-Los denunciaron a las autoridades del penal.

-Cabal. Señalaron quiénes eran los de la MD y pidieron que los movieran. Pero igual se armó la molleja. Los panaderos tenían comprado al comandante de seguridad y al director del penal. Ellos los armaron. ¿De dónde si no iban a tener pistolas originales?

El Chapín lleva encarcelado 11 años y ha pasado ya por cuatro penales. Dice que hace al menos cuatro años que oye a Los Trasladados llamarse así: MD.

-¿Tú no eres de la MD?

-No. A mí me han traído acá porque la autoridad hizo atarrallazo en el penal de Usulután y no distinguió. Pero no soy de ellos. En realidad yo y muchos más aquí adentro somos su escudo humano.

-¿Cómo así?

-Aquí han traído a la crema y nata de Los Trasladados en todo el territorio nacional, pero no son tantos. Y saben que su seguridad depende en parte de ser muchos. Tienen que parecer grandes. Por eso les beneficia que estemos ahí con ellos.

Ser poderoso, o parecerlo, es un arma de doble filo en la cárcel. Puede ser el punto de partida para que alguien de verdad poderoso -con autoridad, dinero o armas ahí dentro- te considere una amenaza y te trate como a un enemigo, o que te extorsione confiando en que tengas dinero o negocios. Pero también puede ser tu salvoconducto para que nadie se atreva a tocarte. En este caso, para la MD, su aparente número de integrantes en Mariona es una batería de misiles más que garantiza que la guerra con La Raza siga siendo fría.

Junto al Chapín está sentado otro interno del sector 5 que ha asentido a cada palabra de su compañero. Lo llamaremos El Firme. Dice que tampoco él es miembro de la MD. Lleva a la vista un enorme tatuaje con el número 18.

-¿Eres expandillero? -le pregunto, siguiendo el rumbo de la versión oficial.

-No, yo estoy parado. Mis tatuajes están todos vivos- responde, mientras se levanta las mangas de la camisa y revela más tatuajes.

-¿Y qué hacías en Usulután, que es un penal para civiles?

-Pregúnteselo al sistema. El sistema sabe que somos pandilleros, pero él nos mueve adonde quiere.

En teoría no hay pandilleros en las cárceles de civiles, pero según El Firme los había en Usulután. Asegura que entre los 580 presos trasladados en enero hay 20 expandilleros de la 18 y 200 expandilleros de la MS-13 que sí se han brincado a la MD, pero también ocho pandilleros activos de la 18, algunos miembros de La Mirada Loca, la Máquina y la Mao Mao, y un sinfín de civiles no alineados, que en Usulután y Apanteos caminaban junto a la MD porque no les quedaba más remedio, porque la MD era la autoridad.

A todos ellos solo un muro los separa de los casi 3 mil internos del sector 3, entre los que se encuentran los dos centenares de dieciocheros y MS activos que, según dicen los mismos líderes de La Raza, se han infiltrado durante los últimos años en Mariona. Si ese muro cae, si algo pasa, si estalla una revuelta, a ojos de los machetes todos en el sector 5 serán MD si no demuestran lo contrario. En la cárcel, el sector en el que estás significa mucho. Y el 5 está acorralado.

El Chapín, con la mirada en el suelo, comenta, fúnebre:

-Creen que con habernos trasladado se soluciona todo, pero en verdad el problema se hace más grande. Esto se va a poner peor. En los otros penales quedaron solo unos pocos de la MD. Ahora La Raza se va a tomar los penales de Usulután, San Vicente y Apanteos. ¿A qué cree que han llegado los 580 que salieron de aquí para que entráramos nosotros?

-¿A qué?

-A tomar el control allá.

* * *

El director del penal de Apanteos es un hombre sonriente que parece saber todo lo que sucede dentro de los muros que le toca gobernar. Mientras sus ojos bailan inquietos detrás de unos lentes que parecen siempre querer caerse de su nariz, habla con fluidez de La Raza, de Los Trasladados y de sus alianzas y enemistades con la MS-13 y la 18. No conoce a El Chapín, pero su versión de la situación respecto a la MD coincide totalmente con la del preso del sector 5 de Mariona.

