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Cuentos para leer en Navidad

Los periodistas de Sala Negra de El Faro rasparon sus libretas en busca de historias que no cupieron en ninguna crónica, pero que tienen un gran valor, creemos, no solo anecdótico sino también como reflejo de los territorios que habitamos.

 
 

Interrogatorio

Por Carlos Martínez

Caí a finales del 92. En el mismo año en que llegué a Guatemala. Ahí es donde me doy cuenta que Guatemala era lindo para robar. Veníamos de hacer un asalto a un depósito de aguas gaseosas, traíamos el dinero y las armas escondidas y en un retén nos agarraron.

Traíamos 28 mil quetzales en una chumpa. Ese era el producto del robo y también traíamos las armas. Nos las agarraron. Precisamente me agarran un día que hubo una reunión de presidentes de Centroamérica en una finca que se llama Santo Tomás en Escuintla y por eso había un montón de retenes del sexto cuerpo, en la capital. Suerte que esa vez solo andábamos armas cortas. Nos encontraron las cosas y nos llevaron para el sexto cuerpo en las patrullas y se trajeron el carro y todo.

La cosa es que ya estando en el sexto cuerpo nos comienzan a torturar y ahí casi me matan de la primera torturada que me dieron. Había un chapincito que es el que nos andaba enseñando. Los demás éramos salvadoreños. Todos los salvadoreños nos ponemos de acuerdo sobre qué decir para evadirlos. Y pensamos en dejar al chapín de último, “tal vez a él lo tratan con más cariño”, dijimos. Cuál, ¡si al chapín es al que más duro le dieron de último! Nosotros ya habíamos cuadrado la versión de que nosotros éramos guerrilleros salvadoreños, porque en esos días se acababa de firmar la paz en El Salvador, y que andábamos disfrutando del pago de indemnización que nos habían dado en El Salvador y que las armas las andábamos porque aquí estábamos acostumbrados a andar armados. Todos les decíamos lo mismo a los torturadores.

Te amarraban las manos para atrás, te amarraban los pies y te ponían boca abajo en el suelo y con un pedazo de hule de neumático se te sentaban en el lomo y uno te ponía el hule en la cara y te lo jalaban para atrás y ahí no respirás pero ni con los poros y te daban golpes en la nariz y te la desangraban y vos estabas respirando tu propia sangre y me lo hicieron tres veces y en las tres veces yo digo lo mismo y lo mismo estábamos diciendo todos… ya me levantaron y dicen “que pase el otro…” y pasó el otro, que era el chapincito. A todo esto ni nos mencionaban el dinero.

Al final pasa el chapín y él hasta defecó de la vergueada. El mismo método le estaban aplicando: “¡hablá hijo de puta!” y el chapincito: “voy a hablar, voy a hablar, sí, sí, somos asaltantes, somos asaltantes, hemos hecho tres asaltos”. Le preguntaron quién es el jefe de la banda y dijo: “el gordo, el gordo”. Y dicen los policías “vayan a traer a ese hijueputa de regreso”. Y me llevan. Ahí es donde me la aplicaron, ya me mataban esos hijos de puta, pero zoqué. Casi me paraban el corazón. A tal grado que hasta aventé a un cabrón, el que estaba sentado en mis patas lo aventé contra un espejo. Ya me estaban matando y en eso entró un capitán. Donde oyó que se quebró un espejo entró, todo de azul, era de los jefes. Y entró: “puta, ¿y a este qué le están haciendo?” y le dijeron que era yo el jefe de la banda: “está duro, no le sacamos nada” y el de azul les dijo: “a este hijueputa lo vas a matar y no le sacás nada” y les ordenó que me sentaran. El hombre de azul se sienta a la par y me dice: “¿puta y por qué te han agarrado?” y le digo: “porque veníamos armados” y le digo la misma versión y le digo: “un paisanito suyo les dijo otra cosa porque lo estaban torturando”. Y el de azul dijo: “¡que paisano más hueco! y preguntó: “a este ¿matarlo querés?” y le contesta el investigador: “si se muere, se muere” y el capitán: “una banda así me gustaría a mi, a esta gente no le sacás nada”. En ese momento entra el segundo jefe del sexto cuerpo. Y se paró el capitán de azul y lo saluda. El de azul era capitán del ejército agregado a la policía y por eso quiérase o no lo respetaban más. El que acababa de entrar le dijo: “viera las armas que les hemos agarrado”. Yo andaba una Pietro Beretta nuevecita.

Le digo yo al segundo que entró: “mire, jefe, écheme la mano, la verdad es que nosotros mañana salíamos de regreso para El Salvador, si nosotros paseando es que andábamos aquí. Es más, agárrese el dinero que andamos” y me dice: “¿cuál dinero?” agarró la chumpa y se la metió bajo el brazo y se le quedó viendo al capitán de azul que me había salvado y dice: “nosotros no les hemos agarrado ningún dinero a ustedes ¿quién te ha dicho eso?”. Entonces comprendí el mensaje de él y me hice el loco con el dinero. Entonces le digo “échenos la mano, quédense con las armas también, pero suéltenos”. Dijo: “eso no puedo, pero –le dijo a uno- remitilos por portación ilegal de armas de fuego” y el otro le responde: “¿Y este que anda licencia siendo salvadoreño?”, y el jefe responde: “Ahhh, no, a ese sí ponele uso de documentos falsificados” y ahí es donde me toparon de cuerdas, porque los otros compañeros, solo por la portación de armas, a los 15 días salieron. Y a mí por la licencia me tocó ocho meses.

Ahí en las cárceles de Guatemala conozco yo y me empapo de bandas organizadas y gente que andaba metida en narcotráfico. Estuve en el preventivo de la zona 18.

“Big Chief”, recluido en el sector 5 de la cárcel de Mariona.

Cuentos para leer en Navidad:

Interrogatorio
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