-Sí, son ellos, Los Trasladados. Solo han cambiado de nombre.

-¿Y son tan problemátcos como se ha dicho?

-A diferencia de la gente de La Raza, entre Los Trasladados o MD encuentras a más gente vinculada al crimen organizado, gente educada, pausada. Por lo general vienen de bandas, y tienen mucha identificación con el narcotráfico. La relación con la 18 es más reciente. Viene de lo que pasó a finales de 2010.

El director se refiere a lo que pasó el 24 de noviembre de 2010, al motín que terminó con dos muertos y con unos 200 pandilleros de la MS-13 desplazados a Gotera. Aquel día, pandilleros de la Salvatrucha se enfrentaron con Los Trasladados, que dominaban el penal, y se acabó de sellar una alianza entre Los Trasladados y la 18. Fue como si se cerrase un círculo: la 18 se consideraba enemiga de La Raza desde la masacre de 2004, y fue ese odio el que motivó la masacre siguiente, en 2007, precisamente en Apanteos. Pandillas y bandas de civiles con enemigos comunes no podían sino convertirse en aliadas.

Por eso podían sobrevivir pandilleros de la 18, como El Firme, en sectores de civiles en Usulután, siempre que se sometieran voluntariamente a la autoridad de Los Trasladados. Por eso, según asegura el director, el segundo coordinador del sector 11 de Apanteos, dominado por Los Trasladados, era hasta los traslados de enero un dieciochero.

-¿Y no se fortalece a Los Trasladados al reunirlos a todos?

-Puede ser, pero prefiero eso. Es un mal menor. Porque con Los Trasladados en Mariona vamos a tener tranquilidad en más penales, y eso nos permite trabajar en programas y talleres con el resto de internos.

En agosto de 2004 el entonces director General de Centros Penales, Rodolfo Garay Pineda, usó esa misma lógica para explicar la masacre de Mariona. Decía que Mariona era el cuarto desordenado del sistema penitenciario, el lugar en el que se guardaban los problemas que se dejan para el final, mientras se hacían mejoras en el resto de penales. Parece que ocho años después Mariona sigue siendo la alfombra bajo la que se esconde lo que no se puede solucionar.

-¿Y si no logra esa calma en el resto de penales? Dicen que el traslado de la MD va a hacer más fuerte a La Raza en penales como el de Apanteos.

-Claro. Es como si en un ecosistema haces desaparecer a un depredador. Otras especies se hacen fuertes, se mulitiplican. De hecho, en Apanteos la MS ya está enviando órdenes a otros sectores para tratar de controlar el penal... pero controlarlo para La Raza.

-¿Y entonces? ¿Qué va a hacer usted?

-Bueno, ahora el depredador de La Raza va a tener que ser el sistema penitenciario.

* * *

La pregunta es cómo van a lograr las autoridades algo que durante las últimas décadas les ha resultado totalmente imposible: someter bajo su control a La Raza, Los Trasladados, la MS-13 y la 18.

La política de traslados masivos ha tenido, históricamente, consecuencias imprevisibles: En 1993, llevar a Salamanca y otros 50 hombres de Mariona a Gotera acabó en el nacimiento de Los Trasladados. En 2001, segregar a las pandillas MS-13 y 18 en cárceles diferentes consolidó sus estructuras jerárquicas y forjó sus primeros líderes nacionales, un paso necesario para que se convirtieran en las poderosas organizaciones que conocemos hoy. En 2002 sacar repentinamente a José Edgardo Bruno Ventura de Mariona y poner fin a su reinado sobre La Raza destruyó el equilibrió de intereses -corrupción, extorsión y venta de drogas- en que se basaba la tregua entre bandas en el penal y el poder que en esa cárcel mantenía sometidas a las pandillas, y el mismo día de su traslado reos del sector 3 asesinaron a dos policías. Sacar en 2003 de Mariona a los últimos pandilleros de la MS-13 recluidos allí alteró los balances de fuerzas en los patios de la cárcel, permitió a miembros de la 18 armarse y derivó en la masacre de agosto de 2004.

Si uno cree a las autoridades, haber reunido en enero a Los Trasladados -o los MD, como se quiera llamarlos- en el sector 5 de Mariona fue una acción calculada, un ejercicio de pericia politica y policial. Pero a veces es difícil no sentir que estamos frente a un malabarista que lanza al aire sus cuchillos más afilados con los ojos vendados.

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El Tatuado es uno de esos cuchillos afilados. Es uno de los nuevos huéspedes del sector 5 de Mariona y luce en la piel, a la vista, el MD que desde la masacre de Gotera ha identificado a Los Trasladados. El tatuaje indica que fue en algún momento parte de La Raza, de los Marioneros. Se lo tuvo que hacer para disipar cualquier duda sobre su lealtad al grupo.

-No somos un problema social.

Lo dice con la serenidad del que dice la verdad. El Tatuado es en general un hombre sereno, de andares lentos, y tiene el cuerpo menudo de alguien a quien elegirías enfrentarte si tuvieras que pelear. Y te equivocarías. El hombre al que tengo delante cumple una larga pena por homicidio y su baja estatura no le ha impedido sobrevivir a golpe de corvo a una docena de motines. Forjó su serenidad en los peores años de los peores penales del país y no pienso que esté tratando de convencerme de que tiene las manos limpias ni de que la banda a la que pertenece sea un club de lectura.

Pero realmente cree lo que dice y trata de disipar el prejuicio que, parece opinar, arrastramos casi todos los que estamos fuera de una cárcel:

-Los Trasladados es un movimiento que creció queriendo aportar algo positivo a la sociedad, siendo una balanza en las cárceles.

-¿Balanza de qué?

-Balanza frente a las pandillas. En las cárceles somos como un Stop para que pasen los peatones. Creeme, hemos evitado asesinatos, robos... Esto tiene más de 20 años pasando, desde el 94 que estalló todo en este mismo penal.

El Tatuado es uno de los 104 hombres que en 1994 fueron sacados de Mariona tras la ejecución de Salamanca y ahora ha vuelto a casa, a esta penitenciaría central por la que parecen haber pasado la mayoría de historias de odio y alianzas entre grupos organizados del país.

-Hubo cosas horrendas que pasaron en este centro penal. Cosas injustas, como en toda guerra. Pero el problema de fondo es que siempre se nos ha tratado mal a los internos comunes, a los que los pandilleros llaman “civiles”, que somos el 75% de la población interna general. ¿Por qué el gobierno no entiende que el verdadero problema son las pandillas?

-¿Por qué crees que no lo entienden?

-Porque antes las autoridades tenían una visión más realista de la situación en las cárceles. Distinguían y ayudaban a quienes hacemos cosas positivas.

Ayudar, en boca de El Tatuado, quiere decir privilegios. Y cuando habla de cosas positivas, se refiere al compromiso de no matar, de gobernar la cárcel en silencio y con mano de hierro. A ayudar a que el sistema penitenciario no aparezca en las secciones de sucesos de los noticiarios, a cambio de un encierro más cómodo y de que que nada entorpezca los negocios de los reos. Mientras hablo con El Tatuado, a finales de febrero, parece que esos tiempos ya habían quedado atrás.

Unos días después de hablar con El Tatuado vuelvo a ver a El Chapín. Parece haberse adaptado rápidamente a su nuevo sector. Está peinado y recién afeitado. Diría, incluso, que ha empezado a hacer ejercicio y camina más erguido. Me cuenta que ya han recibido visita familiar y por eso tienen útiles de aseo. Asegura que en el sector ya circula la droga sin problema.

-Todo el mundo tiene corvos. Al principio empezaron a hacerlos los retirados de la MS, con polines de los catres, y la MD se los prohibió. Pero a los días les valió y siguieron fabricándolos. Ahora ya todo el mundo tiene algo para defenderse. Los de la MD se está preparando para lo que pase.

-¿Y los custodios no se dan cuenta? ¿No dicen nada?

-Eso me pregunto yo. No entiendo cómo no lo han visto con las cámaras. Ojalá estén mirando lo que pasa.

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